jueves, 13 de junio de 2019

Pensar a cada instante en Serifos, Jora y su padre era ya, a aquellas alturas, algo inevitable. Había contado cuantos soles habían transcurrido desde su cautiverio, y sin perder la cuenta, ya podía comprender que habían sido demasiados, tanto para ella como para las demás.

Las mujeres a su al rededor mantenía un silencio casi sepulcral, únicamente roto por el sollozo de un corazón apenado y un alma rota. Se mantenían despiertas, incapaces de descansar, sosteniendo sus piernas entre los brazos y apegándose las unas con las otras. Las conocía a todas. Algunas, habían sido amigas suyas desde que tenía uso de razón hasta que cumplieron la edad de casamiento. Otras, eran hijas de estas últimas. Y todas, de seguro, se habrían preguntado en algún momento si aquella suerte que corrían se veía empeorada por la presencia de Diana entre ellas. Quizás por ello era la única que estaba sentada sobre la madera, húmeda y fría, en un rincón apartado y sin una palabra de consuelo que la animase. 

Cuando sintió que su trasero había permanecido demasiado tiempo sobre el suelo, se valió de las rejas que la separaban del resto del navío para ponerse en pie. El olor empezaba a ser insoportable, por no hablar de los picores que empezaba a sentir en la piel y las molestias en diversas partes de su cuerpo. — Tengo hambre —musitó una chica, una de las más jóvenes. Lo cierto era que apenas habían llegado alimentos allí abajo. Las trataban como lo más parecido a mercancía.
—No tardaremos en llegar a puerto —aseguró Diana, captando la atención de todas las presentas. Mientras unas pocas la miraron con pavor, la mayoría le lanzó una mirada de puro disgusto. 
—¿Es que estás deseándolo?—preguntó una mujer, una de las más mayores. Apenas tenía un par de canas en sus cabellos. —¿Qué crees que nos depara ahí fuera? 
— Al menos, comida —contestó la chica.
—¿Y con comida se solucionaran nuestros problemas? No me hagas reír. 
—No he dicho eso —musitó Diana con intranquilidad. Lo que menos quería en aquel momento era discutir con las demás prisioneras. Una guerra entre todas, era lo que menos necesitaban. —Intentaremos...que esto salga bien.
—Nada va a salir bien —comentó otra chica. Sus ojos verdes lucían tan apagados que parecían grises. —A partir de ahora somos esclavas. Lo único por lo que podemos rezar es para que nos compre un buen amo. 
Diana decidió no contestar. Alzó la vista para contemplar una vez más el halo de luz solar que se filtraba de entre los tablones de madera que estructuraban el suelo de la superficie. Alzó una mano hasta colar un dedo por el orificio. Fue como si una nube tapase el sol, pues el único brillo que daba claridad a la bodega, había desaparecido con su acción. Había taponado un punto débil. Arqueó una ceja, reflexiva.

Cuando el sol parecía querer volver a esconderse, los cánticos de los marineros y sus quejidos de dolor al remar con fuerza, desaparecieron. En su lugar, el rumor de las orillas, el murmullo del gentío y el canto de las gaviotas, se abrió paso. Tal y como Diana había adivinado, habían llegado a puerto aquel mismo día. Las islas de Grecia se encontraban muy cerca las unas de las otras. Era imposible navegar sin otearlas de cerca y más aún navegar durante demasiados días sin llegar a un destino dentro del conjunto del conjunto de polis. Apenas unos minutos después de que el barco se detuviese, la escotilla se abrió y por las escaleras descendió uno de los marineros. La chica que había sido violada, se retorció en su posición y cerró los ojos con terror cuando observó como el hombre se acercaba a las celdas para abrirlas. Diana se preguntó por un momento si tendría alguna opción. Aquel era solo un hombre, pero arriba había muchos más. Si dos habían podido contra ella... ¿Que harían quince?
—De una en una. No quiero llantos, ni quejas ni trucos. ¿Queda claro? —preguntó el pirata de mala gana. Las mujeres fueron saliendo muy apegadas las unas con las otras, para después ser conducidas hasta la cubierta. Diana fue la última en salir. No porque la suerte lo hubiese querido, sino porque ella había permanecido guardando las distancias para pensar un poco más. —Eh, tú. Vamos.

Aunque atardecía, la poca luz solar que quedaba sobre la tierra deslumbró sobre los ojos de la chica, que tuvo que frotarse un par de veces con las manos y parpadear otro par más hasta conseguir mantener la vista atenta en lo que sucedía. Los marineros maniataban a las mujeres para evitar que éstas escapasen, en lo que, parecía ser, la ciudad más grande que jamás Diana había visto. Desde la embarcación, la chica pudo comprobar que sobre las colinas de la isla, docenas y docenas de casas y asentamientos se dispersaban por todos los rincones, todos y cada uno de ellos iluminados por centenares de antorchas. Había templos repartidos por todas partes, y uno enorme, gigantesco y glorioso en la cima. Junto al mismo, la enorme escultura dorada de Atenea parecía juzgar con severidad a todos y cada uno de los ciudadanos y mujeres que vivían a sus pies. Argos había dicho que echarían amarre en la región de Ática. Por lo tanto, no cabía duda de que aquella esplendorosa ciudad, no era otra que la mismísima Atenas.

—Bajadlas con cuidado. La primera impresión es lo que va a darles valor a estas mujeres —gruñó Argos. Hasta entonces, Diana no se había dado cuenta, pero el hombre se encontraba cerca de ella. — ¿Me habéis oído? —. La chica se mordió la lengua tras tragar saliva. Todas las mujeres ya habían sido atadas y conducidas por una pasarela hasta tierra, y ahora le había llegado su turno.
—Eh, tú —llamó la atención del capitán. —Podemos hacer un trato —insistió mientras dos marineros unían sus manos con una cuerda gruesa. —Quieres dinero ¿No? Eso es lo único que te mueve.
—¿Y que dinero tienes tú? —acabó respondiendo Argos, sin siquiera mirarla. —Eres una mujer. No tienes nada que me interese.
—Pero puedo tenerlo —Argos, que había estado en todo momento dirigiendo su mirada hacia la ciudad, decidió dirigirla hacia ella. Su expresión era una mezcla entre aburrimiento y exasperación. —Te daré todo el dinero que valgan esas mujeres si a cambio las dejas libres —. El silencio que se creó tras su atrevimiento, se rompió con las carcajadas sonoras de los pocos marineros que se habían quedado en cubierta. Era como si hubiese representado una comedia. —Es verdad.
—¿Y como conseguirás ese dinero? —preguntó un pirata.
—Trabajando. Puedo hacer lo que queráis. Puedo pescar, tejer, cocinar. Se entrelazar mimbre e incluso se cazar algunos animales. Te doy mu fuerza.
—Nosotros no hacemos ese tipo de cosas, mujer —aseguró Argos. Tenía una sonrisa complacida, como si hubiese necesitado la carcajada anterior tanto como comer o dormir —Nosotros robamos, traficamos y vendemos. Así de simple. ¿Estás dispuesta a hacer lo mismo que nosotros? De acuerdo. Lo que no se es si serías capaz. Una semana con nosotros y acabarías pidiendo que te abandonemos en cualquier puerto. No... Eso no es algo muy rentable —advirtió. Diana soltó aire por la nariz, impotente. ¿Qué mas podía hacer? —Si tanto te importan esas mujeres, déjalas tranquilas. Encontraran su destino y se acostumbrarán a él más pronto que tarde. Y a ti, te conviene procurar lo mismo —terminó por decir. —Bajadla.

Diana, junto con las demás, caminó a paso lento en dirección al ágora. Los atenienses apenas dirigían miradas hacia ellas, lo que daba a entender que estaban más que acostumbrados a contemplar a esclavos y esclavas siendo vendidos y comprados junto a los comercios. ¿Cuantos esclavos secuestrados de su casa eran vendidos allí? La chica siempre había pensado que la mayoría de los esclavos eran extranjeros o prisioneros de guerra, por lo que empezaba a darse cuenta de que no siempre tendría por qué ser así. Al llegar a la plaza central, Argos se ocupó de colocarlas una junto a la otra, de forma que sus físicos estuviesen expuestos y nada permaneciese oculto a los ojos de posibles compradores. De la misma fuera, a algunas se les corrigió en cuanto a sus ropajes. Diana vestía una estola corta de color oscuro que quedaba sobre sus rodillas. Argos, sin embargo, y tras observarla sin mirarla a los ojos, optó por ensanchársela con las manos y procurar que las clavículas de la chica quedasen visibles a la multitud, así como una buena porción de su torso. De tener las manos libres, seguramente Diana le hubiese arañado las sucias manos con las que la había tocado. Por desgracia, solo pudo contemplar como, tras cerciorarse de que todo esta correcto, desataba las muñecas de la mujer a la que sus hombres habían violado, para posteriormente dejarla marchar. La chica frunció el ceño ante tal escena. Argos había actuado deprisa, sin mediar palabras ni miradas. La desató con un cuchillo que guardaba en su cinto y ella echó a correr, todo, sin que ninguno de sus piratas prestase atención. ¿A caso el pirata despiadado y cruel tenía remordimientos? Cuando uno de los piratas comenzó a vociferar la venta de la mercancía para llamar la atención, Diana no aguantó más. 

Se mantuvo quieta, firme y serena. Observó a todas partes, controlando la situación y esperando a un momento oportuno para actuar. El hombre que vociferaba, caminaba de un lado para otro para conseguir así que su voz se replicase en todas direcciones. Y cuando le dio la espalda a Diana, ésta se arrojó sobre él. Se había fijado en que todos los piratas guardaban un cuchillo similar al de su capitán en sus cintos, y gracias a que habían maniatado sus manos sobre sus caderas, la chica pudo arrebatárle el arma y clavársela en el costado sin mayores problemas. —¡¡¡Corred!!!— gritó de repente.
Su actuación y coraje había sido tan inesperada, que los hombres apenas tuvieron controladas a las mujeres y estas pudieron echar a correr. Sin embargo, éstas, también sorprendidas, tardaron en reaccionar y las más lentas fueron nuevamente capturadas.
—¡¿Como te atreves?! —gritó Argos, dirigiéndose a Diana con los ojos llenos de ira y las venas del cuello marcadas. —¡Maldita furcia! —. La chica alzó el cuchillo aún con las manos maniatadas, dispuesta a defenderse a toca costa. El hombre al que había herido se hallaba a sus pies, sujetando su herida supurante con falta de aliento. 
—¡Alejaos! ¡Alejaos todos! —gritó ella, apuntando con el arma a todos los presentes. Rápidamente, los atenienses más valientes formaron un coro al rededor de la escena, lo que aumentó la presión sobre la muchacha. Se mordió la lengua con rabia al ver que estaba encerrada, literalmente. Maldijo para sus adentros porque la mayoría de las mujeres habían vuelto a ser capturadas, y las que habían salido corriendo, ahora tenían a perseguidores detrás. Le había salido mal todo. Absolutamente todo. ¿Quien demonios se había creído que era? ¿Por qué, una vez más, había sido incapaz de estar quieta?



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