martes, 11 de junio de 2019

El sol estaba ya muy bajo.

Para cuando Diana quiso darse cuenta, el cielo ya presentaba los colores rosados y anaranjados que anunciaban la llegada de la noche. Las primeras estrellas podían vislumbrarse en el cielo si agudizaba los ojos, así como la temperatura fría calaba en sus huesos de una manera más intensa, sobre todo allí, en el mar.

Aunque la primavera hacía ya meses que había llegado, el constante contacto con el agua salada humedeciendo sus encallecidos pies le hacía sentir que seguía viviendo en un invierno cruel e inquebrantable. Pero ¿Que podía hacer? De adinerada, habría conseguido comerciar para comprar unas herramientas adecuadas para tratar mejor la madera de su barca, y mejor aún, habría encontrado dicha madera de mejor calidad. Seguramente, tendría buenos remos, un mástil alto y señorial y unas velas que sería la envidia de toda Serifos, tan blancas y relucientes como el mármol. Pero, simplemente, era una mujer cualquiera. Y por serlo, su barca parecía más bien una balsa. Los tablones de maderas estaban mal unidos entre sí, lo que hacía que la superficie se hinchase, y a veces, ni si quiera fuese suficiente para navegar hasta que las orillas de la isla solo fuesen una linea brillante a ojos de la chica. El mástil era un trozo de rama lijada a mano sobre el que había atado los retales de una sábana antigua, y los remos... bueno, el remo, había sufrido ya demasiados daños como para si quiera llamarse así. 

Aun así, la chica no se quejaba. Pasaba frío, sí. Pero al menos era libre. Libre de traspasar las orillas y pasar tardes al amparo de Poseidón mientras daba caza a los peces que compondrían su cena y la de su padre, libre de responsabilidades domésticas, libre de cuchicheos y libre de sí misma. Sola, pero en compañía de su mente, de sus ensoñaciones y aspiraciones. 

Por eso, cuando el sol desapareció entre las verdes colinas y las estrellas brillaron con aun más fuerza, Diana dejó sus tareas a un lado para arrodillarse, sujetándose al mástil, para contemplar el despejado cielo nocturno que aquella noche regalaba. La noche titilaba, radiante en todo su esplendor, a la par que los ojos de la chica emitían un brillo similar bajo el oscuro manto. Había oído tantas veces la misma historia sobre el origen de las estrellas, que después de tantos años empezaba a parecerle pura leyenda. Dejó de observar durante unos segundos, no sin esbozar media sonrisa y recordar aquellos tiempos en los que estaba segura que sus hazañas como campeona quedarían escritas por puño y letra del mismísimo Zeus en las estrellas. — Diana, la heroína de Serifos, campeona de la mismísima Artemisa —murmuró en tono bajo y sosegado, con cierta tristeza al comprender que su inocencia se había perdido y que la realidad hacía ya muchos años que la había golpeado en plena frente. Lo héroes, los de verdad, los que aguardaban un lugar al amparo de sus dioses, jamás vivirían en una isla remota, pequeña y pobre como aquella. Jamás serían tan enclenques, torpes y desgraciados como ella. Y, sobre todo, jamás serían una mujer.

Un oleaje ligeramente violento sacó a Diana de su ensimismamiento. La barca comenzó a mecerse de forma intensa, lo que hacía peligrar su cesta llena de peces y su propia integridad. Rápidamente, se puso en pie y tomó el remo para dirigirse lo más rápido posible hacia la orilla. Si el mar quería enrabietarse, esperaba que no lo hiciera con ella dentro. A aquellas horas del día, los brazos de la chica estaban demasiado cansados como para remar a toda velocidad, lo que hacía que le temblasen y  doliesen a partes iguales. Por otra parte, el observar como los barcos pesqueros hacía ya rato que habían llegado a puerto, no hacía otra cosa que desesperarla. Se le había echado el tiempo encima. Debería estar en casa, cocinando, tejiendo e incluso durmiendo. Sin necesidad de ser adivina, ya sabía que le esperaba un buen sermón al llegar a casa.

Cuando apenas quedaban unos metros para llegar a la orilla, un fuerte y violento viento sopló contra la barca y enardeció aún más la marea, por lo que, finalmente, la barca acabó volcando. Diana se vio arrastrada a los brazos del mar de forma irremediable, y con ella, su pesca del día. Con la barca ladeada sobre su cabeza, abrió los ojos desde el interior de las aguas, pero fue incapaz de ver a donde había ido a parar su cena, y ante el peligro de asfixia, acabó nadando hacia la superficie y agarrándose a la barca volcada, con una expresión en la cara de infinita ira. A su lado, pocos segundos después, la cesta de mimbre emergió, pero de los peces... ya no había ni rastro.


Cuando abrió la puerta de su hogar, los ropajes aún goteaban agua salada. Con el pelo pegado a la cara y la cesta bajo su hombro, Diana se atrevió a alzar la vista y mirar a su padre, quien estaba sentado en un pequeño taburete junto al fuego. Quizás, la mirada que le lanzó el hombre, era peor que la que ella había tenido hacia unos minutos. —¿Donde estabas? —preguntó en voz calmada. La chica sabía sobradamente que aquel era el tono tranquilo que precedía al que se convertiría en toda una tempestad.
—Pescando —respondió ella sin más.
—¿Y donde están los peces? —preguntó nuevamente Nasios.
— En el mar.
—¿Y mi cena? —. El dedo del hombre señaló hacia el fuego, sobre el que no había ninguna olla con ningún alimento. —¿Piensas que puedo estar todo el día trabajando, para que al llegar a casa me encuentre sin un plato de comida caliente? —insistió. 
— Yo también me he pasado todo el día trabajando —replicó ella, sin ánimos de bajar la cabeza y aceptar las palabras que Nasios le lanzaba con veneno. —He estado pescando, y tenía ya una buena cesta. Pero justo cuando navegaba hasta la orilla, la barca ha volcado y he perdido todo lo que tenía. Pero me he esmerado, tanto o más que tú —aseguró.
—¿Volcado? ¡Ja! — Nasios se llevó las manos al estómago tras ponerse en pie, emulando el sonido de una carcajada algo falsa —El mismísimo Poseidón te ha castigado por tus actos. ¿Te crees que puedes pasarte la vida en el mar? ¿En el mercado? ¿Con los hombres? Tu lugar esta aquí, en tu casa. Tienes que limpiar, tejer nuestra ropa y alimentarnos a los dos con la carne que yo mismo traiga ¡¿Cuantas veces he de decírtelo?! —. Ahí estaba, finalmente, el tono de voz atronador. —¡Estoy harto de repetir siempre lo mismo! ¡Harto de ser la vergüenza de toda Serifos! —gruñó, aproximándose con pasos lentos hacia su hija.
—¡Y yo estoy harta de decirte que no es esa la vida que quiero! ¡Abre los ojos, padre! ¡No tenemos apenas dracmas con los que sobrevivir! 
—¡Los dracmas no tienen que ser tu preocupación! ¡Tú único deber ha sido siempre buscar un marido y hace diez años ya que deberías haber cumplido dicha tarea! —. Con una velocidad pasmosa, Nasios agarró la muñeca de Diana, haciendo que la cesta cayera al suelo y rodara por toda la estancia. Le apretaba lo suficiente como para que la chica diese un paso adelante y mirase a su padre a los ojos. — ¡Eres una maldita vergüenza! ¡Todos creen que los dioses me han castigado dándome una hija tan inútil como tú! ¡No sólo no cumples con tus obligaciones, sino que te empeñas en rebelarte contra mi y hacer siempre lo que te plazca! ¡Te juro por los Dioses, Diana, que como vuelvas a coger esa barca y abandones esta casa, te encerraré para toda tu vida entre estas cuatro paredes para que jamás salgas de aquí! ¡¿Me has oído?! —. Diana apretó los labios. Por supuesto que le había oído, pero su orgullo le impedía contestarle. Si lo hacía, no solo se pondría a su nivel, sino que además se ganaría una sonora bofetada. Era mejor así. Mantenerle la mirada cargada de odio y resignación. —Maldita ingrata —. Consternado, Nasios arrojo a su hija contra el suelo, sobre el que cayó de rodillas y con las palmas abiertas. —No debería haberte recogido de aquel camino. Debería haberte dejado morir de frío o sirviendo de alimento para los lobos. ¿Como diantres pude llegar a ser tan estúpido? —se preguntó —¿Quien en su sano juicio dejaría a un bebé solo en las lindes del país si no es porque ha nacido maldecido por todos y cada uno de los dioses? —. Diana se puso en pie lentamente. Aún estaba húmeda, por lo que se sentó sobre el taburete en el que antes descansaba su padre para que las llamas del fuego aplacasen un poco el frío que sentía.  —Esta noche me acostaré sin cenar por tu culpa. Si mañana por la mañana no encuentro un buen desayuno sobre la mesa... —alzó el dedo —... No querrás saber que voy a hacer contigo —terminó por decir. Finalmente, Nasios se retiró corriendo unas cortinas que separaban el lugar en el que se encontraba del camastro en el que descansaba cada noche. Y por fin, Diana volvió a quedarse sola, con la vista clavada en las llamas. 

Estaba tan acostumbrada a aquellas palabras, a aquellas amenazas y a todos los insultos, que también sabía que si al día siguiente Nasios no encontraba su desayuno, no cumpliría con ninguna de las amenazas que había jurado. En el fondo, era un buen hombre. Un hombre caracterizado por su mal genio, por el dolor de la pérdida de su mujer y por la vergüenza de una hija a la que aún no había casado. Jamás le había hecho demasiado daño, de la misma forma que jamás la había dado a un hombre en contra de su voluntad.  En lo más profundo de su ser, Diana sabía que él tenía razón y que ella era una desgraciada. Siempre se había comparado con el resto de mujeres desde que era una niña y nunca había llegado a encontrar demasiadas similitudes. Mientras las demás eran sumidas, dedicadas a su hogar y afortunada bajo el abrazo de Hera, ella era inquieta, curiosa, irresponsable y abandonada hasta por el dios más pequeño e insignificante. Por lo tanto, no esperaba otra reacción por parte de Nasios, como tampoco la esperaría de ningún otro padre que la hubiese acogido. Quizás ese era el problema... quizás su destino era morir al nacer y Nasios había intervenido sobre él, cambiándolo y pagándolo con su dignidad. 

Diana suspiró. Alzó sus rodillas y colocó sus pies sobre el taburete, abrazando sus piernas para no caer. Aquella noche prefería no dormir. Su orgullo estaba demasiado herido como para descansar sin más. Sus entrañas le pedían desfogarse de alguna manera, pero ninguna estaba a su alcance en el interior de aquella casa. Iba a tener que volver a rebelarse contra las ordenes de su padre, una vez más.


Cuando se preguntaba por qué hacía aquellas cosas, nunca sabía darse a sí misma una respuesta ¿Por qué era incapaz de hacer lo que le decían? ¿Por que era tan difícil para ella mantenerse quieta y asumir su papel? Hacia apenas una hora que su padre la había reprendido y ahora se encontraba fuera de casa una vez mas, caminando colina arriba hacia el templo de Artemisa. Se sentía disgustada, culpable e incluso malcriada. Pero su mente necesitaba rezar, así como también sentirse acogida por la divinidad de la diosa, y eso parecía ser más importante que obedecer a su propio padre. 

Cuando llegó al templo, se encontró con que las piras estaban aún encendidas, manteniendo la imagen que la escultura de Artemisa proporcionaba, al fondo de la casa de culto, iluminada como sólo una diosa podía merecer. Diana se quedó mirándola, como tantas otras veces lo había hecho desde que era una niña. La mirada blanquecina de la escultura parecía mirarla desde las alturas, con ojos impactados y mirada severa. Para la chica, era como si la deidad supiese todo cuanto había hecho aquel día. Y sin embargo, Diana no había acudido a ella para pedir buenaventura, una buena cosecha o un buen futuro parto. Tropezándose con la misma piedra una vez más, no había caminado hasta los pies de la Diosa para rogar por, de una vez por todas, ser una mujer normal. Estaba allí, para pedir, por milésima vez, aquello que tanto anhelaba —Por favor, por favor...— murmuró —Solo quiero... un destino de verdad.

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