martes, 25 de junio de 2019

El grupo que se concentraba en torno a Diana y al recién rescatado de alta mar no daba crédito a lo que estaban viendo sus ojos. Realmente esa enclenque muchacha le había salvado la vida a ese tipo y ya era meritorio pero... ¿Cómo? ¿Cómo podía estar vivo? Esa herida era de las peores que cualquier persona había visto con diferencia alguna vez en toda su vida. De hecho, ni siquiera había heridas de guerra tan crueles y enormes, ni mucho menos hombres capaces de sobrevivir a las mismas. Tan maravilloso era, por tanto, que el barco apenas se movía más allá del ser acunado por las olas pues todos estaban centrados en el milagro.
-¿Dónde...?- masculló con voz carasposa y desgastada el hombre, apenas logrando abrir los ojos. Para él, todo eran siluetas negras que le rodeaban.
-Estás en...- fue a responder Diana, orgullosa.
-En el Grifo- le arrebató Argos el anuncio triunfal -Bienvenido a bordo, marinero- se mofó
-¿A bordo...?- el chico ladeó la cabeza y fijó sus nublados ojos en Diana. La veía borrosa, como una mancha negra en mitad de un blanco papiro -¿Perséfone...?- ante aquella pregunta, los hombres estallaron en risas.
-¡Pues sí que se ha dado un duro golpe!- dijo uno
-¿De dónde vendrá para creer ver a Perséfone?- comentó otro
-Y más para confundirla a ella- gruñó un marinero de Argos.
-Callad- ordenó Diana, molesta por las burlas. Sabía que no era precisamente una mujer hermosa, pero las risas y las burlas siempre resultaban obviamente punzantes y molestas -¿Tienes nombre?- preguntó de vuelta al hombre tendido a sus pies.
-Yo... Yo soy...- estuvo por decir algo abriendo la boca, pero la cerró. Ladeó la cabeza despacio y cerró los ojos. De nuevo, pareció perde la consciencia.
-Vaya...- suspiró Diana.
-Yo te diré quién es- adelantó un paso Argos -Es un tipo muy suertudo de haber dado con nosotros en mitad de esa tormenta tan extraña, y que además, me ha cogido de buen humor. Lo llevaremos a Lesbos como estaba previsto en esta entrega mercantil. Lo dejaremos allí junto a este montón de buenas gentes- Diana no dejaba de mirarle la herida, obviando a Argos -¿Qué? ¿Te gusta?-
-¿De qué estás hablando?- le miró la chica esta vez, con el ceño fruncido.
-No me miras cuando te hablo y estás centrada en su herculeo cuerpo cincelado por la propia Afrodita- tuvo que reconocer. Era bello, extrañamente bello, hasta para él. Oscura y siniestramente hermoso.
-¿Desde cuándo he necesitado una razón para ignorarte?- gruñó la chica.
-...También es verdad- asintió Argos risueño -Igualmente, recréate un poco y bájalo a la bodega, que descanse allí. Aquí puede coger una pulmonía. El tiempo no parece que mejorará en breve precisamente- dicho aquello, Diana no tardó en obedecerle, pues le convenía. Con ayuda de uno de los marineros del barco mercante de Jorato pusieron en pie al devanecido hombre y lo llevaron hasta las escaleras que daban a la bodega.
-Ya me las apaño- terció Diana para bajarle él sola por las escaleras.
-¿Estás segura muchacha...?- preguntó el hombre
-Como siempre- dijo para sí misma en un murmullo, arrastrando al desconocido escaleras abajo.

Con el pasar del tiempo venía el avance inexorable del navío a través del oleaje. Diana, desde la bodega, podía escuchar el constante movimiento en cubierta y en la zona superior de los remeros, justo sobre su cabeza. En la oscuridad de la bodega podía comprender sin mayores problemas que el tiempo seguía complicado y nuboso, debido a que ni un simple ápice de sol se filtraba entre los tablones que tenía sobre su cabeza. De hecho, en ocasiones contadas, alguna que otra gota seguía filtrándose entre la humedad de la madera. Una de las mismas le cayó con estruendo en la mejilla, fría y veloz, que sintió como una diminuta bofetada. La chica se limpió el rostro con fruición y maldijo una vez más, entre tantas, el estar encerrada en ese barco con todo ese maldito personal en cubierta.
-Quizá hasta te creas que tienes suerte y todo- dijo para sí, refiriéndose al tipo inconsciente -No se le puede hacer caso a un imbécil como él- se refería a Argos -Suerte... ¿A este montón de mierda se le puede llamar suerte?- miró a su alrededor. La bodega aún olía mal, pese al tiempo. Aún apestaba a orin y heces ocasionales. Ese maldito atajo de sabandijas apenas conocía el significado de la palabra limpieza. De hecho, a la chica le sorprendía que un barco tan grande y tan descuidado, con tablones dispares y la madera hinchada de humedad se mantuviera tan robusto ante oleajes y situaciones tan peligrosas. Hasta su barca tenía mejores condiciones que el Grifo, por los dioses -Quizá hasta hubiese sido misericordioso dejarte hundir en el fondo del mar. Poseidón seguramente te habría acogido mejor que este montón de asesinos y criminales- siguió reflexionando en voz alta -Pero...- podría haber añadido a su silencioso y ausente oyente que realizar semejante acto heróico la había hecho sentir bien, orgullosa, como pocas veces en la vida: pletórica. En ese instante, viendo la situación en la que había metido al tipo que se debatía entre la vida y la muerte... ¿Había hecho bien, realmente? ¿O simplemente fue para satisface su ego y creerse algo más de lo que realmente era? Quizá ahora lo había condenado a una corta vida de sufrimiento en agonía por esa herida... Sometida por sus pensamientos, Diana se apoyó contra una de las paredes y se abrazó las piernas mirando al tipo inconsciente, debatiendo mentalmente consigo misma.

No fue hasta pasadas unas horas, en las que el constante balanceo del barco la dejó ligeramente adormecida, que percibió algo extraño en el recién llegado. La herida de su cuerpo estaba supurando un extraño líquido negruzco, no más denso que el agua. Le resbalaba por el costado y la cadera como si fuese una copa a punto de rebosar, como si su cuerpo lo generase de manera descontrolada.
-¿Qué...?- curiosa, intentó acercarse. Al hacerlo daría un respingo hacia atrás, pues en ese momento el muchacho tosió con violencia y de su propia boca y ojos surgieron las mismas corrientes negras, empapándole el rostro de forma grotesca y por supuesto, el cuerpo a través de la herida -Por los dioses...- masculló Diana horrorizada por lo que estaba viendo, pero más aún lo estaría al ver como si nada ocurriese, el hombre se enderezó hasta quedar sentado sobre el suelo, goteando agua negra por doquier. Se miró las manos, se palpó la cara y también la herida del pecho, que Diana podía ver claramente que le atravesaba hasta la espalda, también empapada en ese líquido oscuro -¿Qué eres?- la pregunta brotó de su garganta en un hito, incapaz de contener las palabras retenidas en su mente. El hombre la miró veloz, alerta. Frunció el ceño al localizarla entre las sombras de la bodega.
-¿Quién eres tú?- preguntó como si nada, como quien despierta de un plácido sueño en su cama y encuentra a un intruso en la habitación.
-Esa es la pregunta que debo hacerte yo- contestó Diana sin saber qué hacer -Tu cuerpo...- le señaló.
-Estigia...- gruñó el hombre, poniéndose en pie. Diana tuvo el instintivo impulso de acercarse para ayudarlo a sostenerse, pero aquel hombre tan misterioso se sostenía como si no le hubiese pasado nada en ningún momento -Están aquí...- gruñó -¿Qué es este lugar? Responde-
-Una galera pirata. Nos tienen retenidos hasta...-
-¿Alta mar?- la interrumpió.
-Sí, pero...-
-Poseidón...- masculló el hombre
-¿Poseidón? ¿Que tiene que ver él con...?-
-Calla- ordenó, alzando una mano. Todo retazo de líquido negro que goteaba por la piel del extraño hombre comenzó a desvanecerse y a flotar por el aire como si tuviese todo vida propia -Silencio- ordenó, llevándose un dedo a la boca. Diana se percató entonces de que el barco no se movía ni un ápice y el silencio reinaba por completo en la galera.
-¿Qué está pasando?- preguntó curiosa y el hombre la miró con furia.
-He dicho que te calles, mortal- ordenó en susurros.
-¿¡Mortal!?- se cuestionó ella en baja voz igualmente, pero no continuó conversando porque el silencio se vio quebrado por gritos y aullidos de terror -¿¡Qué pasa!?-
-¡No te muevas!- ordenó el hombre pero la chica le hizo caso omiso, corriendo a cubierta con el corazón extrañamente helado y compungido.

Lo que vio al llegar arriba fue, cuanto menos, desolador. El barco estaba rodeado por extrañas figuras sombrías que se mantenían flotando de forma estática y siniestra, sin moverse un ápice. Los hombres de cubierta gritaban desesperados arrojados en el suelo, aterrorizados ante semejante visión.
-¡Armas! ¡A las armas! ¡Por los dioses!- gritaba Argos en el castillo de popa, tratando de espabilar a sus hombres. Nadie, sin embargo, le hacía el menor caso.
-Mormos...- dijo la voz del hombre tras Diana, de forma repentina -Los han enviado a buscarme...-
-¿Mormos?- Diana miró las siluetas que flotaban entre extrañas tinieblas -¿Los espectros del Inframundo? ¿Te estás riendo de mí?- Diana no daba crédito alguno a lo que estaba viendo ni oyendo. Tenía que ser una broma, no podía ser que se diera de bruces con el mundo de los dioses en mitad de la mar con Argos como acompañante.
-Supongo que la gran sonrisa de mi rostro no deja duda alguna de lo jocosa que me parece esta situación- dijo el hombre con suma seriedad y un rostro severo como una lápida. Diana entendió que trataba de ser sarcástico.
-Me estoy mareando...- masculló la chica llevándose una mano a la cabeza.
-¡Por los dioses, haced algo!- clamaba Argos desesperado, mientras los Mormos simplemente se alimentaban de la cordura y el miedo de todos los presentes, hasta que el hombre recién llegado dio un paso al frente. Los gritos cesaron y todas las siluetas se voltearon hacia él.
-Mi señor...- clamaban entre susurros fantasmagóricos -Mi señor...- repetían una y otra vez.
-¿Quién os envía?- preguntó con naturalidad. Todos los ojos se centraban en ese hombre misterioso.
-El barquero... viene...-
-¿Caronte...? Maldito traidor...-
-¡Tú!- gritó Argos -¡¿De qué va todo esto!?- ante la exigente pregunta, el hombre le miró con ojos cansados y pesados.
-Mortales... Siempre queréis saberlo todo ¿No es así? Todo esto escapa a vuestro alcance y comprensión...- tras aquellas palabras, se asomó por la borda para mirar el mar. El agua estaba extrañamente tranquila, pero lo percibía. Se le dibujó una sonrisa en el rostro mirando al infinito neblinoso.
-Señor... acompáñanos...- sisearon las siluetas mientras una forma tenebrosa se dibujaba en el agua: una barca con un candil iluminando con una llama azulada con tintes verdosos, fantasmagórica.
-No... No hoy- sentenció. Al decirlo, tras la silueta del barquero, se alzó una ola gigantesca que ni los ojos llegaban a contemplar en su total enormidad. Lo último que vieron los presentes antes de la gran oscuridad, fue aquel enorme monstruo de masa acuática venírseles encima como un manto que cubre a un recién nacido, para perderse en los abismos acuáticos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario