—Acércate, querida —le insistió el mercader. —Que encuentro más afortunado ¿Verdad? —sonrió mientras comenzaba a ser agasajado por ambas prostitutas. Se habían dispuesto una a cada lado del orondo hombre, los tres sobre las alfombras y acostados con comodidad. —Cuando Testicles me dijo que eras su pupila, pensé que se trataba de... algún acuerdo extraño y clandestino, penado por los dioses. Sin embargo, ya veo que solo eres su esclava.
—A-así es —tartamudeó Diana, que solo pudo hincar las rodillas junto al hombre y contemplar, con horror, como el ambiente empezaba a ponerse denso, cargado de un olor desagradable.
—Sin embargo, no eres una esclava normal ¿Verdad? —apuntilló, comiendo una uva que una de las prostitutas acababa de ofrecerle.
—¿A que te refieres?
—Tus manos, tu piel...—. Jorato alzó la mano y acarició el cuello de la chica, que sintió un escalofrío enorme y un impulso que la hizo apartarse. Aquella reacción provocó risa en el mercader. —Definitivamente, no eres común. No tienes callos, ni heridas ni cicatrices. Tu piel únicamente esta repleta de pecas y manchas. Testicles debe tratarte bien. No tendrás mucho trabajo que hacer en cubierta.
—No. Trabajo con comodidad —mintió. Sus palabras sabían amargas, cargadas de humillación y resentimiento.
—¿Y cuanto tiempo llevas con él? Siendo su esclava, me refiero.
—Poco tiempo —se limitó a decir. Por un momento, una fugaz y peligrosa idea se le pasó por la mente. Un mercader, con posesiones y dinero, podía hacer algo por ayudarla. Si le contaba que había sido capturada y que Argos, quien intentaba robarle, tenía planes oscuros sobre ambos, quizá podría tenderle la mano. Apretó los puños sobre sus rodillas, arrugando el quitón de gasa, nerviosa. Pero, rápidamente, sus ilusiones se fueron al traste. Jorato le dio una palmada sonora en el trasero a una de las prostitutas, para después robarle un beso de forma violenta. Un hombre que acostumbraba a satisfacer necesidades con prostitutas... ¿Iba a ser alguien de fiar?
—Estas muy callada, preciosa.
—Es que no... No me encuentro muy bien —admitió. Jorato se quedó congelado por un momento. Miró de arriba abajo a la chica, con una mirada sorprendida. Sin embargo, su ceño fruncido se relajó y esbozó una sonrisa perversa después.
—Ya veo, comprendo —aseguró. —Me gusta ese juego —terminó por decir, justo antes de tomar una copa de vino de la pequeña mesa que albergaba el resto de alimentos. Diana comprendió que difícilmente ambos se iban a entender.
----
Las horas en el burdel transcurrieron más lentas de lo que Diana y Argos habrían deseado.
El pirata se encontraba impaciente, sentado sobre un enorme asiento cubierto de telas se seda tan aromatizadas como los hombres y las mujeres que paseaban de un lado para otro exhibiendo sus cuerpos. Bebía vino de un vaso de cerámica, tan grande como su mano, con aparente tranquilidad. Sin embargo, su interior estaba tan inquieto como sus pensamientos. Si tenía suerte, si las estrellas se alineaban para él aquel día, saldría del burdel sabedor de que sería el propietario de una gran suma de dracmas y mercancías, suficientes como para dejar de saquear durante una buena temporada y recompensar a sus hombres por sus trabajos. Pero, si tenía mala suerte, posiblemente jamás podría volver a Macedonia... y eso hacía que sus posibilidades de robar se redujesen cada vez más.
—¡Por el capitán! —rugió uno de los marineros, con un vaso de vino en una mano y los muslos de un hombre en la otra. El resto de marineros que disfrutaban de la compañía de la misma forma, hicieron lo mismo. Sus caras sonrosadas y sus carcajadas carentes de motivos dejaban a relucir el evidente estado de embriaguez que los rodeada. Argos se quedó mirándolos, con el rostro serio y la mente repleta de preocupaciones. No podía fallarles. Haber dejado a Diana vivir ya había sido suficiente tentativa para sus hombres de crear un motín. Si seguía fallándoles...
—Relájate un poco. Estás muy extraño —aseguró Perseida, que se acercó a él después de haber estado ocupándose de que los demás hacían bien su trabajo.
—Estoy relajado y como siempre. Solo estoy impaciente —alegó. —Necesito información, dar un golpe de gracia. Un ataque que nos satisfaga a todos.
—Lo harás. Siempre consigues lo que te propones —insistió la mujer, componiendo una sonrisa de lo más sensual. Aquellas palabras motivaron al capitán. Perseida tenía razón. Últimamente, y desde hacía unos años, conseguía todo lo que se proponía. Se había ganado un renombre y una reputación. Al menos hasta que apareció Diana, claro. Sin embargo, no iba a dejar que un incidente manchase su historia. Orgulloso, aprovechó que una prostituta pasaba por su lado para darle una sonora palmada en el trasero. La chica le sonrió y él lo hizo de vuelta. —¿De verdad no quieres... relajarte más? —. Perseida, de forma descarada, se sentó sobre el regazo del hombre. Argos la sostuvo rodeándola con una sola mano, la cual dejó posar sobre su muslo. Por un momento se planteó aquella petición, pero...
—No, no puedo.
—Te haces viejo, pirata.
—Necesito estar alerta por si ocurre algo.
—Prestas demasiada atención a esa muchacha para ser una esclava —se quejó la hetera, persistente.
—¿Sabes cuantos navíos, a cuantos mercaderes y cuantos tesoros podré saquear si la tengo a ella a mi lado? No puedo llevarme a ninguna prostituta a un viaje constante, pero a ella sí —explicó. —Aún así, de momento, no me fío de ella. La capturé hace poco y no hace más que darme problemas. Si se le ocurre hacer algo que no le haya ordenado... tengo que saber como escapar de esta.
—Te odia. Me lo dejó bastante claro cuando la trajiste.
—Así que te lo ha contado—murmuró, acariciando la piel de la mujer. —Como se le ocurra traicionarme... —Argos quiso ponerse en pie, pero la hetera, al entender sus intenciones, se dejó caer aun más sobre su cuerpo.
—No pasará nada. Esperemos a ver que ocurre. Con suerte y mucho vino de por medio, no tardará en darte una pista que seguir, y tú y tus hombres os convertiréis en los hombres más afortunados de todo el mar —susurró cerca de su oído, haciendo que el capitán sonriera. Definitivamente, le encantaba que le alabasen y le viesen como a un gran triunfador. La paciencia no sería otra cosa que el premio para la recompensa.
----
En la habitación superior, entre juegos, risas y gemidos, Jorato ya había desnudado a las chicas y se había dedicado a manosear sus cuerpos durante toda la tarde mientras charlaba y charlaba de su vida. Le había contado a Diana donde nació, quienes eran sus padres, cómo y de que manera había crecido, en qué templo los sacerdotes le auguraron un buen futuro y de qué maestro había aprendido las nobles artes del comercio. Demasiada información inútil y poca forma de retenerla, siendo cómplice de escenas tan sexuales como las que estaba presenciando.
Una de las mujeres pareció tomar la iniciativa, y quitándose una enorme pinza que había mantenido hasta entonces sus cabellos sujetos, los dejó sueltos hasta que ocultaron sus pechos. Después, se colocó sobre el hombre para que éste comenzase a penetrarla. Diana no quiso mirar. Oh, no. No pudo. Dejó que su vista se encaminase lentamente hacia la ventana, que seguía oculta con aquellas cortinas tan gruesas que los hombres habían colocado, quizás, para darles más intimidad.
—Lírida ¿Por qué no te acercas más? —preguntó el hombre. La chica tuvo que cerrar los ojos con fuerza, horrorizada.
—Estoy bien aquí.
—Oh, vamos. No tienes por qué seguir siendo tan reticente. Testicles te ha dado permiso para pasar la tarde conmigo. Obedece —. Apretando nuevamente los puños, Diana se acomodó a un lado del hombre, justo en el lugar en el que la chica a la que ahora tenía encima, había estado trabajando antes. —Más vino—pidió. La chica agarró la jara de vino, a la cual estaba prácticamente vacía. Vertió las pocas gotas del líquido que quedaba en el vaso que Jorato se negaba a soltar. De un enorme buche, acabó tragándoselo todo. —Este vino mío... es de lo mejor que hay.
—¿Tuyo? ¿Lo fabricas? —preguntó Diana con un interés que tomó por sorpresa al mercader. De haber estado más alerta y menos borracho, se habría dado cuenta de que la chica había hecho aquella pregunta como si llevase horas deseándolo. Pero, por supuesto, no lo estaba.
—Lo distribuyo —se enorgulleció de decir —Toda Grecia ha probado ya mi vino. Macedonia, Ática, Fócida, Arcadia... ¿Que puedo decir? A la gente le encanta.
—Entonces debe estar... ocupado con sus negocios —. Al decir aquello, Jorato extendió una mano hasta que agarró a Diana. Se la apegó a su cuerpo, haciendo que la mujer que tenía encima se apartase.
—¡Y tan ocupado! Los dracmas que me han proporcionado la venta del vino han permitido que expanda mi abanico de oportunidades. Ahora también comercio con pieles, madera y minerales. Estaba pensando... si sería buena idea comercian con esclavos —. Aquella información produjo escalofríos a la chica. Tal y como había pensado, aquel hombre era como Argos. Quizás era aun peor. No podía revelar la verdad frente a él... y quizás frente a nadie, hasta que consiguiese regresar por su propio pie a Serifos. —¿Crees que Testicles negociaría conmigo sobre ello? Si te tiene a ti como esclava, significa que sabe donde conseguir más. Y las quiero como tú, calladas, obedientes y capaces de interpretar el papel que al amo le convenga. ¿Que te parece... si te compro a ti? —. Tras lanzar aquella pregunta, Jorato quiso besar los labios de Diana, pero ésta, apartó la cara en un reflejo violento.
—Pero si debes estar muy ocupado con tus negocios. Dedicarte a comerciar con esclavos quizás te traiga problemas. Algunos no quieren serlo y luchan con uñas y dientes por escapar —aseguró con intenciones. —Creo que la venta de vino es más segura.
—¿Y tú quien eres para saber de eso? Ni que fueras una hetera —aseguró, algo confuso y ofuscado. Se apartó de las chicas, se recolocó sobre las mantas y se sentó. Su cuerpo bailaba de un lado para otro, pero él ni si quiera parecía darse cuenta. Apestaba a vino, a sexo y a... podrido.
—Solo... aprendo de Testicles —se excusó Diana. A Jorato debió parecerle una buena razón, puesto que apartó el semblante serio y recobró aquella sonrisa bobalicona tan asquerosa.
—Quizá tengas razón. Lo pensaré en el futuro. De momento —alzó un dedo —enviaré pasado mañana el navío que porta el vino a Lesbos. Cuando me deshaga de todo ese vino guardado en los almacenes... preguntaré por tu precio —insistió. Sin embargo, aquellas últimas palabras no hicieron sentir mal a Diana. Sin pedirlo, sin insistir... le había dado una información valiosa. Una información que haría que Argos sonriese y, quizás, le perdonase limpiar la cubierta por un día. ¡Por fin! Sonriente y aliviada, se dispuso a ponerme en pie.
—Necesito ir un momento abajo para...
—¡No! —Jorato gritó por primera vez. Y su voz era tan gutural que parecía que la tierra iba a temblar si volvía a hacerlo. Diana se quedó quieta, de pie, intentando comprender que ocurría. Tras las cortinas, los hombres del mercader aparecieron, interesados por saber a qué se debía el grito. —¿Como vas a irte, si te he solicitado? Además, ni si quiera hemos empezado. Ya me he cansado de vuestras tonterías de niñas buenas. Incluso de tu papel de virgen —la señaló. —Ahora, vamos a hacerlo a mi manera. —. Jorato chasqueó los dedos y los hombres terminaron por entrar en la habitación. Portaban consigo una fusta de piel oscura, equipada con lo que parecían siete ganchos pequeños. Diana frunció el ceño al ver aquel instrumento y observó como las prostitutas dejaban de actuar para mirarse entre ellas con cierto temor. —¡Tú! ¡Tú primera! —. El mercader tomó a la mujer de cabellos sueltos y la arrojó al suelo. Agarró la fusta y comenzó a golpearle la espalda hasta que la chica, entre gritos, se dejó caer del todo sobre el suelo. Jorato aprovechó aquella sumisión para tomarla de las caderas y volver a penetrarla, fusta en mano. Cada vez que la chica osó quejarse, éste la castigó azotándola.
—¡¿Qué estas haciendo?! —preguntó Diana, enervada y asqueada con aquella actitud.
—¡¿Te quieres callar?! —contestó el mercader entre gemidos. Comenzó a sudar. Su cuerpo emitió una humedad apestosa a la par que la espalda de la muchacha comenzó a abrirse y supurar sangre. No... aquello no estaba bien. Aquello era horrible.
—¡Suéltala! ¡Le estas haciendo daño! ¡Ella no es tuya! —. Ante sus gritos, los hombres de Jorato se vieron en la obligación de acercarse a Diana con pasos amenazantes. —Por todos los dioses ¡Ayuda! ¡Que alguien venga aquí arriba! —gritó. Si el burdel estaba bajo sus pies, no costaría demasiado esfuerzo que el resto de esclavos o los ciudadanos que paseaban por las calles escuchasen su llamada de auxilio.
—¡¿Eres tonta, mujer?! La hetera me ha dado permiso para esto. No importa cuanto grites, nadie va a venir.
—¡¿Como?! —una gota de sudor frío resbaló por la frente de la chica. Un sin fin de ideas y sensaciones se agolparon en su mente, todas encauzadas a un mismo fin: allí ninguna persona importaba nada. ¿Por qué Perseida permitía aquello? ¡¿Por qué?! De un empujón, Jorato apartó a la muchacha a la que había tomado con desprecio. Se puso en pie con enorme esfuerzo y se aproximó a la chica. —Déjame en paz. No soy una prostituta ni una esclava. No pienso hacer lo que te de la gana.
—Voy a decirle a Testicles que eres una insolente. Ahora entiendo por qué te ha cedido sin pedir contra prestación. No vales ni para follar —gruñó. Diana intentó zafarse de él como pudo cuando éste la agarró de los cabellos. Los hombres del mercader quisieron ayudarle, pero con un aspamiento de manos, Jorato hizo saber no hacía falta. De hecho, sus risas dejaron adivinar que tanta resistencia, en el fondo, le complacía. Había terminado con una chica y aún sentía necesidad de terminar con otra más. De un empujón, consiguió que Diana se arrodillase. Dado que la mujer no estaba dispuesta a dejarse tratar, Jorato fue más listo y la azotó un par de veces con la fusta en la espalda y en el hombro para dejarla nada más empezar lo suficientemente dolorida como para ponerse en pie. —Ven aquí... —. El mercader agarró los ropajes de Diana por los hombros, algo destrozados por el latigazo. Lo que no esperó, es que a pesar del dolor, la serifana aun sintiese fuerzas para posar un pie sobre el suelo y tomar el impulso suficiente como para propinarle un codazo al hombre en el pecho. Por desgracia, a Jorato el golpe apenas le hizo cosquillas, de manera que contraataco con un latigazo más en el hombro y una risa depravada —Por primera vez, me da pena lastimar tanto a una esclava... He descubierto que me gusta como te resistes, con tanta fuerza y tanto ahínco... ¿Quien va a dominar a esta fiera? —. Tras un latigazo más, Diana emitió un grito horrible y perdió los estribos.
Huyó, corrió hacia la mesa, tomó las pinzas del pelo que la prostituta anteriormente había dejado y se avalanzó sobre Jorato. Estaba tan borracho que a la mujer apenas le costó tumbarlo y hundir repetidas veces la pinza en el cuello del hombre. Era tan fina, que Jorato seguía respirando a pesar de los intentos desesperados de la chica, que dispuesta a asesinarle, tomó la pinza con ambas manos y se la clavó desde arriba, directo a la yugular. Pocos segundos después, el mercader comenzó a ahogarse con su propia sangre y, finalmente, murió.
Diana permaneció sobre él, con las manos manchadas de sangre y una mirada asesina que atormentaría al mismísimo Zeus. Su aliento estaba tan agitado y entrecortado que empezaba a costarle respirar. Pensó que daría igual no hacerlo, puesto que si sus dos hombres iban ahora a por ella, moriría en apenas un par de minutos. Pero, al comprender que no ocurría nada, alzó la vista. Ambas mujeres y ambos hombres la miraron con horror y estupefacción en los ojos. Las chicas temblaban y ellos... no sabían que hacer.
—Corred —dijo una de ellas. —Tenéis la oportunidad ahora. Si os encuentran os volverán a esclavizar.
—Tiene razón, Cleofas. Es nuestra oportunidad. Ahora o nunca —reafirmó uno de los hombres, a quien le temblaba la voz.
—Está bien. Vayámonos, escondámonos en los bosques.
—Que Artemisa os proteja entonces —volvió a hablar la misma chica. —¡Corred!
En el burdel solo había música, risas y espectáculo incluso después de tantas horas. Los piratas estaban al borde del colapso. Algunos marineros ya estaban en el suelo durmiendo mientras que Argos continuaba riendo y bromeando mientras jugueteaba con Perseida, quien insistía en apegar su cuerpo al del capitán costase lo que costase. Podría haber sido una velada de lo más agradable, de no ser porque Diana, con las ropas destrozadas y la piel abierta en el hombro, corrió las cortinas del burdel con una violencia que consiguió retener todas las miradas. Perseida bajó del regazo de Argos, intentando acercarse a ella.
Nadie supo que decir. Nadie, excepto ella misma.
Caminó hacia delante, sosteniendo aún en su puño la pinza, que goteaba la sangre de un hombre muerto. Sus objetivos eran claros: Perseida, por permitir aquel trato tan vejatorio a sus compañeras, y Argos y sus hombres, por exponerla a una situación en la que podría haber sido violada y mutilada. —Malditos... Malditos seáis todos —murmuró.
Y sin más palabras, sin más quejas, se abalanzó hacia el objetivo que más cerca tenía.
—Solo... aprendo de Testicles —se excusó Diana. A Jorato debió parecerle una buena razón, puesto que apartó el semblante serio y recobró aquella sonrisa bobalicona tan asquerosa.
—Quizá tengas razón. Lo pensaré en el futuro. De momento —alzó un dedo —enviaré pasado mañana el navío que porta el vino a Lesbos. Cuando me deshaga de todo ese vino guardado en los almacenes... preguntaré por tu precio —insistió. Sin embargo, aquellas últimas palabras no hicieron sentir mal a Diana. Sin pedirlo, sin insistir... le había dado una información valiosa. Una información que haría que Argos sonriese y, quizás, le perdonase limpiar la cubierta por un día. ¡Por fin! Sonriente y aliviada, se dispuso a ponerme en pie.
—Necesito ir un momento abajo para...
—¡No! —Jorato gritó por primera vez. Y su voz era tan gutural que parecía que la tierra iba a temblar si volvía a hacerlo. Diana se quedó quieta, de pie, intentando comprender que ocurría. Tras las cortinas, los hombres del mercader aparecieron, interesados por saber a qué se debía el grito. —¿Como vas a irte, si te he solicitado? Además, ni si quiera hemos empezado. Ya me he cansado de vuestras tonterías de niñas buenas. Incluso de tu papel de virgen —la señaló. —Ahora, vamos a hacerlo a mi manera. —. Jorato chasqueó los dedos y los hombres terminaron por entrar en la habitación. Portaban consigo una fusta de piel oscura, equipada con lo que parecían siete ganchos pequeños. Diana frunció el ceño al ver aquel instrumento y observó como las prostitutas dejaban de actuar para mirarse entre ellas con cierto temor. —¡Tú! ¡Tú primera! —. El mercader tomó a la mujer de cabellos sueltos y la arrojó al suelo. Agarró la fusta y comenzó a golpearle la espalda hasta que la chica, entre gritos, se dejó caer del todo sobre el suelo. Jorato aprovechó aquella sumisión para tomarla de las caderas y volver a penetrarla, fusta en mano. Cada vez que la chica osó quejarse, éste la castigó azotándola.
—¡¿Qué estas haciendo?! —preguntó Diana, enervada y asqueada con aquella actitud.
—¡¿Te quieres callar?! —contestó el mercader entre gemidos. Comenzó a sudar. Su cuerpo emitió una humedad apestosa a la par que la espalda de la muchacha comenzó a abrirse y supurar sangre. No... aquello no estaba bien. Aquello era horrible.
—¡Suéltala! ¡Le estas haciendo daño! ¡Ella no es tuya! —. Ante sus gritos, los hombres de Jorato se vieron en la obligación de acercarse a Diana con pasos amenazantes. —Por todos los dioses ¡Ayuda! ¡Que alguien venga aquí arriba! —gritó. Si el burdel estaba bajo sus pies, no costaría demasiado esfuerzo que el resto de esclavos o los ciudadanos que paseaban por las calles escuchasen su llamada de auxilio.
—¡¿Eres tonta, mujer?! La hetera me ha dado permiso para esto. No importa cuanto grites, nadie va a venir.
—¡¿Como?! —una gota de sudor frío resbaló por la frente de la chica. Un sin fin de ideas y sensaciones se agolparon en su mente, todas encauzadas a un mismo fin: allí ninguna persona importaba nada. ¿Por qué Perseida permitía aquello? ¡¿Por qué?! De un empujón, Jorato apartó a la muchacha a la que había tomado con desprecio. Se puso en pie con enorme esfuerzo y se aproximó a la chica. —Déjame en paz. No soy una prostituta ni una esclava. No pienso hacer lo que te de la gana.
—Voy a decirle a Testicles que eres una insolente. Ahora entiendo por qué te ha cedido sin pedir contra prestación. No vales ni para follar —gruñó. Diana intentó zafarse de él como pudo cuando éste la agarró de los cabellos. Los hombres del mercader quisieron ayudarle, pero con un aspamiento de manos, Jorato hizo saber no hacía falta. De hecho, sus risas dejaron adivinar que tanta resistencia, en el fondo, le complacía. Había terminado con una chica y aún sentía necesidad de terminar con otra más. De un empujón, consiguió que Diana se arrodillase. Dado que la mujer no estaba dispuesta a dejarse tratar, Jorato fue más listo y la azotó un par de veces con la fusta en la espalda y en el hombro para dejarla nada más empezar lo suficientemente dolorida como para ponerse en pie. —Ven aquí... —. El mercader agarró los ropajes de Diana por los hombros, algo destrozados por el latigazo. Lo que no esperó, es que a pesar del dolor, la serifana aun sintiese fuerzas para posar un pie sobre el suelo y tomar el impulso suficiente como para propinarle un codazo al hombre en el pecho. Por desgracia, a Jorato el golpe apenas le hizo cosquillas, de manera que contraataco con un latigazo más en el hombro y una risa depravada —Por primera vez, me da pena lastimar tanto a una esclava... He descubierto que me gusta como te resistes, con tanta fuerza y tanto ahínco... ¿Quien va a dominar a esta fiera? —. Tras un latigazo más, Diana emitió un grito horrible y perdió los estribos.
Huyó, corrió hacia la mesa, tomó las pinzas del pelo que la prostituta anteriormente había dejado y se avalanzó sobre Jorato. Estaba tan borracho que a la mujer apenas le costó tumbarlo y hundir repetidas veces la pinza en el cuello del hombre. Era tan fina, que Jorato seguía respirando a pesar de los intentos desesperados de la chica, que dispuesta a asesinarle, tomó la pinza con ambas manos y se la clavó desde arriba, directo a la yugular. Pocos segundos después, el mercader comenzó a ahogarse con su propia sangre y, finalmente, murió.
Diana permaneció sobre él, con las manos manchadas de sangre y una mirada asesina que atormentaría al mismísimo Zeus. Su aliento estaba tan agitado y entrecortado que empezaba a costarle respirar. Pensó que daría igual no hacerlo, puesto que si sus dos hombres iban ahora a por ella, moriría en apenas un par de minutos. Pero, al comprender que no ocurría nada, alzó la vista. Ambas mujeres y ambos hombres la miraron con horror y estupefacción en los ojos. Las chicas temblaban y ellos... no sabían que hacer.
—Corred —dijo una de ellas. —Tenéis la oportunidad ahora. Si os encuentran os volverán a esclavizar.
—Tiene razón, Cleofas. Es nuestra oportunidad. Ahora o nunca —reafirmó uno de los hombres, a quien le temblaba la voz.
—Está bien. Vayámonos, escondámonos en los bosques.
—Que Artemisa os proteja entonces —volvió a hablar la misma chica. —¡Corred!
En el burdel solo había música, risas y espectáculo incluso después de tantas horas. Los piratas estaban al borde del colapso. Algunos marineros ya estaban en el suelo durmiendo mientras que Argos continuaba riendo y bromeando mientras jugueteaba con Perseida, quien insistía en apegar su cuerpo al del capitán costase lo que costase. Podría haber sido una velada de lo más agradable, de no ser porque Diana, con las ropas destrozadas y la piel abierta en el hombro, corrió las cortinas del burdel con una violencia que consiguió retener todas las miradas. Perseida bajó del regazo de Argos, intentando acercarse a ella.
Nadie supo que decir. Nadie, excepto ella misma.
Caminó hacia delante, sosteniendo aún en su puño la pinza, que goteaba la sangre de un hombre muerto. Sus objetivos eran claros: Perseida, por permitir aquel trato tan vejatorio a sus compañeras, y Argos y sus hombres, por exponerla a una situación en la que podría haber sido violada y mutilada. —Malditos... Malditos seáis todos —murmuró.
Y sin más palabras, sin más quejas, se abalanzó hacia el objetivo que más cerca tenía.
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