miércoles, 19 de junio de 2019

La noche se hizo muy larga y amarga al tener en todo momento presente lo que iba a acontecer en el burdel, tanto Diana como Argos.

Este último se pasó largas horas en pie en mitad de la cubierta mientras los hombres dormían, mirando el mar lejano estremecese con la suave sensualidad de una amante que le llamaba, sugerente y anhelante. La brisa le mecía suavemente los cabellos y la ropa mientras el olor del mar le hacía sentir hasta una incipiente quemazón en la nariz. Esa era su vida y siempre lo sería ... ¿No? Poco o nada podía hacer para cambiar el destino que las Moiras le habían preparado, pero una vez más sentía remordimientos. Había podido tratar un largo rato con Jorato y habían estado hablando de gustos concretos en según qué ámbitos y lo que había podido saber e intuir en sus palabras con respecto a mujeres no le dejaba del todo tranquilo. No era precisamente por Diana, sino por él mismo. Argos se sabía culpable del destino de la muchacha y de todas las demás y cada vez, quizá por la edad, empezaba a hácersele más y más difícil el soportar la carga de tantas vidas truncadas por ese puñado de dracmas que todo lo valía, como le había recriminado Diana la última vez que se vieron.
-Querido, diría que estás mucho más guapo a la luz de la luna si no fuera porque no puedes parecérmelo más de lo que ya eres- la voz coqueta de Perseida le sorpendió a sus espaldas, a esas altísimas horas de la noche
-¿Perseida?- se giró para mirarla con una sonrisa triste -¿Qué haces aquí?-
-He venido a ver a mi héroe, mi campeón, mi dios olímpico...- se le acercó con la misma sensualidad que el mar, lentamente posando la mano en su torso endurecido -Te he echado mucho de menos, cielito, y nada has hecho más que traerme a aquella chiquilla para... aprender. Me he sentido muy ignorada-
-Seguro que siempe tienes hombres que te entretengan- se burló Argos en baja voz.
-Y mujeres- sonrió ella, afirmativa -¿Pero quién puede compararse al hijo de Poseidón?-
-No me llames así, anda-
-Antes te gustaba... y mucho- se acercó un poco a él para besarle, peo Argos apartó lentamente el rostro
-Perseida... No he venido buscándote-
-Ya lo veo- la sonrisa de la hetera se enfrió más que el corazón del Hades -¿Han cambiado tus sentimientos como el viento en la mar, pirata? ¿Ahora solo soy una puta más con la que yacer en los distintos puertos pero con más conocimientos y dracmas?-
-Si hay algo que te dejé claro Perseida es que no era tu hombre, ni tú mi mujer. No voy a soportar ahora celos ni desengaños amorosos porque no quiera acostarme contigo aquí en mitad de cubierta- se quejó Argos con pereza, lo que provocó un amplio silencio entre ambos.

-¿Es la chica?- preguntó Perseida dando unos pasos hacia la borda, mirando al mar, pensativa -Ya me parece a mí que es algo más que "interesante" para tí-
-¿Te crees que eres Hera y yo Zeus, o algo similar?- se mofó Argos -No tengo que darte explicaciones de nada Perseida. En lo que yo encuentre a una o dos amantes, por tus piernas varios cada día- se cruzó de brazos el pirata.
-Eso ha sido rastrero- la mujer le miró con los ojos entornados -Demasiado, hasta para ti-
-Te dije que dejaras de lado los sentimentos- reafirmó Argos.
-Sí... me lo dijiste- la voz de Perseida se apagó un tanto y Argos bufó. No tenía ni el más mínimo ápice de ganas de entrar en el exagerado drama de Perseida, pero prefirió romper un poco el hielo a favor de ella.
-Diana solo es una esclava, a todas luces. No tengo nada con ella, ni ella conmigo. Y según las circunstancias de nuestro encuentro, oh...- Argos rió de corazón -Dudo muchísimo que alguna vez pueda verme siquiera con ojos de "amable conocido y vecino"-
-¿De verdad?- Perseida le puso ojitos tristes, de esos que conseguían lo que fuera de cualquier persona.
-De verdad- suspiró Argos
-Bien, bien...- dijo con un deje de preocupación
-No me gusta ese tono, Perseida- Argos se acercó a ella -¿Qué pasa?-
-Nada Argos ¿Qué puede pasarme que no sepas ya?- ella se giró hacia él y tuvo intención de dejarse caer contra su pecho, pero Argos se tensó y mantuvo distancia -Bueno...- bastante humillada, recompuso su gesto sereno y orgulloso -Supongo que si no te apetece pasar un buen rato, será mejor que me vaya te deje dormir. Mañana será un día agetreado para la chica y supongo que querrás cuidar de tu esclava-
-Sí, no dejaré que le pase nada- afirmó el capitán -A estas alturas ya te habrás dado cuenta de que es especial. Interesante, más bien-
-Sí... muy, muy interesante...- afligida, se marchó.

Al amanecer, la ciudad bullía de nuevo llena de vida. Argos no tardó en aprovechar las primeras luces del alba para dirigirse al burdel junto con sus hombres, a los que distraidamente distribuyó como simples clientes pero con los ojos abiertos por si se necesitaba su ayuda o sucedía algún accidente. Argos también se estableció en el lugar con un par de chicas y Perseida mientras Diana se mantenía allí, observando, con peor rostro que Cerbero. Por desgracia para ella, el temible Jorato no tardó en llegar tras la animada conversación del día anterior con Argos.
-¡Testicles, mi buen amigo marinero!-
-Jorato, bienvenido- el gordinflón se acercó a Argos y sin mediar apenas palabra, agarró a una de las chicas de Perseida y la atajo para sí e ipso facto, le magreó un pecho rodeándola con un orondo brazo.
-Ah ¡Ah! ¿Es que hay algo más dulce y sano para el cuerpo del hombre que amanecer con una teta en la mano?- rió Jorato y Argos, ahora en su papel de Testicles, le acompañó en la chanza.
-Desde luego que no. Se huele la envidia de Dionisio desde aquí, pero Afrodita es sin duda la madre de las mejores bendiciones-
-Y tanto que sí ¿No te ha acompañado tu... pupila?- miró a todas direcciones con fingido desinterés
-Allí está- señaló Argos a la ahora conocida como Lírida para Jorato. A este se le abrieron los ojos como discos olímpicos cuando la vio con aquel quitón tan ceñidito y corto
-Oh... oooh...- soltó a la prostituta de pronto y esta no tardó en apartarse de él -¿Qué hace ahí tan... sola?-
-Un buen "maestro" quiere que su pupila aprenda cosas útiles ¿no?- Argos le guiñó un ojo a Jorato
-S-sin duda... Una sabia decisión, mi buen amigo-
-Hasta donde puedo decir- inquirió Perseida -A pocos consejos que le dí, se ha vuelto una pequeña fierecilla- decía mientras jugaba distraidamente con un mechón de su pelo, enredándolo en uno de sus dedos
-Comprendo...- rió nervioso Jorato. Luego, alzó una mano y chasqueó los dedos mirando a una dirección. Un par de hombres a su servicio pasaron al interior del burdel cargando con una especie de alfombra enrollada -A la habitación de arriba, arriba- ordenó -¿Te importa si despejo todo el piso superior?- preguntó a Perseida
-En absoluto, hermosura-
-Genial. Me llevaré a las mejores chicas... Y Testicles ¿Te importa si tu pupila aprende un par de cosas? No le pondré una mano encima, te lo prometo-
-¿Quieres que mire?-
-Algo así. Será un gran don de conocimientos. Solo para sus ojos. Te sorpenderá- sonrió Jorato
-Adelante, pues- sonrió Argos -Todo por la depravación, amigo mío-
-Sí... Todo por la depravación...- sonrió Jorato antes de marcharse y hacer llamar a dos chicas junto a Diana hacia el piso de arriba.

Cuando subieron las escaleras, la estancia, que era bastante más pequeña que la parte inferior, estaba completamente vacía. Ni un alma, más allá, claro, de Jorato.
-Bienvenidas mis dulces pajarillos, por favor poneos cómodas- Diana obedeció junto a las otras dos chicas. El ambiente era extraño, muy distinto al lascivo y recreativo general del burdel. Allí arriba Jorato parecía haber dispuesto varios telares rojos colgados de ventanas y techo de forma que nadie del exterior pudiera ver lo que ocurría dentro y la propia sala era difícil de navegar debido a tanta tela. Era como un laberinto de paños empapados en sangre -Como mecenas soy buen pagador, quiero que todo esto quede de primeras bastante claro. Podéis relajaros y disfrutar de mi compañía. Os divertiréis y además ganaréis un buen dinero- las prostitutas reían pero Diana no -Ah y sobre tu caso, hermosa Lírida, Testicles me ha dado permiso para disfrutar de ti durante un buen rato a cambio también de una cuantiosa cantidad de dracmas- Diana pensó en cuánto tiempo acabaría Argos por recibir su merecido castigo -Y ahora- Jorato apareció repentinamente entre las cortinas -Vamos a jugar al dulce juego de la seducción y del amor...- enseñó un lazo violeta suave como la seda y hermoso -Venid conmigo, sentaos- las guió hasta el centro de la habitación donde había dispuesto una gran alfombra con uvas, vino y alguna que otra fruta -Hacedme muy, muy feliz...- sonrió y al hacerlo la cara se le llenó de arrugas debido a los pliegues de grasa de su cuerpo. Iba a ser una mañana difícil de digerir.

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