martes, 25 de junio de 2019

Todo pasó muy deprisa.

Cuando Diana consiguió recuperar algo de consciencia, un enorme dolor punzante en el pecho la invadió. Apenas pudo respirar ni tampoco mover un solo dedo. El dolor se convirtió en quemazón y, poco a poco, ascendió por su garganta hasta invadir su boca con un sabor salado y amargo. Vomitar fue lo único que su cuerpo consiguió hacer. El poco contacto con la realidad hizo que a penas se percatase de la cantidad de agua de mar que acababa de expulsar de su interior. Cuando pudo abrir un ojo, el imponente brillo del sol la cegó.... Y entonces lo recordó todo.

Una enorme ola se alzó en mitad del Egeo, tan imponente, que se quedó muda cuando la vio acercarse al Grifo. Tenía recuerdos de haber gritado e incluso de haberse agarrado con fuerza a alguna parte del navío, sin embargo, el golpe contundente de la ola la expulsó hasta que el mar la engulló junto con el resto de marineros y piratas. Fue a penas un par de segundos. Cuando la chica quiso emerger hacia la superficie, la sombra del Grifo dobleglándose ante la furia del mar se extendió hacia ella y después... Nada más.

La mujer volvió a escupir agua salada. Los recuerdos se habían agolpado tan rápidamente en su mente, que la conciencia volvió a ella de la misma forma. Necesito abrir los ojos un par de veces hasta conseguir tener los párpados abiertos sin problemas. Ya no solo el brillo del día la molestaba, sino que un horrible dolor de cabeza comenzaba con amenazarla a devolverla a un estado de inconsciencia aún peor que el anterior.
Haciendo acopio de fuerzas, se irguió, despegando su cuerpo de un denso y caluroso suelo que había dejado su piel... ¿Tirante? —Pero, ¿que...?—. Arena. Estaba llena de arena. Sus ropajes húmedos estaban sucios y llenos de algas; y sus pies, recibían la suave caricia de las tranquilas olas del mar. Aquello era una playa. Pero ¿Cual? ¿Dónde estaba? ¿Como había llegado hasta allí? Incapaz de dar respuesta a tantas preguntas, se puso en pie de un salto. La cabeza le dio vueltas tras conseguirlo, lo que hizo que trastabillara hasta conseguir estabilizarse. De forma inconsciente, se llevó una mano hasta la sien, donde el foco del dolor parecía coincidir. Su respuesta al rozar la zona fue un quejido. Su mano se llenó de sangre mezclada con agua, por lo que no le costó adivina que, lo que la había dejado a merced del mar, había sido un buen golpe en la cabeza. Pero allí estaba, en un lugar desconocido y viva. El sentido del humor de los dioses... empezaba a ser insoportable.

Caminó durante unos minutos observando su alrededor. La playa parecía ser extensa, delimitada por una colina ascendente sobre la que se situaba una ciudad pequeña, más pequeña que Atenas, pero más grande que Jora. En la zona en la que ella estaba no parecía haber ciudadanos, de forma que caminar hacia el ágora le pareció lo más sensato. Sin embargo, apenas necesitó acercarse a uno de los caminos de piedra que conducían a la ciudad cuando observó a tres mujeres, bajitas y de pelo canoso, ataviadas con ropajes oscuros y calurosos. Ascendían por el camino a paso lento, de forma que alcanzarlas le pareció tarea sencilla a pesar de su debilidad. —¡Disculpad! —las llamó. —¿Pueden darme unos minutos? Estoy perdida.
—Déjalas —. El tono serio y soberbio del hombre que se hallaba a sus espaldas, la sobresaltó. Sobretodo porque recordaba aquella voz y porque en ningún momento le había sentido tan cerca. Al girarse, el hombre al que había salvado en el mar, la observaba de brazos cruzados.
—Oh ¡Por los dioses! Pensaba que...
—¿Que estabas sola? Maldices demasiado alto. Hasta en el Olimpo todos te oirían —se quejó con asco. Diana no entendió ni una sola palabra.
—Oye, quien seas —comenzó a decir la chica, intentando reconducir la conversación. —Creo... Creo que hemos naufragado. No se que diantres pasó en el barco, pero hemos acabado aquí.
—Así es. Todos han muerto. —sentenció sin un ápice de remordimiento. Diana, en un primer momento, fue a abrir la boca para continuar hablando. Pero, cuando cayó en la cuenta de lo que había dicho, abrió los ojos con extrañeza y se sintió más perdida de lo que ya estaba.
—¿Como que muertos? Yo... yo estoy viva —alegó mientras se palpaba el cuerpo, deseosa de no sentir ninguna sensación extraña en ella.
—El destino ha decidido jugar con nosotros y así lo ha querido.
—Oh, vamos. No puede ser. ¿Como puedes afirmar tal cosa? Los demás... los demás deben estar por ahí —comentó con inseguridad la chica, devolviendo la vista al mar.
—He dicho que están todos muertos —repitió por última vez. El escalofrío que recorrió la espalda de la chica no le gustó ni un pelo, de forma que decidió que, ya que los dioses le habían dado una oportunidad, la aprovecharía.
—Pues entonces... voy a salir de aquí —. Sin mediar más palabras, Diana le dio la espalda al hombre continuó con su camino. En vez de tomar el camino de piedra, decidió continuar caminando por la orilla. Una parte de ella necesitaba respuestas.

—¿A dónde vas? —escuchó la voz del hombre a sus espaldas. Cuando miró atrás, comprendió que la estaba siguiendo, lo que la puso más nerviosa. —Estamos en Lesbos, por si no lo sabes —continuó diciendo. —Y si esperas encontrar algo por la orilla, no lo vas a hacer.
—Estoy con mis propios asuntos ¿De acuerdo? Márchate, busca una forma de volver al lugar al que perteneces. Has tenido mucha suerte aunque no lo creas. Esos piratas no eran trigo limpio —insistió la chica sin dejar de caminar.
—Para tenerles en tan baja estima, estás demasiado preocupada buscándoles.
—No estoy buscándoles. En el barco había gente inocente y puede que alguien esté por ahí y necesite ayuda.
—Tú no escuchas ¿Verdad? —. Diana bufó exasperada, de forma que aceleró el paso y continuó con la travesía. Los pasos de aquel hombre misterioso la perseguían.

Cuando rodeó la mitad de la isla, su vista comenzó a otear en el horizonte del mar numerosas piezas flotando a la deriva. Parecía madera, destrozos de un desastre. Su paso se aceleró aun más de forma inconsciente, y conforme su vista distinguía más formas, mas trozos de madera veía. Finalmente, echó a correr.
Y cuando se detuvo, ya no solo eran trozos de barco lo que encontró. Había también cuerpos flotando, rumbo a la orilla. Algunos incluso ya habían llegado. Diana no se lo pensó dos veces cuando comenzó a comprobar quienes de ellos estaban sanos y salvos. Para su horror, encontró cuerpos inertes desprovistos de latidos o respiración, cuerpos hinchados y azulados. Bajo la atenta mirada del desconocido, no dejó ni un solo cuerpo de los que fueron llegando sin revisar. Cada vez más la frustración se iba apoderando de ella, así como la impotencia. ¿Como podía haber ocurrido una desgracia tan... extraña?
—Eres incrédula. Tus ojos necesitan más respuestas que tu propia mente —explicó el hombre mientras se cruzaba de brazos.
—Si yo fuese algunos de ellos, desearía que alguien hubiese venido a ayudarme o al menos a comprobar que ya estoy muerta.
—Pero gastas energías en vano porque te niegas a creer lo que te he dicho. Lo repetiré una última vez: todos han muerto. Unos enormes oleajes destrozaron aquel navío putrefacto y todos quienes lo habitaban acabaron cayendo al mar. Algunos, ahogados, están aquí. Otros fueron atravesados por la madera del barco cuando se partió en dos mitades, y sus cuerpos ahora están hundidos en el fondo del Egeo —. Diana alzó la vista después de comprobar un último cuerpo sin éxito. Su mirada fue directa al torso del hombre. Aunque sus brazos estaban cruzados sobre el mismo, la enorme cicatriz se dejaba ver sin dificultad alguna. Y sabía que esa cicatriz lucía idéntica en su espalda. Él había sobrevivido a alguno mucho, mucho peor que aquello que relataba... —Eres terca.
—¿Quieres dejar de decir qué soy y qué no soy? Yo podría hacer lo mismo contigo —le acusó.
—Prueba.
—Para empezar, eres un desagradecido. En el Grifo nadie quiso ayudarte excepto yo. Me arrojé al mar y saqué tu cuerpo del mismo hasta ponerte sano y salvo. No has preguntado ni una sola vez como llegaste hasta allí, así que ya lo sabes: fue gracias a mi —empezó. —Por otro lado, eres un hombre muy raro y agradecería que dejaras de seguirme.
—¿Raro?
—Sí, extraño —afirmó. —Estoy encantada de haberte conocido pero preferiría que nuestras vidas se separaran aquí y ahora. Necesito llegar a mi casa, a Serifos. —pronunciar el nombre de su isla casi le causó dolor en el pecho. Habían pasado tantas cosas desde que la capturaron... ¿Como contárselas a Nasios al regresar?
—¿Serías capaz de regresar a casa sin resolver todas esas pregunta que tienes? —preguntó de forma escéptica.
—¿Qué preguntas?
—¿Por qué ocurrió el naufragio? ¿Qué causó el Grifo se destrozara? ¿Que fueron aquellas cosas que aparecieron rodeando al navío? ¿Quien invocó aquella enorme ola que los mató a todos? —dijo de forma rápida y desganada, enumerando las preguntas como si se las supiese de memoria. Diana tuvo que tragar saliva, angustiada. Había sacado a la luz cuestiones que había enterrado en su mente para procurar pensar con claridad. Ahora, los recuerdos volvían a agolparse en su mente y... le daba miedo las respuestas.
—Vete de aquí, por favor —rogó en voz baja.
—¿No has dicho que quieres volver a Serifos? —preguntó, con la vista clavada en el mar. —Para salir de aquí necesitaremos un barco. Conmigo te será más fácil encontrar uno.
—¿Por qué?
—Porque eres una mujer. Nadie te hará caso, no sin nada a cambio —aseguró.
—Preferiría estar sola en esto.
—Tú misma —terminó por decir, poniendo rumbo a la metrópolis.
Diana le vio marchar, sin pudor por mostrar aquella cicatriz tan enorme e imposible y dejándola sola con los restos de un pasado que caería en el olvido. Cuando dirigió su vista al mar, aun lleno de pedazos de barco flotando, pensó en Argos. Había muerto, había tenido el castigo que merecía y que tanto le aseguró que le llegaría. Y a ella, sin embargo, la habían salvado los dioses. ¿Y si le habían puesto a aquel hombre tan misterioso en su camino por alguna razón?
Sin pensárselo un par de veces más, echó a andar a paso ligero hasta que alcanzó al hombre, quien no la miró bajo ningún concepto a pesar de que sabía que le acompañaba. —Me llamo Diana. Vivo en Serifos, pero no estoy allí porque esos piratas que conociste me capturaron y me esclavizaron —afirmó. —Necesito ayuda para volver, y si me la prestas, te lo agradeceré con dracmas al llegar a casa. Pero si haces algo raro, te juro que te haré daño. Ya he matado a hombres antes —amenazó. Su tono de voz, sin embargo, no sonó lo suficientemente amenazante. Estaba más asustada que decidida a causar impresión. Pero, contra todo pronóstico, aquel hombre esbozó lo que pareció en fantasma de una sonrisa, después de relajar su rostro serio y ceñudo.
—Esta bien, Diana. Yo soy Hades,
¿Qué? ¿Había dicho ese nombre de verdad?

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