viernes, 28 de junio de 2019

El Abraxas era un buque pequeño, sin apenas decoración y de aspecto ligero. Descansando en el puerto de Mitilene, apenas albergaba marineros que moviesen sus remos ni hombres que cuidasen de su estructura en cubierta. Estaba vacío, desolado, casi tanto como el resto de barcos que allí había. A Diana le pareció curiosa la escena, sobre todo porque, hasta hacía unos momentos, habían estado en un almacén en el que se descargaban numerosas mercancías de uno de los pocos barcos que contaba con algo de ajetreo. ¿Que ocurría allí?
Ilias, el propietario del Abraxas, apenas había dado explicaciones. Se limitó a pedirles que le siguieran si es que verdaderamente necesitaban un barco para salir de Lesbos. Las razones parecieron importarle bastante poco.
—Había recurrido a este hombre porque me dijo esta misma mañana que necesitaba un barco para navegar. Aseguró haber sido capitán de barco durante más de diez años, y eso es justo lo que necesito. Alguien con la suficiente experiencia como para sortear los problemas del mar —explicó cuando detuvo, por fin, su acelerado paso. —Claro que lo que me he encontrado es un borracho con la lengua suelta.
—No sabes con quien hablas ¡Viejo! —gruñó Argos. Apenas podía sostenerse, de manera que, para caminar, Diana había tenido que cederle su agarre a pesar de que, lo que realmente desearía haberle dado, es una buena paliza.
—No le hagas caso, buen hombre. Está así porque... bueno, hemos tenido problemas. Nada que vaya a durar demasiado tiempo —aseguró la chica. Odiaba mentir, sobretodo a gente que no merecía excusas falsas. Pero perder la oportunidad de navegar por culpa de un imbécil que empezaba a ver doble, eso sí que no. Ahora era ella quien iba a aprovecharse de él, y si tenía que obligarle a comportarse para no perder el barco que la llevaría a Serifos, lo haría. —Estará listo en un par de horas. Solo necesita refrescarse —. Al decir aquello, Argos se zafó del brazo de la chica. La poca fuerza que necesitó para hacerlo hizo que trastabillase hacia un lado. Hades, por su parte, no movió ni un sólo músculo para sostenerle.
—Eso espero. La condición que os pondré para llevaros a donde queráis es bastante seria —retomó la conversación Ilias, no sin antes lanzar su mirada hacia su barco. Sus ojos reflejaban una muestra de pena y lástima. —Un problema está asolando a esta isla —comenzó a decir. —Algunas personas, la mayoría, ni si quieran sabe que existe. Pero nosotros, los marineros y mercaderes, llevamos demasiado tiempo sufriéndolo y no podemos hacer más con él.
—¿Que ocurre? —preguntó Hades con un tono demasiado aburrido. Tanto, que Diana temió que Ilias los dejase y buscase a otros polizones con los que tratar.
—Hay algo en la costa, demasiado cerca de la orilla, que está acabando con todos los navíos. No solo los de Mitilene, sino con todos aquellos que vienen aquí a comerciar con nosotros—continuó. —Los barcos acaban destrozados, encallados y varados antes de que lleguen a puerto.
—¿Puede que haya algo en el mar que provoque esos destrozos? Rocas demasiado puntiagudas, un oleaje demasiado bravo en la zona... —enumeró la chica. Desde pequeña, acostumbrada a pescar y jugar en las playas de Jora, había visto alguna que otra vez como los barcos rompían contra las piedras cuando los marineros no atinaban con la dirección.
—Chica, llevo más de cuarenta años correteando por estas orillas y quizá más años que los que tu tienes subido a un barco. Aquí nunca ha habido problemas de esos. Hay algo, algo que está destrozando los navíos y que no es normal.
—¿Un castigo de los dioses? —preguntó Hades alzando una ceja.
—No lo se ni lo quiero descubrir. Los hombres tienen sus teorías, pero yo no pienso poner en juego a mi navío. Hay algunos valientes que deciden zarpar y no han tenido problemas, pero el resto... No, yo no pienso ser de esos —negó con la cabeza. Estaba abrumado, atemorizado por aquel misterio que envolvía a la costa.
—¿Y como vamos a zarpar si hay algo que lo impide? —preguntó Diana con interés.
—Tenéis que descubrir que ocurre para poder hacerlo. No os puedo decir más porque ya sabéis tanto como yo de lo que ocurre aquí.
—Pero eso es... Imposible. ¿Como vamos a resolver un problema que ni vosotros mismos podéis solucionar? —preguntó con desilusión.
—Yo solo me he ofrecido a darle una alternativa a ese borracho. Pensaba que podía tener alguna idea, dada su experiencia. Ahora empiezo a pensar lo contrario —murmuró desagradado, observando como Argos seguía dando tumbos con el ceño fruncido.
—Mentirosos... sois todos unos mentirosos... —murmuraba con la lengua pesada.
—Dudo que no tengas mas información —se quejó Argos. —Si el problema es tan raro, es que algo extraordinario media. Y algo extraordinario no pasa desapercibido para simples humanos como vosotros —aseguró. Ilias no supo como tomarse aquella afirmación. Tragó saliva y dirigió su mirada a Diana, la única que parecía cuerda del grupo.
—Algunos hombres aseguran haber visto a una mujer en las orillas, sobre todo en lo alto de los acantilados. Una mujer que vuela —añadió.
—¡Ja!¡Más misterios! —se carcajeó Argos. —¡¿Es el vino o me estoy volviendo majara?! —Diana le lanzó una mirada asesina. Sentía como el veneno le subía por la garganta poco a poco, amenazando con salir y empaparle la cara a aquel capitán bocazas.
—Lo solucionaré —aseguró Hades, volviendo el ambiente aún más enrarecido de lo que ya estaba. A la chica le extrañó que se incluyese a él solo en los planes, dejándola de lado a ella y al pirata. Pero aún más extraño le pareció que pudiese prometer algo así. —Pero a cambio, tú y tus hombres me llevaréis a donde os pida y sin rechistar. Una negativa y os expropiaré vuestro propio barco —amenazó. Ilias bufó y alzó las manos.
—Como quieras, joven. Los métodos que uses para acabar con el problema no son de mi incumbencia. Si conseguís resolverlo, podréis encontrarme en los almacenes o en cubierta. Hasta entonces, buena suerte —se despidió. El hombre se marchó a paso rápido del lugar, lo que llevó a Diana a pensar que ella haría lo mismo si estuviese en la misma situación.
—¿De verdad puedes solucionar un problema que no conoces? —preguntó curiosa.
—Sí lo conozco —aseguró. Después se volvió y la miró a los ojos —Y sí puedo.

Diana no hizo más comentarios mientras cruzaron el ágora de Mitilene, ni si quiera cuando lo dejaron atrás y comenzaron a subir por una de las colinas más altas que su vista alcanzaba desde su posición en la isla. Bastante tenía ya con soportar a Argos, a quien arrastraba del brazo cuesta arriba, como para hacerse preguntas que Hades no iba a responder. De hecho, ni si quiera sabía por qué estaba cargando con Argos aún. ¿Si Hades podía resolver el problema, por que necesitaban al pirata? Cuanto más lo pensaba, más enfurecida se ponía.
—¿Qué haces aquí, Diana? —preguntó de repente Hades. Caminaba un par de pasos por delante de ella y no se giró para mirarla.
—¿A qué te refieres? —preguntó, dando un último jalón al brazo de Argos después de que este se detuviese balbuceando en mitad del camino.
— Me refiero a por qué estás aquí y ahora —explicó de forma enigmática.
— Porque este borracho apareció en Jora y secuestró a todas las mujeres jóvenes para venderlas como esclavas. A mi no me vendió. Decidió quedarse conmigo y usarme para ganar dinero. —explicó con rabia.
—Y aquí sigues.
—¿Como no? ¿A caso tengo opción de huir? Fuiste tú quien dijiste que era mejor seguirte.
—Creo que no entiendes lo que quiero decir —se limitó a contestar. —¿Nunca te has preguntado por qué estamos en cada lugar cada día? ¿Qué es lo que nos lleva a vivir nuestra vida de forma distinta?
—¿Te refieres al... destino? —preguntó insegura.
—Exactamente.
—Pues no sabría decirte... Nunca me he considerado una mujer con un destino claro. Los dioses... —suspiró. —Los dioses me han dejado de lado desde que nací —. Esta vez Hades giró el rostro para mirarla. Sus ojos lucían serios, brillantes y de un color verde oscuro que hacía juego con el total de su aspecto, sombrío y lúgubre.
—¿Por qué piensas tal cosa?
—Porque si los dioses se fijasen por un sólo día en mi, no estaría aquí. Estaría en Serifos, tranquila, con mi padre. Estaría pescando seguramente, y por la noche, mi padre me reprendería por no haber estado en casa para cumplir con mis labores —sonrió de forma triste. —Antes pensaba que era una desgraciada por ser distinta, por pensar de forma diferente y ser inconformista. Ahora me doy cuenta de que esa vida no estaba tan mal... si la comparamos con la de ser una esclava. —musitó. Argos tropezó y cayó al suelo con el trasero. Estaba demasiado ebrio y el calor empezaba a hacer mella en su estado. Balbuceaba sin parar y parecía no ser consciente de lo que hacía. —Pero ¿Cuanto ha bebido el desgraciado?
—¿Te ha tratado mal? —preguntó Hades, deteniéndose. Diana no pudo adivinar que lanzaría aquella pregunta, de manera que se sintió extraña y confusa. ¿Se estaba preocupando por ella?
—Sí —afirmó. —Pero no pienso volver a ser esclava de nadie. Nunca más. —gruñó. —Si por mi fuera, iría a buscar a todas las mujeres a las que malaka vendió como esclavas. Me encantaría poder volver a casa, con ellas. Así en Serifos pensarían bien de mi.
—¿Te importa lo que los demás piensen de tí? —aquella pregunta sonrojó a la chica. Por un momento, sintió que el hombre estaba ahondando demasiado en su interior, de forma que carraspeó y recobró la compostura.
—¿A quien no? —concluyó. —El único que no me importa es este —señaló a Argos. —Te juro que no entiendo por qué estamos cargando con él. Deberíamos dejarle aquí tirado a su suerte. ¡Que se las ingenie él para salir de Lesbos!
—Yo le necesito —afirmó Hades.
—¿Tú? ¿Por qué?
—No es de tu incumbencia. Cuando vuelvas a Serifos, podrás olvidarte de él. Además, puedes agradecerle el hecho de que hayamos encontrado a un hombre dispuesto a cedernos un viaje por el Egeo —comentó con un tono que a la chica le pareció seriamente sarcástico.
—Pues si no tiene nada que ver conmigo, carga con él tú.
—¡Yo no... no quiero nada con ese... ese hombre! —aseguró Argos, intentando ponerse en pie. —Yo voy a navegar... solo... Y volveré a recuperar mi gloria.
—Oh, por todos los dioses... —Diana, exasperada, se acercó al pirata para sostenerle la mano y ayudarle a ponerse en pie. Cuanto antes solucionasen el problema, antes sus vidas se separarían. Lo que no esperó es que el pirata se abalanzase sobre ella y la rodease en un abrazo.
—Diana, Diana, Diana... Tienes un culo estupendo —. La chica sintió como su mano se acercaba peligrosamente hacia su trasero por encima del clámide. Pero no, no iba a tocarla.
El estallido contra la piel de Argos asustó a los pájaros que revoloteaban por los árboles cercanos, haciéndolos volar en huida. La palma de la mano de la chica estaba roja, pero no tan roja como lo estaba la mejilla del pirata. Ahora, junto con su aún fresca cicatriz en el rostro, su cara parecía la de una fruta magullada.
Tan inesperado fue el bofetón, que Argos dejó a un lado la embriaguez y consiguió recobrar un poco de razón.
—Me has... Me has dado un bofetón —comentó incrédulo y aturdido.
—¡Dioses! ¡Y no sabes lo a gusto que me he quedado! —sonrió ella con el corazón acelerado. Sin decir más le dejó ahí para ponerse a la altura de Hades. —¿A donde vamos, entonces?
—En dirección a lo alto de los acantilados más cercanos a la costa —respondió Hades, impasible ante la escena que había contemplado.
—¿Por qué? ¿Veremos el problema desde allí? —preguntó curiosa.
—Es posible. Desde allí veremos a la arpía.

miércoles, 26 de junio de 2019

La chica podía suponer que la llamarían loca si por un instante llegaba a considerar que ese tipo que se hacía llamar Hades fuera, de hecho, Hades. Porque no podía ser ¿No? No, imposible. Pero si pensaba en lo que sus ojos habían visto en el Grifo... Aquellas siluetas negras, el llamado "barquero" que se suponía venía a buscarlo, el que lo llamaran "señor" entre susurros y él se comportase como si nada... No, definitivamente no. Era imposible, un completo sinsentido. Acabó soltando hasta una risilla al estar perdida en tan absurdos pensamientos, que no escapó a la percepción del hombre, por supuesto.
-¿Qué es tan gracioso?-
-No, nada- negó Diana con la cabeza -Pensamientos-
-Unos divertidos sin duda- dijo Hades desganado, siguiendo el camino de forma diligente.
-Algo- concluyó Diana -¿Sabes algo de este lugar... Hades?- le costó pronunciar el nombre sin reirse nuevamente.
-Sé de muchas cosas- respondió orgulloso y aún sin mirarla -¿Qué quieres saber?-
-No lo sé. Estoy aquí perdida con un heredero del nombre del Dios de los Muertos- se encogió de hombros -Qué menos que tener detalles de dónde me encuentro para saber regresar-
-¿Heredero?- esta vez Hades sí la miró -¿Cómo que heredero?-
-Es evidente que tus padres o quien te criara han tenido cierto mal gusto al ponerte el nombre de Hades- se sinceró Diana con una sonrisilla.
-Así que eso era lo que te hacía gracia. Interesante- volvió a apartarle la mirada a la joven
-¿Interesante? ¿El qué?- la palabra empezaba a ponerla nerviosa. Últimamente, todos la calificaban de "interesante" y no sabía por qué.
-El hecho de que creas que mi nombre es heredado- dijo misterioso y serio, dejando a Diana en silencio una vez más, sumida en pensamientos.

Al cabo de una larga caminata terminaron por llegar a Mitilene, la ciudad capital de Lesbos. Era un lugar agradable, cálido y resplandeciente. Sus casas blancas decoradas con las siempre llamativas franjas azules dotaban al lugar de una sensación hogareña. Realmente, eso se daba en casi cualqueir urbe griega, al menos para los griegos. Hades, siendo quien era y acostumbrado a la nocturnidad permanente del Inframundo, miraba con cierta consternación el lugar tan brillante. Que la blanca pintura de las viviendas reflejara el tormentoso sol tironeado por Helios en el cielo, le hacía sentir una desagradable sensación en los ojos.
-Este lugar...- masculló Diana mientas veía a dos jóvenes muchachas corretear por la calle en una especie de juego del pilla-pilla, en el que si se daban caza, se daban un apasionado beso y vuelta a empezar -Es un tanto agradable- sonrió. Había una extaña sensación de libertad que no experimentó en Serifos, pues al ser una isla bastante más grande y una pequeña ciudad en lugar de un pueblucho remoto de apenas un puñado de habitantes, sentía que las miradas no se centraban en ella, sino todo lo contrario: la obviaban. La dejaban ser quien quiera que fuera. Una sensación tan común en Grecia pero tan extraña en su hogar...
-Tenemos que encontrar al pirata- concluyó Hades echando a caminar de nuevo.
-Espera ¿Qué pirata?- Diana le siguió interesada y sorprendida.
-Ese tan malhumorado que daba voces en el barco- explicó impaciente.
-¿Argos?- Diana le interrumpió el paso -¿¡Argos está vivo!? ¿Por qué no me lo ha dicho antes? ¡Dijiste que murieron todos!- no sabía cómo sentirse al respecto. Diana no le deseaba verdadero mal a nadie y se podría decir que al menos una vida se había salvado del desastre y eso era buena señal, pero era Argos de quien se trataba...
-Prácticamente está muerto-
-¿Qué quieres decir con eso?- Hades bufó ante su nueva pregunta.
-Ven si te interesa y lo descubrirás... No más preguntas- ordenó, echando a caminar de nuevo.

Con unos minutos de caminata, acabaron llegando a puerto. Allí había un buen par de barcos que harían las delicias del capitán pirata, por lo que a Diana no le extrañó la idea de encontrarlo allí. Realmente se estaba cuestionando la necesidad de seguir al tal Hades a encontrarse con su captor. Supuso que quizá era el deseo interno, arraigado y furioso, de verlo consternado y derrotado. El cosmos había actuado tal y como debía, haciendo justicia divina, aunque con un poco de mano desmedida, todo sea dicho.

En el puerto había una suerte de almacén, o lo que antiguamente fue uno. Estaba completamente construido de madera y tenía unas enormes puertas por la que se sacaba y metía las mercancías hacia los barcos. En esos días, se utilizaba como una especie de punto de encuentro para marineros, donde algunas jóvenes mujeres y hombres daban bebidas y comida a los marineros que iban y venían en largas travesías. En algunos lados había cajas cargadas de olivas y ánforas con aceite, que se podía presuponer, eran para comerciar. El ambiente, por otra parte, estaba un tanto cargado; olía a sudor de forma penetrante, mezclado con vino y queso. Diana y Hades no podían adivinar dónde acababa el hedor del queso y comenzaba la peste de los magullados y sudorosos pies en sandalias.
-¿Argos está aquí?- Diana miró a todas partes, tratando de descubrirle entre un montón de marineros de diversas edades y tamaños -¿Cómo lo sabes?- sospechó.
-Digamos que despertó mucho antes que tú y se fue por su cuenta- suspiró Hades.
-Antes que yo...- reflexionó Diana -¿Cuánto tiempo he estado tirada allí en mitad de la playa entonces?-
-Allí está- ignoró Hades, mirando hacia la dirección de Argos. Estaba sentado en mitad del suelo con un vaso de vino al que daba vueltas tratando de ver si goteaba un poco más de forma milagrosa.
-¡Ni un dracma para otro puñetero vaso!- lloriqueaba con deje de lamento
-Sin duda es él...- Diana suspiró. Hades no dijo nada, simplemente se acercó.

Cansado de tratar de obrar milagros, Argos arrojó el vaso contra una de las paredes. Había tantos marineros cansados y borrachos en el lugar que ni siquiera se oyó el golpe de tanto bullicio. De igual forma, Argos no escuchó a Hades y a Diana acercarse por su espalda, aunque esta última estaba bastante más alejada.
-Capitán- llamó Hades.
-Ya no soy capitán...- gruñó el hombre, consternado.
-¿Por qué? ¿Por no tener un barco?- cuestionó el dios.
-En efecto... Oye ¿Cómo sabes tú que...?- al girarse, vio el rostro del conocido y, por supuesto, su enorme cicatriz expuesta. Tras él, alejada, le contemplaba una Diana con rostro furibundo por tenerle de nuevo delante de sus narices -¡Vosotros!- Argos se puso en pie con la furia de los Titanes.
-Nosotros- asintió Hades con suma calma.
-¡Por vuestra culpa! ¡Malditos malakes!- sin mediar más palabra se lanzó contra Hades en un arrebato furioso. Diana sintió el impulso de detenerle, ya que ahora poco poder podría ejercer sobre ella. Sin embargo Hades se bastó solo para reducir al hombre arrojándolo al suelo con sólo palmearle el pecho sin apenas esfuerzo -¡Maldito...!-
-No queremos disputas aquí- se acercó de mal humor una muchacha cargada con vino y queso -Si tenéis que pelearos, idos fuera- advirtió.
-Descuida- adelantó Diana -Yo me marcho- dijo saliendo del lugar por su propio pie.
-Todos nos vamos- agregó Hades -Tarde o temprano tú también te irás- apuntó a la joven, dejándola extrañada.

Diana estaba fuera, observando el lugar y decidiendo qué pasos podría tomar para volver a casa... o ir a cualquier otro lugar, si le apetecía. Hades, sin embargo, la siguió arrastrando a Argos de un pie como si fuese un saco vacío.
-¡Suéltame! ¡Pero será posible! ¡Por los dioses!- clamaba tratando de zafarse. Por más que pataleaba y trataba de agarrarse al suelo, Hades tenía una fuerza descomunal para moverle con facilidad. Acabó soltándole a los pies de Diana, haciendo que esta lo mirara con mala cara -Malditos desgraciados. Vuestra culpa... es todo vuestra culpa...-
-¿Mi culpa?- gruñó la chica -¿¡Cómo puede ser mi culpa que una ola gigante se lleve por delante tu dichoso barco!?-
-Tú subiste a este monstruo a mi barco- acusó -¡Y este monstruo, precisamente, es el causante!- señaló -¿¡Cómo si no iba a poder hablar con aquellas... cosas... lo que fuesen!?- entonces Diana miró a Hades y volvió a recordar. Era cierto. Había estado hablando con ellos como si nada, sin inmutarse, mientras todos los demás se morían de miedo.
-Mormos- añadió Hades -Así se llaman. Y sí, puedo hablar con ellos ¿Cómo no?-
-¿Pero quién... o qué eres tú?- entornó la mirada Diana.
-Ya te lo he dicho, mujer. Soy Hades- se hizo un breve silencio entre los tres.
-Qué mal gusto tienen tus padres...- balbució Argos.
-Eso pensé- terció Diana, de acuerdo con Argos en algo por fin.
-Creo que, de toda la Hélade, he dado con los dos humanos más idiotas que decoran estas tierras llenas de luz y colores...- suspiró.
-¿Humanos? ¿Pero qué te crees tú? ¿Un dios?- escupió Argos al suelo.
-Precisamente- su sentencia fue firme -Y requiero vuestra ayuda-
-Tú eres tonto, es lo que eres- el pirata empezó a caminar -Tú, Diana, ven conmigo-
-Creo que el tonto eres tú si crees que voy a acompañarte. Se acabó, Argos. Ahora soy libre y no tienes nada ni nadie que te respalde- ambos obviaron a Hades.
-¿Me estáis... escuchando?- la voz de Hades se crispó de forma casi impeceptible.
-Escúchame, niña...- Argos respiró hondo -No me hace falta una tripulación para doblegarte. Haz el favor de comportarte y no me obligues a arrastrarte de los pelos. No olvides que me debes tu vida, porque de no ser por mí estarías ahora mismo en el Hades- la miraba con malicia.
-De eso precisamente os hablo...- inquirió Hades, pero volvió a ser ignorado.
-No soy tu esclava, ni lo seré. Si intentas ponerme una mano encima, Argos, será diferente a la última vez- advirtió la chica.
-¿Estás segura de eso?- dijo el pirata acercándose a ella.
-Prueba- le desafió la mujer.
-¡CALLAOS!- tronó Hades con la paciencia quebrada definitivamente. De pronto, en la zona que les circundaba, la temperatura bajó de forma considerable. Diana se percató que al respirar brotó algo de vaho de su nariz y los pelos se le pusieron de punta -...y escuchad- pidió
-Eh, tú- interrumpió una voz a sus espaldas.
-¿Y ahora qué...?- gruñó Hades dándose la vuelta, al igual que Argos y Diana.
-Tú, el de la barba poblada ¿No decías que necesitabas un barco? Tengo un trabajito para ti...- parecía que ni para los dioses era sencillo conseguir sus objetivos en la tierra de los humanos...

martes, 25 de junio de 2019

Todo pasó muy deprisa.

Cuando Diana consiguió recuperar algo de consciencia, un enorme dolor punzante en el pecho la invadió. Apenas pudo respirar ni tampoco mover un solo dedo. El dolor se convirtió en quemazón y, poco a poco, ascendió por su garganta hasta invadir su boca con un sabor salado y amargo. Vomitar fue lo único que su cuerpo consiguió hacer. El poco contacto con la realidad hizo que a penas se percatase de la cantidad de agua de mar que acababa de expulsar de su interior. Cuando pudo abrir un ojo, el imponente brillo del sol la cegó.... Y entonces lo recordó todo.

Una enorme ola se alzó en mitad del Egeo, tan imponente, que se quedó muda cuando la vio acercarse al Grifo. Tenía recuerdos de haber gritado e incluso de haberse agarrado con fuerza a alguna parte del navío, sin embargo, el golpe contundente de la ola la expulsó hasta que el mar la engulló junto con el resto de marineros y piratas. Fue a penas un par de segundos. Cuando la chica quiso emerger hacia la superficie, la sombra del Grifo dobleglándose ante la furia del mar se extendió hacia ella y después... Nada más.

La mujer volvió a escupir agua salada. Los recuerdos se habían agolpado tan rápidamente en su mente, que la conciencia volvió a ella de la misma forma. Necesito abrir los ojos un par de veces hasta conseguir tener los párpados abiertos sin problemas. Ya no solo el brillo del día la molestaba, sino que un horrible dolor de cabeza comenzaba con amenazarla a devolverla a un estado de inconsciencia aún peor que el anterior.
Haciendo acopio de fuerzas, se irguió, despegando su cuerpo de un denso y caluroso suelo que había dejado su piel... ¿Tirante? —Pero, ¿que...?—. Arena. Estaba llena de arena. Sus ropajes húmedos estaban sucios y llenos de algas; y sus pies, recibían la suave caricia de las tranquilas olas del mar. Aquello era una playa. Pero ¿Cual? ¿Dónde estaba? ¿Como había llegado hasta allí? Incapaz de dar respuesta a tantas preguntas, se puso en pie de un salto. La cabeza le dio vueltas tras conseguirlo, lo que hizo que trastabillara hasta conseguir estabilizarse. De forma inconsciente, se llevó una mano hasta la sien, donde el foco del dolor parecía coincidir. Su respuesta al rozar la zona fue un quejido. Su mano se llenó de sangre mezclada con agua, por lo que no le costó adivina que, lo que la había dejado a merced del mar, había sido un buen golpe en la cabeza. Pero allí estaba, en un lugar desconocido y viva. El sentido del humor de los dioses... empezaba a ser insoportable.

Caminó durante unos minutos observando su alrededor. La playa parecía ser extensa, delimitada por una colina ascendente sobre la que se situaba una ciudad pequeña, más pequeña que Atenas, pero más grande que Jora. En la zona en la que ella estaba no parecía haber ciudadanos, de forma que caminar hacia el ágora le pareció lo más sensato. Sin embargo, apenas necesitó acercarse a uno de los caminos de piedra que conducían a la ciudad cuando observó a tres mujeres, bajitas y de pelo canoso, ataviadas con ropajes oscuros y calurosos. Ascendían por el camino a paso lento, de forma que alcanzarlas le pareció tarea sencilla a pesar de su debilidad. —¡Disculpad! —las llamó. —¿Pueden darme unos minutos? Estoy perdida.
—Déjalas —. El tono serio y soberbio del hombre que se hallaba a sus espaldas, la sobresaltó. Sobretodo porque recordaba aquella voz y porque en ningún momento le había sentido tan cerca. Al girarse, el hombre al que había salvado en el mar, la observaba de brazos cruzados.
—Oh ¡Por los dioses! Pensaba que...
—¿Que estabas sola? Maldices demasiado alto. Hasta en el Olimpo todos te oirían —se quejó con asco. Diana no entendió ni una sola palabra.
—Oye, quien seas —comenzó a decir la chica, intentando reconducir la conversación. —Creo... Creo que hemos naufragado. No se que diantres pasó en el barco, pero hemos acabado aquí.
—Así es. Todos han muerto. —sentenció sin un ápice de remordimiento. Diana, en un primer momento, fue a abrir la boca para continuar hablando. Pero, cuando cayó en la cuenta de lo que había dicho, abrió los ojos con extrañeza y se sintió más perdida de lo que ya estaba.
—¿Como que muertos? Yo... yo estoy viva —alegó mientras se palpaba el cuerpo, deseosa de no sentir ninguna sensación extraña en ella.
—El destino ha decidido jugar con nosotros y así lo ha querido.
—Oh, vamos. No puede ser. ¿Como puedes afirmar tal cosa? Los demás... los demás deben estar por ahí —comentó con inseguridad la chica, devolviendo la vista al mar.
—He dicho que están todos muertos —repitió por última vez. El escalofrío que recorrió la espalda de la chica no le gustó ni un pelo, de forma que decidió que, ya que los dioses le habían dado una oportunidad, la aprovecharía.
—Pues entonces... voy a salir de aquí —. Sin mediar más palabras, Diana le dio la espalda al hombre continuó con su camino. En vez de tomar el camino de piedra, decidió continuar caminando por la orilla. Una parte de ella necesitaba respuestas.

—¿A dónde vas? —escuchó la voz del hombre a sus espaldas. Cuando miró atrás, comprendió que la estaba siguiendo, lo que la puso más nerviosa. —Estamos en Lesbos, por si no lo sabes —continuó diciendo. —Y si esperas encontrar algo por la orilla, no lo vas a hacer.
—Estoy con mis propios asuntos ¿De acuerdo? Márchate, busca una forma de volver al lugar al que perteneces. Has tenido mucha suerte aunque no lo creas. Esos piratas no eran trigo limpio —insistió la chica sin dejar de caminar.
—Para tenerles en tan baja estima, estás demasiado preocupada buscándoles.
—No estoy buscándoles. En el barco había gente inocente y puede que alguien esté por ahí y necesite ayuda.
—Tú no escuchas ¿Verdad? —. Diana bufó exasperada, de forma que aceleró el paso y continuó con la travesía. Los pasos de aquel hombre misterioso la perseguían.

Cuando rodeó la mitad de la isla, su vista comenzó a otear en el horizonte del mar numerosas piezas flotando a la deriva. Parecía madera, destrozos de un desastre. Su paso se aceleró aun más de forma inconsciente, y conforme su vista distinguía más formas, mas trozos de madera veía. Finalmente, echó a correr.
Y cuando se detuvo, ya no solo eran trozos de barco lo que encontró. Había también cuerpos flotando, rumbo a la orilla. Algunos incluso ya habían llegado. Diana no se lo pensó dos veces cuando comenzó a comprobar quienes de ellos estaban sanos y salvos. Para su horror, encontró cuerpos inertes desprovistos de latidos o respiración, cuerpos hinchados y azulados. Bajo la atenta mirada del desconocido, no dejó ni un solo cuerpo de los que fueron llegando sin revisar. Cada vez más la frustración se iba apoderando de ella, así como la impotencia. ¿Como podía haber ocurrido una desgracia tan... extraña?
—Eres incrédula. Tus ojos necesitan más respuestas que tu propia mente —explicó el hombre mientras se cruzaba de brazos.
—Si yo fuese algunos de ellos, desearía que alguien hubiese venido a ayudarme o al menos a comprobar que ya estoy muerta.
—Pero gastas energías en vano porque te niegas a creer lo que te he dicho. Lo repetiré una última vez: todos han muerto. Unos enormes oleajes destrozaron aquel navío putrefacto y todos quienes lo habitaban acabaron cayendo al mar. Algunos, ahogados, están aquí. Otros fueron atravesados por la madera del barco cuando se partió en dos mitades, y sus cuerpos ahora están hundidos en el fondo del Egeo —. Diana alzó la vista después de comprobar un último cuerpo sin éxito. Su mirada fue directa al torso del hombre. Aunque sus brazos estaban cruzados sobre el mismo, la enorme cicatriz se dejaba ver sin dificultad alguna. Y sabía que esa cicatriz lucía idéntica en su espalda. Él había sobrevivido a alguno mucho, mucho peor que aquello que relataba... —Eres terca.
—¿Quieres dejar de decir qué soy y qué no soy? Yo podría hacer lo mismo contigo —le acusó.
—Prueba.
—Para empezar, eres un desagradecido. En el Grifo nadie quiso ayudarte excepto yo. Me arrojé al mar y saqué tu cuerpo del mismo hasta ponerte sano y salvo. No has preguntado ni una sola vez como llegaste hasta allí, así que ya lo sabes: fue gracias a mi —empezó. —Por otro lado, eres un hombre muy raro y agradecería que dejaras de seguirme.
—¿Raro?
—Sí, extraño —afirmó. —Estoy encantada de haberte conocido pero preferiría que nuestras vidas se separaran aquí y ahora. Necesito llegar a mi casa, a Serifos. —pronunciar el nombre de su isla casi le causó dolor en el pecho. Habían pasado tantas cosas desde que la capturaron... ¿Como contárselas a Nasios al regresar?
—¿Serías capaz de regresar a casa sin resolver todas esas pregunta que tienes? —preguntó de forma escéptica.
—¿Qué preguntas?
—¿Por qué ocurrió el naufragio? ¿Qué causó el Grifo se destrozara? ¿Que fueron aquellas cosas que aparecieron rodeando al navío? ¿Quien invocó aquella enorme ola que los mató a todos? —dijo de forma rápida y desganada, enumerando las preguntas como si se las supiese de memoria. Diana tuvo que tragar saliva, angustiada. Había sacado a la luz cuestiones que había enterrado en su mente para procurar pensar con claridad. Ahora, los recuerdos volvían a agolparse en su mente y... le daba miedo las respuestas.
—Vete de aquí, por favor —rogó en voz baja.
—¿No has dicho que quieres volver a Serifos? —preguntó, con la vista clavada en el mar. —Para salir de aquí necesitaremos un barco. Conmigo te será más fácil encontrar uno.
—¿Por qué?
—Porque eres una mujer. Nadie te hará caso, no sin nada a cambio —aseguró.
—Preferiría estar sola en esto.
—Tú misma —terminó por decir, poniendo rumbo a la metrópolis.
Diana le vio marchar, sin pudor por mostrar aquella cicatriz tan enorme e imposible y dejándola sola con los restos de un pasado que caería en el olvido. Cuando dirigió su vista al mar, aun lleno de pedazos de barco flotando, pensó en Argos. Había muerto, había tenido el castigo que merecía y que tanto le aseguró que le llegaría. Y a ella, sin embargo, la habían salvado los dioses. ¿Y si le habían puesto a aquel hombre tan misterioso en su camino por alguna razón?
Sin pensárselo un par de veces más, echó a andar a paso ligero hasta que alcanzó al hombre, quien no la miró bajo ningún concepto a pesar de que sabía que le acompañaba. —Me llamo Diana. Vivo en Serifos, pero no estoy allí porque esos piratas que conociste me capturaron y me esclavizaron —afirmó. —Necesito ayuda para volver, y si me la prestas, te lo agradeceré con dracmas al llegar a casa. Pero si haces algo raro, te juro que te haré daño. Ya he matado a hombres antes —amenazó. Su tono de voz, sin embargo, no sonó lo suficientemente amenazante. Estaba más asustada que decidida a causar impresión. Pero, contra todo pronóstico, aquel hombre esbozó lo que pareció en fantasma de una sonrisa, después de relajar su rostro serio y ceñudo.
—Esta bien, Diana. Yo soy Hades,
¿Qué? ¿Había dicho ese nombre de verdad?

El grupo que se concentraba en torno a Diana y al recién rescatado de alta mar no daba crédito a lo que estaban viendo sus ojos. Realmente esa enclenque muchacha le había salvado la vida a ese tipo y ya era meritorio pero... ¿Cómo? ¿Cómo podía estar vivo? Esa herida era de las peores que cualquier persona había visto con diferencia alguna vez en toda su vida. De hecho, ni siquiera había heridas de guerra tan crueles y enormes, ni mucho menos hombres capaces de sobrevivir a las mismas. Tan maravilloso era, por tanto, que el barco apenas se movía más allá del ser acunado por las olas pues todos estaban centrados en el milagro.
-¿Dónde...?- masculló con voz carasposa y desgastada el hombre, apenas logrando abrir los ojos. Para él, todo eran siluetas negras que le rodeaban.
-Estás en...- fue a responder Diana, orgullosa.
-En el Grifo- le arrebató Argos el anuncio triunfal -Bienvenido a bordo, marinero- se mofó
-¿A bordo...?- el chico ladeó la cabeza y fijó sus nublados ojos en Diana. La veía borrosa, como una mancha negra en mitad de un blanco papiro -¿Perséfone...?- ante aquella pregunta, los hombres estallaron en risas.
-¡Pues sí que se ha dado un duro golpe!- dijo uno
-¿De dónde vendrá para creer ver a Perséfone?- comentó otro
-Y más para confundirla a ella- gruñó un marinero de Argos.
-Callad- ordenó Diana, molesta por las burlas. Sabía que no era precisamente una mujer hermosa, pero las risas y las burlas siempre resultaban obviamente punzantes y molestas -¿Tienes nombre?- preguntó de vuelta al hombre tendido a sus pies.
-Yo... Yo soy...- estuvo por decir algo abriendo la boca, pero la cerró. Ladeó la cabeza despacio y cerró los ojos. De nuevo, pareció perde la consciencia.
-Vaya...- suspiró Diana.
-Yo te diré quién es- adelantó un paso Argos -Es un tipo muy suertudo de haber dado con nosotros en mitad de esa tormenta tan extraña, y que además, me ha cogido de buen humor. Lo llevaremos a Lesbos como estaba previsto en esta entrega mercantil. Lo dejaremos allí junto a este montón de buenas gentes- Diana no dejaba de mirarle la herida, obviando a Argos -¿Qué? ¿Te gusta?-
-¿De qué estás hablando?- le miró la chica esta vez, con el ceño fruncido.
-No me miras cuando te hablo y estás centrada en su herculeo cuerpo cincelado por la propia Afrodita- tuvo que reconocer. Era bello, extrañamente bello, hasta para él. Oscura y siniestramente hermoso.
-¿Desde cuándo he necesitado una razón para ignorarte?- gruñó la chica.
-...También es verdad- asintió Argos risueño -Igualmente, recréate un poco y bájalo a la bodega, que descanse allí. Aquí puede coger una pulmonía. El tiempo no parece que mejorará en breve precisamente- dicho aquello, Diana no tardó en obedecerle, pues le convenía. Con ayuda de uno de los marineros del barco mercante de Jorato pusieron en pie al devanecido hombre y lo llevaron hasta las escaleras que daban a la bodega.
-Ya me las apaño- terció Diana para bajarle él sola por las escaleras.
-¿Estás segura muchacha...?- preguntó el hombre
-Como siempre- dijo para sí misma en un murmullo, arrastrando al desconocido escaleras abajo.

Con el pasar del tiempo venía el avance inexorable del navío a través del oleaje. Diana, desde la bodega, podía escuchar el constante movimiento en cubierta y en la zona superior de los remeros, justo sobre su cabeza. En la oscuridad de la bodega podía comprender sin mayores problemas que el tiempo seguía complicado y nuboso, debido a que ni un simple ápice de sol se filtraba entre los tablones que tenía sobre su cabeza. De hecho, en ocasiones contadas, alguna que otra gota seguía filtrándose entre la humedad de la madera. Una de las mismas le cayó con estruendo en la mejilla, fría y veloz, que sintió como una diminuta bofetada. La chica se limpió el rostro con fruición y maldijo una vez más, entre tantas, el estar encerrada en ese barco con todo ese maldito personal en cubierta.
-Quizá hasta te creas que tienes suerte y todo- dijo para sí, refiriéndose al tipo inconsciente -No se le puede hacer caso a un imbécil como él- se refería a Argos -Suerte... ¿A este montón de mierda se le puede llamar suerte?- miró a su alrededor. La bodega aún olía mal, pese al tiempo. Aún apestaba a orin y heces ocasionales. Ese maldito atajo de sabandijas apenas conocía el significado de la palabra limpieza. De hecho, a la chica le sorprendía que un barco tan grande y tan descuidado, con tablones dispares y la madera hinchada de humedad se mantuviera tan robusto ante oleajes y situaciones tan peligrosas. Hasta su barca tenía mejores condiciones que el Grifo, por los dioses -Quizá hasta hubiese sido misericordioso dejarte hundir en el fondo del mar. Poseidón seguramente te habría acogido mejor que este montón de asesinos y criminales- siguió reflexionando en voz alta -Pero...- podría haber añadido a su silencioso y ausente oyente que realizar semejante acto heróico la había hecho sentir bien, orgullosa, como pocas veces en la vida: pletórica. En ese instante, viendo la situación en la que había metido al tipo que se debatía entre la vida y la muerte... ¿Había hecho bien, realmente? ¿O simplemente fue para satisface su ego y creerse algo más de lo que realmente era? Quizá ahora lo había condenado a una corta vida de sufrimiento en agonía por esa herida... Sometida por sus pensamientos, Diana se apoyó contra una de las paredes y se abrazó las piernas mirando al tipo inconsciente, debatiendo mentalmente consigo misma.

No fue hasta pasadas unas horas, en las que el constante balanceo del barco la dejó ligeramente adormecida, que percibió algo extraño en el recién llegado. La herida de su cuerpo estaba supurando un extraño líquido negruzco, no más denso que el agua. Le resbalaba por el costado y la cadera como si fuese una copa a punto de rebosar, como si su cuerpo lo generase de manera descontrolada.
-¿Qué...?- curiosa, intentó acercarse. Al hacerlo daría un respingo hacia atrás, pues en ese momento el muchacho tosió con violencia y de su propia boca y ojos surgieron las mismas corrientes negras, empapándole el rostro de forma grotesca y por supuesto, el cuerpo a través de la herida -Por los dioses...- masculló Diana horrorizada por lo que estaba viendo, pero más aún lo estaría al ver como si nada ocurriese, el hombre se enderezó hasta quedar sentado sobre el suelo, goteando agua negra por doquier. Se miró las manos, se palpó la cara y también la herida del pecho, que Diana podía ver claramente que le atravesaba hasta la espalda, también empapada en ese líquido oscuro -¿Qué eres?- la pregunta brotó de su garganta en un hito, incapaz de contener las palabras retenidas en su mente. El hombre la miró veloz, alerta. Frunció el ceño al localizarla entre las sombras de la bodega.
-¿Quién eres tú?- preguntó como si nada, como quien despierta de un plácido sueño en su cama y encuentra a un intruso en la habitación.
-Esa es la pregunta que debo hacerte yo- contestó Diana sin saber qué hacer -Tu cuerpo...- le señaló.
-Estigia...- gruñó el hombre, poniéndose en pie. Diana tuvo el instintivo impulso de acercarse para ayudarlo a sostenerse, pero aquel hombre tan misterioso se sostenía como si no le hubiese pasado nada en ningún momento -Están aquí...- gruñó -¿Qué es este lugar? Responde-
-Una galera pirata. Nos tienen retenidos hasta...-
-¿Alta mar?- la interrumpió.
-Sí, pero...-
-Poseidón...- masculló el hombre
-¿Poseidón? ¿Que tiene que ver él con...?-
-Calla- ordenó, alzando una mano. Todo retazo de líquido negro que goteaba por la piel del extraño hombre comenzó a desvanecerse y a flotar por el aire como si tuviese todo vida propia -Silencio- ordenó, llevándose un dedo a la boca. Diana se percató entonces de que el barco no se movía ni un ápice y el silencio reinaba por completo en la galera.
-¿Qué está pasando?- preguntó curiosa y el hombre la miró con furia.
-He dicho que te calles, mortal- ordenó en susurros.
-¿¡Mortal!?- se cuestionó ella en baja voz igualmente, pero no continuó conversando porque el silencio se vio quebrado por gritos y aullidos de terror -¿¡Qué pasa!?-
-¡No te muevas!- ordenó el hombre pero la chica le hizo caso omiso, corriendo a cubierta con el corazón extrañamente helado y compungido.

Lo que vio al llegar arriba fue, cuanto menos, desolador. El barco estaba rodeado por extrañas figuras sombrías que se mantenían flotando de forma estática y siniestra, sin moverse un ápice. Los hombres de cubierta gritaban desesperados arrojados en el suelo, aterrorizados ante semejante visión.
-¡Armas! ¡A las armas! ¡Por los dioses!- gritaba Argos en el castillo de popa, tratando de espabilar a sus hombres. Nadie, sin embargo, le hacía el menor caso.
-Mormos...- dijo la voz del hombre tras Diana, de forma repentina -Los han enviado a buscarme...-
-¿Mormos?- Diana miró las siluetas que flotaban entre extrañas tinieblas -¿Los espectros del Inframundo? ¿Te estás riendo de mí?- Diana no daba crédito alguno a lo que estaba viendo ni oyendo. Tenía que ser una broma, no podía ser que se diera de bruces con el mundo de los dioses en mitad de la mar con Argos como acompañante.
-Supongo que la gran sonrisa de mi rostro no deja duda alguna de lo jocosa que me parece esta situación- dijo el hombre con suma seriedad y un rostro severo como una lápida. Diana entendió que trataba de ser sarcástico.
-Me estoy mareando...- masculló la chica llevándose una mano a la cabeza.
-¡Por los dioses, haced algo!- clamaba Argos desesperado, mientras los Mormos simplemente se alimentaban de la cordura y el miedo de todos los presentes, hasta que el hombre recién llegado dio un paso al frente. Los gritos cesaron y todas las siluetas se voltearon hacia él.
-Mi señor...- clamaban entre susurros fantasmagóricos -Mi señor...- repetían una y otra vez.
-¿Quién os envía?- preguntó con naturalidad. Todos los ojos se centraban en ese hombre misterioso.
-El barquero... viene...-
-¿Caronte...? Maldito traidor...-
-¡Tú!- gritó Argos -¡¿De qué va todo esto!?- ante la exigente pregunta, el hombre le miró con ojos cansados y pesados.
-Mortales... Siempre queréis saberlo todo ¿No es así? Todo esto escapa a vuestro alcance y comprensión...- tras aquellas palabras, se asomó por la borda para mirar el mar. El agua estaba extrañamente tranquila, pero lo percibía. Se le dibujó una sonrisa en el rostro mirando al infinito neblinoso.
-Señor... acompáñanos...- sisearon las siluetas mientras una forma tenebrosa se dibujaba en el agua: una barca con un candil iluminando con una llama azulada con tintes verdosos, fantasmagórica.
-No... No hoy- sentenció. Al decirlo, tras la silueta del barquero, se alzó una ola gigantesca que ni los ojos llegaban a contemplar en su total enormidad. Lo último que vieron los presentes antes de la gran oscuridad, fue aquel enorme monstruo de masa acuática venírseles encima como un manto que cubre a un recién nacido, para perderse en los abismos acuáticos.

lunes, 24 de junio de 2019

El navío se movía como si los brazos del mismísimo Poseidon lo meciesen con violencia.
Hacía ya rato que Diana había decidido mantenerse alejada de la disputa que sobre su cabeza se llevaba a cabo. Apenas habían pasado unos días desde lo sucedido en Macedonia, y ver nuevamente sangre, era algo que aún no sabría como digerir. Tampoco deseaba formar parte de los planes de Argos. Su estancia en el Grifo había pasado a ser la de una mujer que luchaba por huir, a ser la de una que peleaba con uñas y dientes por no hacer lo que el capitán le ordenase. Y así deseaba que siguiese siendo.
Los gritos, los quejidos y el choque del acero de las espadas, habían inundado sus oídos durante largos e insufribles minutos. Aunque no lo quería, su mente había imaginado la escena como si ella misma estuviese presente: golpes dolorosos, cuerpos sobre el suelo y decenas de trozos de madera de barco esparcidos por doquier. Jamás había estado en una guerra y no estaba segura de querer volver a formar parte de una semejante.
Por ello, cuando los ruidos se apaciguaron y el choque de las gotas de lluvia contra la cubierta fue lo único que los oídos pudieron percibir, Diana se puso en pie. Salió de la celda con tranquilidad, abrigándose bajo el clámide que, finalmente, se había resignado a vestir para poder sobrevivir al frío. Subió las escalerillas agarrándose a la madera para no caer ante los zarandeos de la ventisca, para finalmente abrir la escotilla sin temer a llevarse un golpe. Primero asomó la cabeza. Con un simple vistazo, y a pesar de la oscuridad que reinaba, pudo comprender que la pelea había finalizado. Los hombres de Argos estaban tranquilos, cargando al Grifo numerosas cajas llenas de ánforas de vino del barco que había justo al lado. Cuando terminó de subir y puso los pies en cubierta, pudo fijarse en que los piratas no solo estaban quedándose con la mercancía, sino que también instaban a los marineros del barco mercante a unirse. Al azar la vista y comprobar que el velamen del barco mercante estaba casi calcinado, adivinó que, sin el Grifo, aquellos hombres estarían perdidos.
—¿Un acto bondadoso para limpiar tu mala conciencia?—preguntó Diana cuando Argos pasó por su lado, cargando un enorme ánfora recién sacada de la bodega. Sus dientes brillaban bajo su enorme sonrisa, que hacía que la cara se le llenase de pequeñas arrugas que avecinaban una pronta vejez. Sin embargo, no había ni un ápice de desgraciadas facciones en su rostro. Todo cuanto le rodeaba, era prácticamente perfecto. ¿Desde cuanto la belleza se había relacionado con el éxito?
—¡Tenemos todo lo que queremos! ¿Por qué dejar a estos hombres a su suerte, entonces? —respondió sin apartar aquella sonrisa satisfecha.  —Nuestro trabajo aquí ha terminado. Ellos ya no tienen nada que ver.
—No te entiendo, Argos —murmuró la chica. En su mente, el Argos que vendía mujeres chocaba con el que perdonaba la vida a inocentes. ¿A que sucio juego estaba jugando?
—No quieras hacerlo —respondió finalmente, antes de marcharse y seguir con su tarea. Ella lo observó marchar. Cada vez que pasaba junto a uno de sus hombres, vociferaban juntos y exclamaban el éxito que acababan de tener en el abordaje. Eran un equipo... un equipo de miserables ladrones. 

Incapaz de volver a sumirse en la oscuridad de la celda, decidió permanecer en cubierta a pesar de que la lluvia ya la calaba hasta los huesos. Los marineros del barco mercante la miraban con extrañeza, quizás, preguntándose cual era el destino de una mujer en un barco de piratas. Mientras algunos la observan curiosos, otros le lanzaban miradas de lástima, casi pudiendo adivinar que ninguna mujer en su sano juicio estaría allí por voluntad propia. A cambio, Diana respondía con la misma mirada triste y suplicante... ansiosa de que alguno de ellos pudiese hablar con ella y entenderla. Y entonces, las ideas se agolparon en su cabeza. ¿Y si se escapaba con ellos? ¿Y si conseguía despistar a Argos? Al recordar que el barco que habían dejado destrozado y del que ya empezaban a alejarse, era de Jorato, a la chica se le hizo un nudo en el estómago. Sin embargo, aquellos hombres debían estar tan ansiosos de venganza como ella... ¿Y si se unían temporalmente? Se mordió el labio inferior con indecisión. En un navío como aquel, conversar con los marineros sin que ningún pirata o Argos la oyese, iba a ser demasiado difícil. Frustrada, regresó a la posición que había estado manteniendo. Colocó sus brazos sobre la borda de babor y se dejó caer, observando como la lluvia volvía gris la silueta del navío que se derruía cada vez más en la lejanía. El pelo se le había pegado a la cara y las gotas de lluvia habían empezado a derramarse por su frente como una catarata. Pero... no se quería ir de allí. Era como si algo... la amarrase.

Y entonces lo vio.

Una silueta humana danzando sobre las olas agitadas. Estaba boca abajo, quizás ahogándose o quizás ya muerto. No se movía ni luchaba por sobrevivir... Pero no podía dejarle allí. —¡Hay un hombre! —gritó Diana. No le sorprendió que los marineros siguiesen de cháchara y no le prestaran atención. —¡Hay un hombre en el agua! ¡Se va a morir! —insistió.
—Si está ahí abajo es que Poseidon ya lo ha reclamado —comentó un pirata de mala gana.
—¡¿Y vas a tener tan poco corazón para ni si quiera comprobarlo?! —se acercó Diana a él con violencia. —¡Hay que subirle!
—¡A mi no me gritas, mujer!
—¡Eh! ¡¿Qué esta pasando?! —. Por suerte, Argos descendía en aquel momento del castillo de popa. Estaba tan alerta a los movimientos de los nuevos a bordo, que cualquier griterío lo alertaban.
—¡Hay un hombre en el agua! —repitió la chica. —¡¿Es que no vais a hacer nada?! —. Argos caminó a paso rápido hasta la borda para comprobar que la mujer no mentía. Cuando comprobó que el cuerpo del hombre estaba cerca, meditó.
—Debe ser uno de los hombres del barco de Jorato. Algunos se negaron a venir —explicó. —Los que se niegan a ser atrapados, a veces deciden acabar con sus vidas. —. El hecho de que el capitán afirmase tal cosa, hizo a Diana preguntarse cuantas veces había conseguido el pirata que un hombre hiciese algo así, infundado de miedo y terror.
— Oh, maldita sea —gruñó. Haciendo acopio de fuerzas, apoyó un pie sobre la borda y, con un habilidoso impulso, se colocó sobre ella. Necesitó sujetarse rápidamente a las cuerdas que daban sujeción al mástil, pues el temporal cada vez amenazaba con volverse más bravío. — Voy yo a por él.
— ¡¿Qué?! ¡¿Estás loca?! —gritó Argos, estupefacto por el arrojo de valentía de la chica, que nada le debía a nadie en aquel navío.
— ¡No pienso quedarme de brazos cruzados viendo como ese hombre puede acabar muerto!
— ¡¿Y si ya lo esta?!
— ¡Dormiré tranquila esta noche sabiendo que al menos lo intenté! —replicó con exasperación. Enfrentarse a Argos, cara a cara, era todo un reto. Ambos se mantuvieron la mirada durante segundos, y, finalmente, el capitán chasqueó con la lengua.
— ¡Dadme una cuerda! —ordenó. Los piratas no tardaron en ofrecerle a su capitán lo que éste había pedido. Le ofrecieron un rollo de cuerda gruesa, aparentemente resistente, que Argos no tardó en comenzar a manejar. Alzó los brazos y rodeó la cintura de Diana con la cuerda, realizando nudos y comprobando mediante tirones que ninguno se desharía. — Pesas tan poco que no nos va a costar tirar de ti —la insultó. — ¿Vas a poder con él?
— He podido con cestas de peces casi tan pesadas como un hombre.
— Pues no lo aparentas —insistió en la ofensa. — Esta bien. ¿Sabes que hacer?
— Cojo al hombre y tiráis de mi —adivinó.
— ¿Y como sabes que tiraremos de ti? —sonrió con sorna. Diana le devolvió una mirada de lo más desagradable, de forma que, sin mediar más palabras, se arrojó al mar.

El agua estaba helada, removida y caótica. Las olas impedían que se moviese con agilidad cuando llegó a la superficie tras una primera zambullida. Ignorando la mirada de los hombres que la observaban desde cubierta, buscó con rapidez el cuerpo del hombre que navegaba aún sin rumbo. No tardó en encontrarlo, de manera que puso todo su empeño en nadar hasta a él. Su principal temor fue encontrar un rostro morado o azulado, hinchado y con un aspecto de lo más horrible. Cuanto más se acercaba a él, más inmóvil le parecía que estaba, por lo que sintió que el desenlace iba a ser de lo más fatídico. Sin embargo, cuando llegó hasta el cuerpo y lo alzó, solo vio el rostro de un hombre joven que no debía llevar demasiado tiempo sobre el Egeo. — ¡¡¡Tirad!!! —gritó cuando agarró al hombre bajo las axilas una vez consiguió darle la vuelta. En un primer momento, pensó que la dejarían a su suerte, pero cuando sintió el primer tirón en su cintura, tuvo que admitir que se sintió aliviada.

Subir al hombre al barco fue tarea difícil. Diana necesitó que un pirata la ayudase a subir al hombre, de forma que, cuando la chica consiguió subir y pisar cubierta de nuevo, el cuerpo del hombre yacía sobre la misma en el interior de un círculo de piratas y marineros que no sabían que hacer.
— No es de los nuestros —murmuró uno.
— No me suena su cara —dijo otro en voz baja.
— Está muerto, seguro.
— ¿Como es posible?
La pasividad con la que trataban la situación enervó a la chica, que no hizo otra cosa que empujar a los hombres hasta conseguir entrar en el interior del coro. Y cuando vio al hombre, comprendió por qué los demás estaban tan atónitos. Una enorme herida cruzaba del pecho hasta el estómago, rosada, abierta, pero sin sangre que supurar. Diana no podía imaginar la clase de arma o golpe que había conseguido perforar la piel de aquel desgraciado de aquella manera, pero... Si eso no lo había matado ¿Qué hacía en el mar?
Se colocó de rodillas junto al hombre y posó su cabeza sobre su pecho, el cual estaba desprovisto totalmente de ropa. No le costó sentir unos latidos leves y tranquilos bajo aquella piel. Los vellos se le pusieron de punta y la boca se le secó a pesar de lo húmedo que estaba todo su cuerpo. Aquello debía ser un milagro. — Está... Está vivo —afirmó.
— ¿Como diantres puede estar vivo con esa herida? Está fresca —alegó Argos, que también se acercó al centro de la escena. Diana no contestó. Rápidamente, colocó sus manos sobre el estómago del hombre y comenzó a dar golpes, a insistir con sus palmas en profundizarlas sobre la piel. — ¿Qué estás haciendo?
— El agua que ha tragado saldrá así —explicó la chica, medio ahogada por el esfuerzo. Prosiguió con aquellos movimientos durante unos minutos que le parecieron horas, y cuando la desesperación se apoderó de su talante, cambió de estrategia. Le abrió la boca al hombre y posó sus labios sobre los de él bajo la atónita mirada de los demás. Le traspasó todo el aire que Diana podía albergar en sus pulmones en un total de tres intentos. Después, volvió a golpear su estómago. Y entonces, el hombre se movió. Tosió, escupió agua y abrió los ojos.
Por alguna razón, el corazón de Diana se disparó. Ahora era ella quien estaba exultante, en una mezcla de impresión por lo que había conseguido, así como orgullo y felicidad por realizar todo cuanto su corazón le había dictado que hiciese. Se sentía... estupendamente.
— Tranquilo. Estás a salvo ahora.

El rumbo ya estaba decidido y fijado. Apenas demoraron, gracias al viento favorable, en interceptar un ancho de ruta bastante previsible por la cual los barcos de Jorato acabarían por pasar. Argos se pasaba los minutos en cubierta, cruzado de brazos y con la mirada fija en la inmensidad, entre Tasos y Lesbos. Los marineros no desperdiciaban un minuto y se las pasaban preparando las lanzas, espadas y escudos: iban a dar por fin un grandísimo golpe que les llenaría los bolsillos de dracmas ¿Cómo no estar ilusionados? Ilusionados y en éxtasis, al borde de la locura.
-Capitán- uno de los marineros volvió a acercarse a Argos quizá por vigésima vez en lo que iba de día -¿Se vislumbra algo en la lejanía?-
-Por los dioses, no- se quejó el capitán -Lo único que se aprecia es que se avecina tormenta- y no se equivocaba, en absoluto. Tuvieron que recoger las velas a toda prisa para que el barco se mantuviese estable, pues los golpes de viento azotaban el barco con tal violencia que los podría alejar con creces del punto de encuentro establecido. Las nubes negruzcas comenzaban a condensarse sobre ellos con un aspecto capaz de aterrorizar al propio Zeus
-¿Será seguro? Asalta el barco si rompe una tormenta- preguntó el marinero
-¿Desde cuando es segura esta vida, Eteocles?- gruñó Argos.
-Tienes razón, capitán. Vuelvo con los muchachos-
-Bien- asintió Argos oyendo los pasos del marinero alejarse. No lo culpaba, ni a él ni a los demás en realidad, de tener el comportamiento digno de un niño pequeño. Ellos también debían estar hartos de ir de aquí para allá secuestrando mujeres a las que no podían tocar para tan solo venderlas y repartirse un botín minúsculo que apenas se gastaban en cuanto volvían a tocar tierra.

La espera, por tanto, se hacía interminable. El constante balanceo de la galera sobre la mar habría revuelto ya el estómago de cualquiera, pero no el del capitán. Estaba tan centrado en otear la fina linea que dibujaba el horizonte que ni siquiera se planteaba el cómo se encontraba su cuerpo ante la creciente bravura del mar. Sabía que en algún momento su paciencia daría frutos... y como la primavera llega cuando Perséfone es libre de los brazos de Hades, llegó el objetivo.

La cubierta se llenó de voceríos y gritos que Diana podría escuchar claramente desde la bodega en la que reposaba, alejada de todo estruendo y peligro. Argos no quería que se magullara más de lo que ya estaba, pero principalmente era porque desconfiaba de que tratase de matarlo en mitad del tumulto que estaba por formarse.
-¡Vamos preparando el velamen!- ordenó, mientras los hombres soltaban las cuerdas. Las telas ondearon y se tensaron ante el golpe del viento que comenzó a empujarlos -¡Armas en ristre!- los marineros dieron un grito de guerra al tiempo que pataleaban en la cubierta -Vamos a hacernos un poco más ricos hoy, caballeros....-

Era inevitable la confrontación. Argos, astuto y buen marinero, había sabido posicionarse a favor de las corrientes y el viento para amenazar al barco mercante sin que este tuviera posibilidad de eludirle sin tener que virar y doblar esfuerzos. El capitán, eso sí, no contaba con la inestable tormenta, pero aquello no hizo más que ayudarle a ser empujado por la mar como un niño que juega con un barco de madera sobre un charco de lluvia: sin resistencia alguna. No hizo falta tan siquiera remar. La guerra llegó sola.

Primero fueron flechas en llamas, como buen estratega. Por lo general hubiesen sido lanzadas hacia cubierta para herir a los marineros o incluso matarles directamente, pero dada la preciosa carga económica que llevaban encima, el capitán decidió que las velas serían un buen objetivo. Las flechas volaron surcando el cielo con dificultad debido al viento, pero alguna logró impactar en las velas del objetivo y poco a poco fueron haciendo su trabajo, impregnándolas de llamas y dejándolas inservibles.
-¡Preparamos el abordaje!- gritó alegre, con una sonrisa en los labios, una vez apreció cómo su estrategia daba resultado y el barco aminoraba la marcha.
Los hombres de Argos bajaron a los remos y posicionaron de esa forma la galera en una posición paralela al barco mercante a la vez que la tormenta empeoraba. No había ni un solo relámpago o trueno viniendo del cielo, pero el viento, la negrura del cielo y la arreciante lluvia que comenzaba se empezaba a volver una molestia.
-¡Muy buenos días! Pese al tiempo- vociferó Argos, saltando de su cubierta a la del barco contrario. Eran hombres de distintas edades, curtidos marineros, pero apenas estaban armados con palos y alguna que otra espada desmejorada -¿Es este un barco espartano el que estoy saqueando?- se mofó -Creía que era un barco mercante-
-¡Atrás, pirata! ¡Déjanos en paz!- se envalentonó uno de ellos, previsiblemente el capitán.
-De acuedo. Lo siento- volvió a mofarse, bajando la cabeza un instante para luego mirarle -¿Pero con quién te crees que estás hablando, viejo?- rió -Si esas palabras sirvieran de algo, no habría maldad ni guerra en este mundo-
-Esto es un barco mercante. Llevamos unos vinos baratos a Lesbos. Por favor, es nuestro sustento- volvió a insistir el hombre
-¡A mi me espera en casa mi mujer y mi hija!- terció un muchacho joven, próximo al capitán del barco mercante.
-Señores, esto es fácil. Sencillo como comer una uva: rendíos. Entregadnos la carga y no tiene por qué pasar nada- negoció Argos mientras sus hombres aún esperaban en cubierta preparados para la batalla. La visión de un puñado de piratas harapientos y rabiosos por un buen combate sangriento hizo que los marineros mercantes se miraran entre sí.
-Debemos defender nuestro trabajo- se reafirmó el capitán.
-¡No!- interrumpió el jovencito, arrojando el remo con el que estaba armado a cubierta -¡Yo no quiero morir y menos por un montón de vino!-
-¡Idiota! Nos van a matar igual ¡Al menos defiéndete!- gruñó el capitán mercante.
-No os voy a matar- inquirió Argos -Si me hacéis caso, no- sonrió de forma encantadora -Ahí atrás véis a mis hombres, que estarán encantadísimos de daros una grata bienvenida si les facilitáis el bañarse en dracmas durante unos días. Si no, también estarán encantados de enseñaros la puerta de entrada al Hades. Dicen que es muy frío en esta época del año- ladeó la cabeza con gesto desagradado.
-Mentiras, mentiras y falacias- se quejó el capitán.
-Tenéis unos minutos para decidir. Esta lluvia me está poniendo de los nervios- se quejó el capitán pirata, empapado ya por completo. Los barcos zozobraban uno junto al otro con violencia -Contemplad vuestas opciones: estáis sin velas en mitad de esta tempestad y acorralados por un grupo de hombres armados...-
-¡Yo acepto!- gritó el joven. Tras él, vinieron otros más.
-De acuerdo ¡Bienvenidos al Grifo! Os dejaremos en tierra una vez los negocios estén cerrados- se alegró Argos
-¿El... Grifo?- se sorprendió el anciano capitán mercante.
-Veo que has oído hablar de nosotros- al oír esas palabras de boca de Argos, el anciano arrojó su arma.
-Empieza por ahí. Nada podemos hacer contra vosotros, alimañas de Poseidón- desfalleció
-Yo que tú no diría esas blasfemias en arta mar- se carcajeó Argos -¡Venga, muchachos! ¡A cargar el vino!- los gritos de júbilo se oyeron por encima de la lluvia y el viento. Argos estaba feliz por haber conseguido tan fácilmente su objetivo y además sin derramar una sola gota de sangre... ¿Pero qué le pasaba al tiempo? Tenía una sensación terrible encogiéndole el corazón. Miró hacia el Grifo y se preguntó cómo estaría Diana, si alguien como ella también estaría sintiendo esa pesadez en el alma como si algo temible estuviese a punto de suceder. Más adelante comprendería que ojalá hubiese estado equivocado ante esas sensaciones...

jueves, 20 de junio de 2019

La oscuridad comenzó a apaciguar su corazón, que anteriormente rabioso y ardiente de ira, ahora se hallaba apagado, entristecido y perdido, en mitad de aquella bodega. Diana se había sentando en el mismo rincón de la misma celda en la que había estado aprisionada durante días, en un vano intento de asumir su destino.
Las manos, manchadas de sangre seca que incluso llegaba a colarse entre sus uñas, le temblaban. No paraba de pensar en lo que había hecho. No solo le daba vueltas al hecho de que había estado apunto de ser torturada, sino a lo que había conseguido por defenderse: había asesinado a un hombre con alevosía. Se sintió desorientada, incapaz de ubicarse en su cuerpo y en su mente. ¿Que había pasado con ella? ¿Que estaba ocurriendo al rededor de su vida para cambiar de forma tan drástica? La Diana que pescaba en Serifos y discutía con su padre cada día, la que reñía de niña con sus amigos al asegurar que de mayor sería una campeona aunque fuese mujer, la que aseguraba que bajo el amparo de Artemisa conseguiría todo lo que se propusiese... jamás habría acuchillado a un hombre. Jamás hubiese gritado, maldecido y luchado contra toda persona a quien tuviese delante. Nunca habría asesinado a un hombre con una aguja ni intentado hacer lo mismo con todos los demás en una misma noche. ¿Por qué lo hacía? Por sobrevivir. Sobrevivir se había convertido, más que nunca, en su única meta a seguir. Y lo peor era que... no se arrepentía de nada.
Al oír que unas pisadas descendían por las escaleras tras abrir la escotilla, se estremeció. Recogió sus rodillas, en un abrazo, soportando el dolor y la tirantez de sus heridas aun abiertas. No le hizo falta llevar la vista hacia la dirección para saber que quien había bajado era Argos. Su forma de caminar lenta y sosegada era algo que tenía familiarizado. Y solo los dioses sabían los pocos ánimos tenía de oír su voz. Sin embargo, no fueron palabras lo que oyó. Un corto y contundente golpe en el suelo, junto a ella, consiguió que prestase atención. Lo que vio la horrorizó. —¿Por qué me traes esto? —preguntó en un hilo de voz.
—No para que me perdones por lo que ha ocurrido —aseguró el hombre, con un deje de orgullo y resignación en la voz. —Sino para que entiendas que yo no he tenido nada que ver con todo esto.
—Ah ¿No? —. Diana esbozó media sonrisa, negándose a mirarle. El látigo de siete ganchos yacía sobre la superficie. Aún estaba sucio, lleno de su sangre y la de la otra chica. Apartó la mirada del instrumento para dirigirla hacia la pared.
—Esto no estaba en mis planes.
—¿Y cuales eran tus planes? Dijiste que me usarías para sonsacarle información a ese malnacido y así lo hiciste. Bravo, capitán. Tus planes han sido todo un éxito.
—¡No era así como debían cumplirse! —gruñó. —No sospechaba que me traicionarían —admitió. —No me interesa que ni tu ni ninguno de mis hombres salga herido. Los necesito a todos y a ti también —. Diana se negó a contestar ante tales palabras, las cuales sonaban vacías y desmotivadas en sus oídos. —En cualquier caso, me alegra que hayas asesinado a ese hombre. Si aquellas eran sus intenciones, no merece otra cosa que morir.
— Pero ¡¿Como puedes ser tan hipócrita?! —gruñó la chica, volviendo a recobrar el tono rabioso que hasta hacía unos minutos, la había poseído. —¡¿Como puedes desear algo que también debería pasarte a ti?! ¡Vendiste a mis compañeras! ¡Dejaste que todos tus hombres violasen a una de ellas durante todo un día! ¡Le diste permiso a ese hombre para que hiciera conmigo lo mismo! ¡¿Que diferencia hay entre el y tú?!
—¡Yo lo hago por sobrevivir! ¡¿A caso tu no le has matado por sobrevivir?! —sus gritos sonaron guturales y profundos, pero no consiguieron que Diana pestañease en ningún momento.
—A mi... —tragó saliva —No me quedaba otra opción. Tú sin embargo... tienes más de las que quieres ver. Solo usas esa excusa tan rastrera para... —decidió dejar de hablar. Todo cuanto dijese o explicase ante aquel pirata no serviría de nada.
—Piensa lo que quieras, mujer. Yo ya he cumplido con mi dignidad y mi orgullo al decirte que no ha sido culpa mía. Me han mentido tanto como a ti. Y para la próxima vez, me encargaré de que cumples con tu misión sin mayores peligros —aseguró. —Así es la vida en el Grifo: trabajamos, nos ensuciamos la manos de mierda y sangre, pero no ponemos en peligro a nadie.
Tras aquellas palabras, el silencio se instauró entre ambos. Solo el sonido de las olas rompiendo en la madera del barco apaciguaban el silencio, así como los murmullos de los marines que aún trabajaban en cubierta, poniendo al navío a punto para salir. Era como si entre ambos se hubiese alzado un muro inquebrantable, que si antes estaba construido del metal más grueso del mundo, ahora era de puro diamante.
—¿Conseguiste sonsacarle la información? —. Aquella pregunta tan repentina, tan despreocupada y desinteresada de Argos, rompió la tranquilidad de Diana. La chica agarró el látigo con su brazo herido y se lo arrojó con todas sus fuerzas al hombre. Apenas le haría daño, ya que con lo lanzó de la forma adecuada, y los ropajes del pirata acabarían protegiendole. —¿A caso no recuerdas de lo que te dije? Si damos un buen golpe, no tendré que volver a secuestrar a nadie. ¡Ese era mi plan! ¡Así que no lo entorpezcas más!
—Todo siempre por tus asquerosos dracmas —murmuró la chica. —Un día... todas esas ansias se te atragantarán —sentenció. Hizo una pausa larga y meditó. Podría mentirle, podría guardarse una pequeña victoria para sí... pero si acaso había una pizca de verdad en sus palabras, prefería sacrificarse y así impedir que nadie más pudiese sufrir bajo su asquerosa mano. —Pasado mañana un navío cargado de vino partirá hacia Lesbos. Es un gran negocio el que temía entre manos, porque pensaba ceder toda la mercancía de una vez. Es lo único que se... lo único que pude hacer.
—Será suficiente —afirmó.
—¿Que piensas hacer con eso?
—Robar el vino y venderlo por nuestra cuenta. Todo ese dinero será para mi y mis hombres. Podremos descansar una buena temporada —sonrió orgulloso. —¿No te alegras de que sea así? Le hundiremos el negocio a ese maldito muerto y nosotros dejaremos de hacer eso que tanto odias.
—Pero, para hacerlo, tendrás que asesinar antes a todos los hombres que lleven el barco —adivinó la chica sin titubear.
—Emites demasiada justicia para ser una mujer cualquiera —informó el capitán, hastiado de oírla recriminar cada acción que hacía. Ella, una vez más, decidió no contestar.

Argos estuvo a punto de marcharse, dispuesto a trabajar con esmero en su siguiente objetivo y olvidando todo cuanto había ocurrido en Macedonia durante su corta estancia. Sin embargo, decidió lanzar una última mirada a la chica, que no había dirigido su mirada hacia él en ningún momento. Tenía el hombro herido y demasiada piel descubierta. Sus ropajes, propios de una prostituta, estaban destrozados. Casi podía adivinar la totalidad de su desnudez bajo aquellas gasas tan finas. De forma que, por una vez, decidió dejar de lado su orgullo férreo. Se despojó de su clamide de color azul oscuro, vistiendo únicamente el quiton negro y desgastado de siempre. Sin llegar a acercarse a la chica, le arrojó la prenda a sus pies. Diana ni se inmutó. —Lo necesitarás —terminó por decir, antes de desaparecer tras subir la escotilla.

Todo el peso y fuerza de Diana fue a parar, primero, sobre Perseida. La hetera tuvo tiempo de lanzar un alarido de terror y de agarrar el brazo de la chica justo antes de que la aguja se le clavase de lleno en la garganta, provocando que ambas cayeran al suelo con estrépito. Como consecuencia del ataque de la enfervorecida serifesa, el lugar montó en caos. Las prostitutas y los clientes que allí había empezaron a gritar y a tratar de salir del lugar, impiendo a Argos acercarse de manera efectiva. Los marineros del pirata, que por igual estaban dentro ocupados con sus propios quehaceres, tampoco sabían cómo actuar sin las órdenes concretas de su capitán. Se mantuvieron allí con la mano apoyada sobre el mango de la espada mientras que su líder se abría paso a empujones de los asustados presentes.
-¡Detente, loca!- gritó Perseida, perdiendo las fuerzas. Bien se podía apreciar que Diana precisamente no estaba cincelada en músculos como una estatua de Adonis, pero sin duda, tenía más fuerza que la hetera tras una larga y tormentosa vida de pesca y trabajo bajo el sol al contrario que Perseida.
-¿¡Loca, yo!?- se enfureció aún más la joven que, con un grito de guerra naciendo de lo más profundo de su garganta, consiguió vencer la resistencia de Perseida al empujar con fueza. Por suerte para la hetera, consiguió en el último momento desviar el brazo de la joven y la aguja fue a parar al suelo, donde se clavó con un seco "tac" que hizo estremecer a Perseida con sólo imaginar cómo habría acabado la situación de haberse clavado en su cuello con semejante fuerza.
-¡Suficiente!- gritó Argos, que por fin llegó hasta la chica. Agarró a Diana desde la retaguardia, por debajo de los hombros, y tiró de ella con fuerza para sacarla de encima de la hetera. Diana no se dejó arrastrar con fuerza, sin embargo. Agarrando la aguja con fuerza, el tirón Argos la ayudó a desprender el arma del suelo, favoreciéndole el movimiento del pirata para girarse sobre sí misma y lanzarle un feroz ataque al hombre que la hizo prisionera. Argos tuvo reflejos dignos de Hermes para apartarse al ver el movimiento de Diana, pero de forma inevitable el ataque de la chica le alcanzó en el rostro. La punzante y ensangrentada aguja le repasó la mitad de la mejilla hasta el ojo y más allá, cruzando la ceja en foma diagonal hasta la frente. En un abrir y cerrar de ojos el rostro de Argos se llenó de sangre ante el leve pero profundo corte que la chica le había infligido. El hombre se palpó el rostro, que sentía caliente y pegajoso, para luego mirarse la mano. Luego, su mirada pasó a Diana, que le miraba con Las Furias naciendo en sus ojos -Por Hades ¿Qué estás haciendo, mujer?-
-Creo que está bastante claro- contestó, simplemente, mientras su mano goteaba sangre.
-¿A qué viene todo esto? Contesta-
-¡Deja de hablar como si fuese yo la que está equivocada!- tronó -¡Como si fuese yo, como dice esta mala puta, la que está loca aquí!- sin mediar más palabra que esas voces, se lanzó de nuevo contra Argos. Esta vez, sin embargo, no le cogió con la guardia tan baja. Tal y como hiciera noches atrás en el Grifo, se apartó del camino de la chica, la agarró del cuello con una mano y con la otra el brazo armado, procediendo después a arrojarla contra el suelo con toda su fuerza para ponerse sobre ella e inmovilizarla. La joven peleó tanto como le permitían las fuerzas, pero caer sobre su espalda malherida y la situación en sí misma la hizo verse superada. Por más que agitaba el brazo, no podía con la fuerza del hombre que la retenía. Luchó y luchó, forcejeó y gruñó hasta que los propios músculos de su cuerpo se vieron rendidos y vencidos, doliéndole más y más cada movimiento hasta verse obligada por su propia humanidad a detenerse. Tal era la rabia y la impotencia que dos lágrimas como estrellas cayeron por sus mejillas sonrojadas y salpicadas de sangre. Esas lágrimas sin embargo no eran más que veneno, un veneno superior al de la propia Hidra de Lerna. Argos la creía oír sisear como una sierpe. Sus cabellos extendidos por el suelo, desmelenada y enmarañados como un nido de serpientes. El odio reflejado en sus ojos -Te juro por los dioses que voy a matarte, Argos. A ti y a tu puta- dijo como poseida por los perros del Hades
-Dime qué ha pasado- el hombre trató de hablar con calma y comprensión. Algo malo había sucedido, estaba claro. Y la culpa estaba empezando a comerle por dentro.
-Sabes lo que ha pasado. Tú y esa maldita zorra le habéis dado permiso para haer lo que quiera, conmigo y con las otras dos- gruñó
-¿Permiso para qué?- se extrañó Argos
-Para jugar, para torturarnos, para mutilarnos ¡Para hacer de nosotras unas muñecas de sacrificio que ni siquiera el propio Ares aceptaría por pura repugnancia! Y tú, junto a ella, sois tan monstruos como él- y escupió en el rostro de Argos, que no daba crédito a lo que oía.
-¿Mutilaros...?- Argos miró a Perseida, aún sentada en el suelo, derribada, contemplándoles.
-¿¡Vas a decirme que no lo sabías!?-
-Sabía que era un pervertido pero...- Argos estaba realmente sorprendido
-Quita de encima ¡Apártate y no me toques más! ¡Que nadie me toque! ¡POR ATEMISA QUÍTATE DE ENCIMA!- vociferaba desesperada y furiosa como Argos nunca había visto a una mujer. El hombre obedeció y la soltó, no sin antes quitarle la aguja de la mano
-Llevadla al barco- ordenó a los hombres que seguían cerca
-¡Que nadie me toque!- reiteró la chica, poniéndose en pie con agilidad felina pese al dolor de la espalda
-Y que nadie la toque- ordenó Argos. Las miradas del capitán y la esclava se cruzaron una vez más. Un enorme pesar mordió el corazón del hombre. Sólo quería información, un juego sencillo para un tipo que parecía fácil de seducir... pero ahí arriba habían sucedido cosas que él no esperaba, estaba claro. Cuando Diana marchó escoltada por los marineros, el ambiente de calma y silencio regresó de forma abrupta al burdel, donde solo quedaron él y Perseida.
-Dioses...- dijo la mujer con los ojos llenos de lágrimas -Está loca... Esa chica tuya está completamente loca...-
-Perseida...- Argos la llamó extendiendo la mano hacia ella. La mujer se levantó y corrió dramáticamente hacia sus brazos. Argos la sostuvo cuando llegó hasta él y le acarició el cabello con delicadeza.
-Oh, Argos... Qué miedo...-
-¿Hay algo que no me has contado de ese tipo?- preguntó de pronto y ella apartó el rostro del pecho del hombre para mirarle a los ojos.
-N-no... Osea, él...-
-¿Qué le ha hecho a Diana y a las otras dos prostitutas, Perseida?-
-Nada, Jorato solo es un poco más pervertido de la media...- Argos no la dejó concluir porque la agarró del cuello y la estampó contra la pared.
-¿¡Qué demonios ha pasado ahí arriba, Perseida!?- tronó con la furia de la tormenta. La mujer trataba de zafarse tirando de la mano dura y encallecida del pirata, pero no podía contra él.
-Argos...- dijo con la voz rota por la asfixia -Por favor, escúchame...-
-No voy a darte otra oportunidad de hablar. Ya me conoces- dijo, soltándola. Perseida tosió de forma violenta ante la liberación de su garganta y acabó por dejarse caer contra la pared nuevamente, mirando a Argos con ojos acuosos mientras luchaba por respirar de forma agitada.
-Jorato... Jorato es un monstruo envilecido... ¿De acuerdo...?- tosió -O era, a juzgar por el aspecto de esa monstuo tuya...- Argos dio un puñetazo junto a su rostro a la pared, como advertencia de que no se desviara del tema. La hetera se estremeció.
-¿Qué les hizo?-
-Si hizo lo de siempre... Oh... Seguramente la chica no volverá a sentarse en semanas o meses, no sin lloar de dolor... Y esa espalda no sanará con rezos a los dioses en el templo de Asclepio...-
-Concreta mujer, no juegues con mi paciencia-
-Jorato era temido en este lugar, Argos. Temido porque no han sido pocas las chicas que han aparecido muertas tras sus visitas. Dioses, el fondo marino de la bahía está sembrado con cadáveres de mujeres hermosas como pocas y todas por su mano- explicó por fin.
-¿Estás diciéndome que mandé a Diana a espiar a un loco asesino y no me dijiste nada? ¿A una chica inexperta en el arte de la seducción a la que te confié?- gruñó de nuevo, sintiendo cómo le quemaba la sangre.
-Una esclava, a fin de cuentas. Interesante como decías, con ideas absurdas sobre la heroicidad y la justicia- suspiró pesadamente -Una niña dentro del cuerpo de una mujer. No tiene ni idea de cómo funciona el mundo Argos. Era carnaza, un peso muerto y por la que no podía tolerar que me ignorases- el hombre frunció el ceño y entornó la mirada ante esas palabras
-¿Qué...?-
-¿Crees que no os conozco? ¿A los hombres? Es tu nuevo capricho ¿Verdad que sí? Sí, lo es. Una jovencita de piel acariciada por el sol, castigada por Apolo, incluso. Sus pequitas, sus manchitas, su pelo descuidado... Cuántas fantasías pasarán por tu cabeza, Argos, incluso teniendo tan poca carne como un hueso roído por un perro. Artes de seducción para una esclava tan joven que con algo de buena alimentación puede convertise en una muchachita muy bella... Sí, ya, para espiar y sacar beneficios de ricos ansiosos de sexo y con la lengua suelta...- dijo friamente Perseida.
-¿Lo tenías pensado? ¿Que le hicieran daño?- quiso saber el pirata
-Por favor- se cruzó de brazos -Llevo toda la vida siendo montada por hombres como una yegua de trapo expuesta a sementales. Daño les hacen a todas Argos, tu chica, esa enclenque, no lo soportaría jamás. Básicamente tú me pediste que le hicieran daño al pedirme que le enseñara a tratar con hombres como Jorato- tras las palabras de Perseida, Argos mantuvo el silencio y la miró intensamente a los ojos.
-Celos- dijo finalmente el pirata -Te sientes celosa de Diana-
-Nunca me has ignorado Argos, hasta que apareciste con ella- se excusó Perseida. Ante esa afirmación indiecta, el hombre la miró de arriba abajo.
-Entonces eso podemos arreglarlo- sonrió y ante su sonrisa, Perseida sonrió. Una mano de Argos atrapó el vestido de la hetera y la desnudó despacio de cintura para arriba. Ella dejó escapar un gemido con el tacto de la tela resbalando por su piel a manos de su querido pirata.
-Oh, Argos...- la dura mano del pirata aferró con suavidad uno de los pechos de la mujer para jugar con él suavemente y acabar por apretarlo con fuerza -Oh...-
-¿Esto te gusta...?- preguntó con picardía -¿Es lo que querías?-
-Ah, sí...- gimió de nuevo suavemente al notar la pasión del pirata apretando su cuerpo.
-Entonces ya lo tienes... ¿Me darás tú lo que yo quiero?- inquirió
-Todo cuanto desees...- le sujetó ella la cara, acercándose a él, susurrándole con deseo -Todo. Olvida a cualquier otra, yo puedo darte cuanto me pidas-
-Sí... solamente tú puedes darme lo que quiero ahora mismo- añadió pícaro y con voz ansiosa
-Tómame entonces por completo. Toma lo que desees- casi suplicó la mujer.
-Bien...- acabó sonriendo Argos. Al hacerlo, el sabor de la sangre algo más seca de su rostro le alcanzó la boca. Un sabor amargo que le impulsó aún más a tomar lo que quería en ese instante: la vida de Perseida. El silencio opacó los suspiros y jadeos de la mujer cuando la espada la atravesó de lado a lado. Los ojos de la hetera, brillantes, perdieron lentamente el foco en la mirada de Argos. Después, cayó el suelo con un enorme peso muerto y su torso desnudo empapado de sangre -Púdrete, serpiente rastrera...- maldijo, dejando a solas el cadáver.

Antes de marcharse, impulsado por la sed de conocimientos, Argos subió al piso superior. Encontró allí el cuerpo sin vida de Jorato y el horrible espectáculo de tortura que había montado: había sangre por todas partes y el látigo que había estado usando seguía allí, a un lado, manchado con la huella del delito -Dioses... Pobre Diana- dijo para sí, tomando el látigo entre sus manos y guardándoselo en el cinto. Entonces, decidió salir. Fuera aún había prostitutas y clientes curiosos por recibir una señal para volver a entrar ya que vieron a la atacante salir escoltada por varios hombres. La imagen manchada de sangre de Argos tampoco fue muy animosa para ellos, que se diga. El pirata buscó con la mirada a una prostituta que le sonase de ocasiones anteriores y se acercó a ella -Mila- dijo tomándola por el hombro al alcanzarla. Se acercó a su oído para hablar -Dentro hay dos cadáveres. Ambos reconocibles, seguro- susurró -Ocultadlos o enterradlos en cualquier lugar, pero que nadie sepa de sus muertes en, al menos, una semana- ordenó.
-¿Dónde está Perseida?- preguntó la chica. Argos, ante su pregunta asustada, le apretó el hombro, amenazante.
-Haz lo que te digo. Me enteraré si os vais de la boca, por lo que entonces volveré. Y creeme, bonita, si te digo que no os gustará a ninguna recibir de nuevo una visita del Grifo en Macedonia ¿Queda lo bastante claro?- la chica asintió -A cambio...- relajó el tono -Prometo que no volveremos a pisar esta ciudad ni el burdel. No volveréis a vernos aquí. No os molestaremos nunca más si haces lo que te pido y no nos causas problemas. Tras una semana, me da igual si denuncias la muerte de esos dos ¿Trato?- la prostituta no tardó en asentir -Bien- le soltó el hombro y le dio una suave palmadita en el brazo -Cuidaos mucho- pidió antes de dejar atrás el burdel, volviendo al Grifo. Era hora de irse de allí de una vez por todas, pues allí solo les aguardaba muerte.

miércoles, 19 de junio de 2019

Diana se mantuvo distante en todo momento. Sentía que el corazón latía con más rapidez que la común, y las palmas de las manos le sudaban de una manera considerable. Por más que observaba aquel escenario que se le había presentado, no comprendía cómo y de qué forma debía empezar a emplear los trucos que Persedia le había enseñado con anterioridad. La mujer le había hablado de como tratar de forma íntima con un hombre, pero por supuesto, en un ambiente tranquilo y de soledad. En aquella habitación había dos mujeres más además de ella, por no hablar que tras las cortinas aún debían encontrarse aquellos dos hombres que servían a Jorato. ¿Y si alguno se daba cuenta de lo que intentaba? ¿Y si la descubrían? Tragar saliva es lo único que pudo hacer.
—Acércate, querida —le insistió el mercader. —Que encuentro más afortunado ¿Verdad? —sonrió mientras comenzaba a ser agasajado por ambas prostitutas. Se habían dispuesto una a cada lado del orondo hombre, los tres sobre las alfombras y acostados con comodidad. —Cuando Testicles me dijo que eras su pupila, pensé que se trataba de... algún acuerdo extraño y clandestino, penado por los dioses. Sin embargo, ya veo que solo eres su esclava.
—A-así es —tartamudeó Diana, que solo pudo hincar las rodillas junto al hombre y contemplar, con horror, como el ambiente empezaba a ponerse denso, cargado de un olor desagradable.
—Sin embargo, no eres una esclava normal ¿Verdad? —apuntilló, comiendo una uva que una de las prostitutas acababa de ofrecerle. 
—¿A que te refieres?
—Tus manos, tu piel...—. Jorato alzó la mano y acarició el cuello de la chica, que sintió un escalofrío enorme y un impulso que la hizo apartarse. Aquella reacción provocó risa en el mercader. —Definitivamente, no eres común. No tienes callos, ni heridas ni cicatrices. Tu piel únicamente esta repleta de pecas y manchas. Testicles debe tratarte bien. No tendrás mucho trabajo que hacer en cubierta.
—No. Trabajo con comodidad —mintió. Sus palabras sabían amargas, cargadas de humillación y resentimiento. 
—¿Y cuanto tiempo llevas con él? Siendo su esclava, me refiero.
—Poco tiempo —se limitó a decir. Por un momento, una fugaz y peligrosa idea se le pasó por la mente. Un mercader, con posesiones y dinero, podía hacer algo por ayudarla. Si le contaba que había sido capturada y que Argos, quien intentaba robarle, tenía planes oscuros sobre ambos, quizá podría tenderle la mano. Apretó los puños sobre sus rodillas, arrugando el quitón de gasa, nerviosa. Pero, rápidamente, sus ilusiones se fueron al traste. Jorato le dio una palmada sonora en el trasero a una de las prostitutas, para después robarle un beso de forma violenta. Un hombre que acostumbraba a satisfacer necesidades con prostitutas... ¿Iba a ser alguien de fiar?
—Estas muy callada, preciosa.
—Es que no... No me encuentro muy bien —admitió. Jorato se quedó congelado por un momento. Miró de arriba abajo a la chica, con una mirada sorprendida. Sin embargo, su ceño fruncido se relajó y esbozó una sonrisa perversa después.
—Ya veo, comprendo —aseguró. —Me gusta ese juego —terminó por decir, justo antes de tomar una copa de vino de la pequeña mesa que albergaba el resto de alimentos.  Diana comprendió que difícilmente ambos se iban a entender.

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Las horas en el burdel transcurrieron más lentas de lo que Diana y Argos habrían deseado. 
El pirata se encontraba impaciente, sentado sobre un enorme asiento cubierto de telas se seda tan aromatizadas como los hombres y las mujeres que paseaban de un lado para otro exhibiendo sus cuerpos. Bebía vino de un vaso de cerámica, tan grande como su mano, con aparente tranquilidad. Sin embargo, su interior estaba tan inquieto como sus pensamientos. Si tenía suerte, si las estrellas se alineaban para él aquel día, saldría del burdel sabedor de que sería el propietario de una gran suma de dracmas y mercancías, suficientes como para dejar de saquear durante una buena temporada y recompensar a sus hombres por sus trabajos. Pero, si tenía mala suerte, posiblemente jamás podría volver a Macedonia... y eso hacía que sus posibilidades de robar se redujesen cada vez más.
—¡Por el capitán! —rugió uno de los marineros, con un vaso de vino en una mano y los muslos de un hombre en la otra. El resto de marineros que disfrutaban de la compañía de la misma forma, hicieron lo mismo. Sus caras sonrosadas y sus carcajadas carentes de motivos dejaban a relucir el evidente estado de embriaguez que los rodeada. Argos se quedó mirándolos, con el rostro serio y la mente repleta de preocupaciones. No podía fallarles. Haber dejado a Diana vivir ya había sido suficiente tentativa para sus hombres de crear un motín. Si seguía fallándoles...
—Relájate un poco. Estás muy extraño —aseguró Perseida, que se acercó a él después de haber estado ocupándose de que los demás hacían bien su trabajo.
—Estoy relajado y como siempre. Solo estoy impaciente —alegó. —Necesito información, dar un golpe de gracia. Un ataque que nos satisfaga a todos.
—Lo harás. Siempre consigues lo que te propones —insistió la mujer, componiendo una sonrisa de lo más sensual. Aquellas palabras motivaron al capitán. Perseida tenía razón. Últimamente, y desde hacía unos años, conseguía todo lo que se proponía. Se había ganado un renombre y una reputación. Al menos hasta que apareció Diana, claro. Sin embargo, no iba a dejar que un incidente manchase su historia. Orgulloso, aprovechó que una prostituta pasaba por su lado para darle una sonora palmada en el trasero. La chica le sonrió y él lo hizo de vuelta.  —¿De verdad no quieres... relajarte más? —. Perseida, de forma descarada, se sentó sobre el regazo del hombre. Argos la sostuvo rodeándola con una sola mano, la cual dejó posar sobre su muslo. Por un momento se planteó aquella petición, pero...
—No, no puedo.
—Te haces viejo, pirata.
—Necesito estar alerta por si ocurre algo.
—Prestas demasiada atención a esa muchacha para ser una esclava —se quejó la hetera, persistente.
—¿Sabes cuantos navíos, a cuantos mercaderes y cuantos tesoros podré saquear si la tengo a ella a mi lado? No puedo llevarme a ninguna prostituta a un viaje constante, pero a ella sí —explicó. —Aún así, de momento, no me fío de ella. La capturé hace poco y no hace más que darme problemas. Si se le ocurre hacer algo que no le haya ordenado... tengo que saber como escapar de esta.
—Te odia. Me lo dejó bastante claro cuando la trajiste.
—Así que te lo ha contado—murmuró, acariciando la piel de la mujer. —Como se le ocurra traicionarme... —Argos quiso ponerse en pie, pero la hetera, al entender sus intenciones, se dejó caer aun más sobre su cuerpo.
—No pasará nada. Esperemos a ver que ocurre. Con suerte y mucho vino de por medio, no tardará en darte una pista que seguir, y tú y tus hombres os convertiréis en los hombres más afortunados de todo el mar —susurró cerca de su oído, haciendo que el capitán sonriera. Definitivamente, le encantaba que le alabasen y le viesen como a un gran triunfador. La paciencia no sería otra cosa que el premio para la recompensa.

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En la habitación superior, entre juegos, risas y gemidos, Jorato ya había desnudado a las chicas y se había dedicado a manosear sus cuerpos durante toda la tarde mientras charlaba y charlaba de su vida. Le había contado a Diana donde nació, quienes eran sus padres, cómo y de que manera había crecido, en qué templo los sacerdotes le auguraron un buen futuro y de qué maestro había aprendido las nobles artes del comercio. Demasiada información inútil y poca forma de retenerla, siendo cómplice de escenas tan sexuales como las que estaba presenciando. 
Una de las mujeres pareció tomar la iniciativa, y quitándose una enorme pinza que había mantenido hasta entonces sus cabellos sujetos, los dejó sueltos hasta que ocultaron sus pechos. Después, se colocó sobre el hombre para que éste comenzase a penetrarla. Diana no quiso mirar. Oh, no. No pudo. Dejó que su vista se encaminase lentamente hacia la ventana, que seguía oculta con aquellas cortinas tan gruesas que los hombres  habían colocado, quizás, para darles más intimidad.
—Lírida ¿Por qué no te acercas más? —preguntó el hombre. La chica tuvo que cerrar los ojos con fuerza, horrorizada.
—Estoy bien aquí.
—Oh, vamos. No tienes por qué seguir siendo tan reticente. Testicles te ha dado permiso para pasar la tarde conmigo. Obedece —. Apretando nuevamente los puños, Diana se acomodó a un lado del hombre, justo en el lugar en el que la chica a la que ahora tenía encima, había estado trabajando antes. —Más vino—pidió. La chica agarró la jara de vino, a la cual estaba prácticamente vacía. Vertió las pocas gotas del líquido que quedaba en el vaso que Jorato se negaba a soltar. De un enorme buche, acabó tragándoselo todo. —Este vino mío... es de lo mejor que hay.
—¿Tuyo? ¿Lo fabricas? —preguntó Diana con un interés que tomó por sorpresa al mercader. De haber estado más alerta y menos borracho, se habría dado cuenta de que la chica había hecho aquella pregunta como si llevase horas deseándolo. Pero, por supuesto, no lo estaba.
—Lo distribuyo —se enorgulleció de decir —Toda Grecia ha probado ya mi vino. Macedonia, Ática, Fócida, Arcadia... ¿Que puedo decir? A la gente le encanta.
—Entonces debe estar... ocupado con sus negocios —. Al decir aquello, Jorato extendió una mano hasta que agarró a Diana. Se la apegó a su cuerpo, haciendo que la mujer que tenía encima se apartase. 
—¡Y tan ocupado! Los dracmas que me han proporcionado la venta del vino han permitido que expanda mi abanico de oportunidades. Ahora también comercio con pieles, madera y minerales. Estaba pensando... si sería buena idea comercian con esclavos —. Aquella información produjo escalofríos a la chica. Tal y como había pensado, aquel hombre era como Argos. Quizás era aun peor. No podía revelar la verdad frente a él... y quizás frente a nadie, hasta que consiguiese regresar por su propio pie a Serifos. —¿Crees que Testicles negociaría conmigo sobre ello? Si te tiene a ti como esclava, significa que sabe donde conseguir más. Y las quiero como tú, calladas, obedientes y capaces de interpretar el papel que al amo le convenga. ¿Que te parece... si te compro a ti? —. Tras lanzar aquella pregunta, Jorato quiso besar los labios de Diana, pero ésta, apartó la cara en un reflejo violento.
—Pero si debes estar muy ocupado con tus negocios. Dedicarte a comerciar con esclavos quizás te traiga problemas. Algunos no quieren serlo y luchan con uñas y dientes por escapar —aseguró con intenciones. —Creo que la venta de vino es más segura.
—¿Y tú quien eres para saber de eso? Ni que fueras una hetera —aseguró, algo confuso y ofuscado. Se apartó de las chicas, se recolocó sobre las mantas y se sentó. Su cuerpo bailaba de un lado para otro, pero él ni si quiera parecía darse cuenta. Apestaba a vino, a sexo y a... podrido.
—Solo... aprendo de Testicles —se excusó Diana. A Jorato debió parecerle una buena razón, puesto que apartó el semblante serio y recobró aquella sonrisa bobalicona tan asquerosa.
—Quizá tengas razón. Lo pensaré en el futuro. De momento —alzó un dedo —enviaré pasado mañana el navío que porta el vino a Lesbos. Cuando me deshaga de todo ese vino guardado en los almacenes... preguntaré por tu precio —insistió. Sin embargo, aquellas últimas palabras no hicieron sentir mal a Diana. Sin pedirlo, sin insistir... le había dado una información valiosa. Una información que haría que Argos sonriese y, quizás, le perdonase limpiar la cubierta por un día. ¡Por fin! Sonriente y aliviada, se dispuso a ponerme en pie.
—Necesito ir un momento abajo para...
—¡No! —Jorato gritó por primera vez. Y su voz era tan gutural que parecía que la tierra iba a temblar si volvía a hacerlo. Diana se quedó quieta, de pie, intentando comprender que ocurría. Tras las cortinas, los hombres del mercader aparecieron, interesados por saber a qué se debía el grito. —¿Como vas a irte, si te he solicitado? Además, ni si quiera hemos empezado. Ya me he cansado de vuestras tonterías de niñas buenas. Incluso de tu papel de virgen —la señaló. —Ahora, vamos a hacerlo a mi manera. —. Jorato chasqueó los dedos y los hombres terminaron por entrar en la habitación. Portaban consigo una fusta de piel oscura, equipada con lo que parecían siete ganchos pequeños. Diana frunció el ceño al ver aquel instrumento y observó como las prostitutas dejaban de actuar para mirarse entre ellas con cierto temor. —¡Tú! ¡Tú primera! —. El mercader tomó a la mujer de cabellos sueltos y la arrojó al suelo. Agarró la fusta y comenzó a golpearle la espalda hasta que la chica, entre gritos, se dejó caer del todo sobre el suelo. Jorato aprovechó aquella sumisión para tomarla de las caderas y volver a penetrarla, fusta en mano. Cada vez que la chica osó quejarse, éste la castigó azotándola.
—¡¿Qué estas haciendo?! —preguntó Diana, enervada y asqueada con aquella actitud.
—¡¿Te quieres callar?! —contestó el mercader entre gemidos. Comenzó a sudar. Su cuerpo emitió una humedad apestosa a la par que la espalda de la muchacha comenzó a abrirse y supurar sangre. No... aquello no estaba bien. Aquello era horrible.
—¡Suéltala! ¡Le estas haciendo daño! ¡Ella no es tuya! —. Ante sus gritos, los hombres de Jorato se vieron en la obligación de acercarse a Diana con pasos amenazantes. —Por todos los dioses ¡Ayuda! ¡Que alguien venga aquí arriba! —gritó. Si el burdel estaba bajo sus pies, no costaría demasiado esfuerzo que el resto de esclavos o los ciudadanos que paseaban por las calles escuchasen su llamada de auxilio.
—¡¿Eres tonta, mujer?! La hetera me ha dado permiso para esto. No importa cuanto grites, nadie va a venir.
—¡¿Como?! —una gota de sudor frío resbaló por la frente de la chica. Un sin fin de ideas y sensaciones se agolparon en su mente, todas encauzadas a un mismo fin: allí ninguna persona importaba nada. ¿Por qué Perseida permitía aquello? ¡¿Por qué?! De un empujón, Jorato apartó a la muchacha a la que había tomado con desprecio. Se puso en pie con enorme esfuerzo y se aproximó a la chica.  —Déjame en paz. No soy una prostituta ni una esclava. No pienso hacer lo que te de la gana.
—Voy a decirle a Testicles que eres una insolente. Ahora entiendo por qué te ha cedido sin pedir contra prestación. No vales ni para follar —gruñó. Diana intentó zafarse de él como pudo cuando éste la agarró de los cabellos. Los hombres del mercader quisieron ayudarle, pero con un aspamiento de manos, Jorato hizo saber no hacía falta. De hecho, sus risas dejaron adivinar que tanta resistencia, en el fondo, le complacía. Había terminado con una chica y aún sentía necesidad de terminar con otra más. De un empujón, consiguió que Diana se arrodillase. Dado que la mujer no estaba dispuesta a dejarse tratar, Jorato fue más listo y la azotó un par de veces con la fusta en la espalda y en el hombro para dejarla nada más empezar lo suficientemente dolorida como para ponerse en pie. —Ven aquí... —. El mercader agarró los ropajes de Diana por los hombros, algo destrozados por el latigazo. Lo que no esperó, es que a pesar del dolor, la serifana aun sintiese fuerzas para posar un pie sobre el suelo y tomar el impulso suficiente como para propinarle un codazo al hombre en el pecho. Por desgracia, a Jorato el golpe apenas le hizo cosquillas, de manera que contraataco con un latigazo más en el hombro y una risa depravada —Por primera vez, me da pena lastimar tanto a una esclava... He descubierto que me gusta como te resistes, con tanta fuerza y tanto ahínco... ¿Quien va a dominar a esta fiera? —. Tras un latigazo más, Diana emitió un grito horrible y perdió los estribos.
Huyó, corrió hacia la mesa, tomó las pinzas del pelo que la prostituta anteriormente había dejado y se avalanzó sobre Jorato. Estaba tan borracho que a la mujer apenas le costó tumbarlo y hundir repetidas veces la pinza en el cuello del hombre. Era tan fina, que Jorato seguía respirando a pesar de los intentos desesperados de la chica, que dispuesta a asesinarle, tomó la pinza con ambas manos y se la clavó desde arriba, directo a la yugular. Pocos segundos después, el mercader comenzó a ahogarse con su propia sangre y, finalmente, murió.

Diana permaneció sobre él, con las manos manchadas de sangre y una mirada asesina que atormentaría al mismísimo Zeus. Su aliento estaba tan agitado y entrecortado que empezaba a costarle respirar. Pensó que daría igual no hacerlo, puesto que si sus dos hombres iban ahora a por ella, moriría en apenas un par de minutos. Pero, al comprender que no ocurría nada, alzó la vista. Ambas mujeres y ambos hombres la miraron con horror y estupefacción en los ojos. Las chicas temblaban y ellos... no sabían que hacer.
—Corred —dijo una de ellas. —Tenéis la oportunidad ahora. Si os encuentran os volverán a esclavizar.
—Tiene razón, Cleofas. Es nuestra oportunidad. Ahora o nunca —reafirmó uno de los hombres, a quien le temblaba la voz.
—Está bien. Vayámonos, escondámonos en los bosques.
—Que Artemisa os proteja entonces —volvió a hablar la misma chica. —¡Corred!


En el burdel solo había música, risas y espectáculo incluso después de tantas horas. Los piratas estaban al borde del colapso. Algunos marineros ya estaban en el suelo durmiendo mientras que Argos continuaba riendo y bromeando mientras jugueteaba con Perseida, quien insistía en apegar su cuerpo al del capitán costase lo que costase. Podría haber sido una velada de lo más agradable, de no ser porque Diana, con las ropas destrozadas y la piel abierta en el hombro, corrió las cortinas del burdel con una violencia que consiguió retener todas las miradas. Perseida bajó del regazo de Argos, intentando acercarse a ella.
Nadie supo que decir. Nadie, excepto ella misma.
Caminó hacia delante, sosteniendo aún en su puño la pinza, que goteaba la sangre de un hombre muerto. Sus objetivos eran claros: Perseida, por permitir aquel trato tan vejatorio a sus compañeras, y Argos y sus hombres, por exponerla a una situación en la que podría haber sido violada y mutilada. —Malditos... Malditos seáis todos —murmuró.
Y sin más palabras, sin más quejas, se abalanzó hacia el objetivo que más cerca tenía.