miércoles, 12 de junio de 2019

Poseidón, Poseidón,
tu nombre llevamos en la sangre.
En la piel la sal y en el corazón el viento.
Poseidó, oh, Poseidón,
sentimos en el alma las olas y su arrastre,
bendícenos en esta noche, bendícenos en este día,
bendícenos en el mar y contra su lamento.

Las voces cantaban alegres y divertidas, avistando ya la tierra desde la lejanía. La isla de Serifos era pequeña, pero la noche era lo bastante oscura como para que las pequeñas antorchas que iluminaban sus escasas calles dotaran al ambiente lejano de un tenue halo anaranjado que contrastaba hermosamente con la silueta de la isla y la estrellada noche.

Desde que llegaron las tormentas, el viento parecía ser propicio para navegar. Había cesado un poco la lluvia y el constante tronío de las nubes negras, pero el aliento de Eolo seguía ayudando a marineros como ellos a llegar a sus objetivos más rápido y escapar igualmente rápido. Aquella sería una buena travesía, de hecho. Seguramente poca o ninguna resistencia encontrarían para adquirir el nuevo botín.
—¡Capitán!— canturreó uno de los marineros —Llegaremos en menos de lo que canta un gallo ¿Preparamos las armas?— el capitán al que se dirigía el marinero estaba en pie en el castillo de popa, con las manos cruzadas tras la espalda y el rostro inclinado ligeramente hacia el cielo, sintiendo la brisa noctuna y el olor a mar que le inundaba los pulmones —¿Capitán?—
—Eneas— musitó el capitán —¿Sabes dónde estamos, verdad?—
—En Serifos, capitán—
—Exactamente. Serifos. Isla de pescadores, no muy lejana de la tierra civilizada, pero igualmente increiblemente pequeña y aburrida. Abandonada por los dioses porque poco o nada pueden aportar a la gracia del Olimpo— el capitán miró al marinero finalmente —¿Realmente crees que es necesario preparar las armas? ¿Qué crees que van a hacer contra nosotros?—
—Defenderse— se encogió de hombros —Estúpido es aquel que no defiende a sus mujeres cuando llega el enemigo—
—Pescadores, Eneas. Lo más temible que tendrán contra nosotros son sus anzuelos y algún que otro palo. Llevad las espadas, sí, pero no las desenvainéis. Con sólo verlas en nuestros cintos será suficiente para ellos— suspiró el capitán.
—De acuerdo. Daré la orden— el marinero no parecía estar muy conforme, pero si Argos, capitán del Grifo, era respetado, era por su sabiduría. Por supuesto, era un formidable combatiente y parecía estar bendecido por Atenea a la hora de planificar sus asaltos, pero no era precisamente el conocimiento militar su máxima fuerza: era capaz de leer al enemigo, si es que llegaba a ser enemigo. Sabía anticiparse, estudiar a las personas y saber qué se escondía tras sus máscaras. Aquello a veces le llevaba a tener la desconfianza de sus muchachos pero... ¿Cuándo les había faltado a ellos botín, comida, bebida y mujeres? Nunca bajo su mando y aquella noche no iba a ser diferente.

El Grifo era una galera de un tamaño considerable, no era el navío más grande que surcaba las aguas de la Hélade pero inspiraba cierto temor. Estaba hecha de fuerte madera pintada de color oscuro y rebordes dorados. En su velamen el viento agitaba un temible Grifo, criatura mítica y legendaria, pintada con colores igualmente dorados y ocasionalmente detalles en rojo sangre, como sus ojos o la punta de sus garras y su pico. Quienes habían visto el barco en acción o había sobrevivido a uno de sus ataques decían que podía ser el navío del mismísimo Hades, capitaneado por el mismísimo Caronte, cansado de esperar a la llegada de las almas, prefiriendo ir a por ellas directamente. Argos sabía aliementar bien dichas historias. A veces incluso le divertía divulgarlas él mismo cuando nadie le reconocía como el capitán del barco.

Cuando arribaron por fin a la costa de Serifos, lo hicieron sobre un par de barcas, ya que el navío era demasiado grande como para acercarlo a la orilla. Argos sabía que bastaban un par de barcas, no más. Casi se lo corroboró ver las otras barcas pesqueras que ondulaban suavemente amarradas sobre las gentiles y pequeñas olas de las orillas. Desembarcaron entonces, llevando las pequeñas embarcaciones hasta la arena, y atravesaron la playa.

Eran alrededor de 8 hombres y no necesitarían más. Con paso diligente fue atravesando poco a poco la entrada del pueblo y fue enviando a los hombres casa por casa a ordenar sacar a las mujeres. En cuestión de minutos, se formó un gran jaleo. La totalidad de sus habitantes no debía sobrepasar la treintena... lo cual era alarmante. Con totalidad, era totalidad. Incluyendo niños y bebés. La cantidad de hombres que podían defender la isla era insulsa, y más se se tenía en cuenta a los más ancianos. Argos estaba, por tanto, satisfecho con sus pesquisas. Sonriente, se sentó sobre una caja vieja de madera en mitad del centro del pueblucho mientras sus hombres, obedientes y con las armas envainadas, iban colocándolos frente a Argos como si fuesen un rebaño.
—Buenas noches, gente de Serifos. Que los dioses os bendigan— dijo aún sentado y burlón.
—¿Quiénes sois vosotros? ¿Qué os creéis que hacéis?— preguntó un hombre, abrazando a su mujer, bebé en brazos.
—Pescadores— explicó poniéndose en pie —Somos pescadores— señaló a sus hombres con los brazos —Buscando nuestra captura diaria—
—Sois piratas— aseguró el hombre, estudiándoles los atuendos.
—Me pregunto si te merece la pena ser tan perspicaz, muchacho— rió Argos —Verás, no somos tan distintos... Y espero que lo comprendas—
—¿Que comprenda? ¿Esperas que comprendamos que venís a robarnos lo poco que tenemos?—
—Además de perspicaz, vehemente y apresurado— le señaló, divertido —Sé quienes sois, amigos. Conozco esta isla desde hace mucho tiempo ¡Me conozco toda la tierra helénica, por los dioses!— se abrió de brazos como si explicara algo insólito —Y resulta que me compadezco de vosotros. Sois pescadores y de vez en cuando, cazadores. Comerciantes a duras penas, pues poco tenéis que ofrecer a tierras mucho mayores como la Argólide, Atica y demás— se rascó la nuca y apoyó el pie sobre la caja de madera —No vengo a robaros vuestros bienes. No me satisface matar a un pueblo de hambre— los pueblerinos se miraron entre sí, confusos. Se hizo un silencio tenso y prolongado.
—¿Entonces?— preguntó una muchacha joven, atrevida.
—Como digo, venimos a hacer lo mismo. A pescar. Y pescar no consiste en destruir ¿verdad? Vosotros, al igual que yo, cogéis vuestras barquitas y os lanzáis a la mar. Surcais unas cuantas olas y echais el anzuelo, a ver qué pica. Bueno, yo en ventaja en contraposición, elijo mis presas. Mi anzuelo es más grande, por así decirlo— sus hombres rieron y Argos les dedicó una sonrisa cómplice —Y eso quiero, en resumen. Pescar. Me llevaré los bocaditos más apetecibles y vosotros podréis seguir nadando en vuestras anodinas vidas cuando me marche—
—No quedan peces que os podáis llevar de aquí hoy. La jornada terminó hace muchas horas— explicó la muchacha de nuevo.
—Oh... Claro que quedan peces. Tú, por ejemplo eres un pececito muy, muy deseable— al decir aquellas palabras, como halcones lanzándose contra un ratón despistado, los piratas la agarraron y la apartaron del grupo.
—¡No!— gritó un anciano —¡Helena!— trastabilló dando un paso al frente y cayó.
—¡Pater! ¡Por favor, dejadnos en paz!— forcejeó la muchacha.
—A ver, haya paz— alzó las manos Argos —No tiene por qué salir nadie herido— se acercó al anciano y le tendió la mano para ayudarle, amablemente —Sólo aceptad que el pescador tiene las de ganar y todo estará bien—
—Tú... hijo de una Lamia ¿¡Esperas que te dé de buenas a mi hija?!— abofeteó la mano del capitán y se puso en pie él mismo —Somos más que vosotros ¡Más! Y la cantidad nos da ventaja ¡Y los dioses nos ampararán!—
 —¿Seguro?— Argos alzó la ceja sorprendido —¿Te parece todo esto amparo de los dioses?— sus hombres volvieron a reír.
—Malditos piratas... ¡Que Poseidón os trague con toda su ira!— maldijo, ganándose una sonora bofetada de Argos, como de un padre a un hijo. El anciano le miró con la mano en la cara sorprendido por el golpe.
—Que conste que me has obligado— le señaló —Os estoy pidiendo cooperación. Dadme a los pececillos y todo estará bien. Es inútil que vosotros, que apenas habéis salido de las huevas, os enfrentéis a los tiburones—
—¡A ellos!— vociferó el hombre de antes, protegiendo a su mujer, apartándola —¡Que no se las lleven!—
—Por los dioses...— con un gesto de cabeza, Argos ordenó a sus hombres que actuaran. Las espadas abandonaron las vainas con destellos de luz arrancados por los fuegos de las antorchas que iluminaban las calles. El silvido del acero acariciando el cuero parecía la amenaza de una serpiente —¿Por qué me hacéis quedar mal? Predije que no sería necesario formar escándalo ni sacar las armas. Es insultante—
—¡A ellos, maldita sea! ¡Alala! ¡Ares! ¡AAAAREEEES!— el grito de guerra de aquel esposo era desesperado, pero no fue capaz de ver que fue el único que se lanzó contra los piratas, con los demás atemorizados a sus espaldas. Argos se encargó personalmente del individuo, mostando aún así misericordia. Desenvainó su espada y con un acertado tajo en la pierna, lo hizo caer. Seguramente no volvería a levantarse para caminar, sin embargo. El hombre gritó con agonía mientas la sangre comenzaba a empapar la tierra con abundancia, con el tendón de la rodilla cortado.
—¡Odeon!— gritó su mujer —¡Hagamos algo, por los dioses!— nadie dijo nada, nadie hizo nada.
—Bueno, está claro que la diplomacia ha fallado— alzó la mano contra la multitud —Coged a las jóvenes y ni se os ocurra tocarlas, de momento. Las quiero sanas y salvas en el barco. Ya haremos reparto de "riquezas"— sonrió. La multitud empezó a echar a correr.
—¿Matamos a los hombres?— preguntó otro de sus marineros, Meridio.
—No. No, a no ser que veais que peligra vuestras vidas, claro— asintió Argos —Id de caza, anda. Os espero aquí con el botín— el marinero asintió preparado para partir —Ah, Meridio— el marinero se giró para mirar a su capitán con velocidad —Hoy venimos a por mujeres, pues las requieren en Locrida... pero eso no significa que personalmente no puedas tomar a algún buen hombre— Meridio asintió con una sonrisa maliciosa. Su capitán conocía bien a sus hombres, sus gustos y sus pasiones —¡A pescar, mis valientes!— se mofó a viva voz, viendo como hombres y mujeres corrían, seguramente tratando de esconderlas, pero sería inútil. La isla era pequeña y no podrían esconderse. Los piratas del Grifo peinarían cada metro en cuestión de un par de horas. Era inevitable. Así lo dictaba el destino.

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