Echando una vista rápida a todo el local, una vez Argos desapareció, comprendió que escapar realmente era fácil. Había dos entradas, ambas únicamente separadas del exterior por cortinas de gasa. Nadie parecía prestar atención a las personas que entraban y salían, solamente las prostitutas. Podía fingir que necesitaba salir un momento, o incluso hacerlo sin excusarse y correr tanto como sus piernas se lo permitiesen. Con suerte, encontraría algún marinero en el puerto que accediese a llevarla de nuevo a Serifos a cambio de algunos dracmas, los cuales podría cederle una vez llegase a casa. Y con mala suerte... no encontraría a nadie que la ayudase. Con peor suerte aun, encontraría a Argos o a alguno de sus hombres y la interceptarían antes de que pudiese huir. En el peor de los casos, moriría asesinada. Bufar fue lo único que pudo hacer, así como seguir concienciándose de que ganarse la confianza de Argos era la mejor opción, pero... ¿A que precio? Su mirada no paraba de captar escenas sensuales y eróticas, más explicitas de lo que desearía. Un escalofrío largo y helado se deslizó a lo largo de su espalda justo antes de que Perseida, la conocida de Argos, volviese a acercarse a ella.
—Ya estoy contigo, cielo —comentó con desgana. —¿Qué es lo que necesitas?
—Yo... no estoy segura —explicó, dando un paso atrás y apegándose más aun a la pared lisa que tenía a sus espaldas, como si ésta pudiese tener la milagrosa capacidad de tragársela en aquel momento.
—¿No estas segura de qué? ¿A caso no quiere Argos que saques información a un pobre infeliz? —preguntó la hetera con una sonrisa burlona en el rostro. Deslizó una mano por su cuerpo hasta situarla sobre la cadera, expresando una pose de lo más impaciente.
—Sí, eso ha dicho que quiere —repitió Diana, acariciándose un brazo en señal de incomodidad. —Pero no se como quiere que lo haga. Aunque... me lo puedo imaginar —tragó saliva. —Y no pienso hacerlo.
—No tienes que llegar a eso —señaló Perseida a sus espaldas, a las numerosas escenas íntimas que se celebraban. —¿Nunca has tenido que sonsacarle nada a nadie? Sonrisas, gestos, atenciones...
—No.
—Pues sí que hay trabajo que hacer contigo —se quejó la mujer. —Lo que no entiendo es por qué Argos ha decidido prescindir de mi experiencia —comentó con orgullo —Recuérdale que esto que voy a enseñarte también tiene un precio, el mismo que el de un servicio normal —aclaró. —Ahora, ven conmigo.
Perseida guió a Diana hacia las afueras del burdel, para posteriormente hacerla subir por unas escaleras de madera, hinchadas por el frío y la humedad, hasta unas habitaciones superiores. Eran pequeñas. Estaban sucias y revueltas, y no había nadie allí arriba. Dado que el sol brillaba en lo más alto, la chica supuso que quienes dormitaban en aquel lugar, debían estar ejerciendo en su jornada de trabajo, presumiblemente, justo bajo sus pies. La hetera cerró la puerta después de que la chica pasase, dotando a las estancias de una oscuridad íntima y acogedora. Diana sintió sueño ante aquel ambiente. Los párpados le pesaban como si fuesen de mármol, y no era de extrañar. No había conseguido dormir apenas un par de horas diarias desde que se encontraba cautiva en el barco. Se negaba a dormitar y bajar la guardia rodeada de hombres que deseaban hacerle daño, de la misma forma que la falta de asientos o descanso en el Grifo, habían acabado por hacerle sentir múltiples dolores por todo su cuerpo. Sin embargo, por mucho que desease relajarse y cerrar los ojos durante un buen rato, aquel no era lugar para hacerlo.
—Primero hay que cambiar esas pintas.
—¿Que tiene de malo mi ropa? —preguntó la chica extrañada. Si estola negra era su prenda más preciada.
—Todo. ¡Lexi, Xena! —llamó en alta voz. De la habitación contigua aparecieron dos niñas. Sus cuerpos menudos y su baja estatura indicaban que aún no habían sangrado por primera vez, y sin embargo, estaban en un burdel. —Bañad a esta mujer.
—E-Esperad un momento. — Las quejas de Diana cayeron en saco roto. Las niñas la desvistieron con agilidad y la condujeron hacia la habitación en la que ambas habían estado. Allí había una pila de agua, lo suficientemente grande como para que una persona pudiese meterse. —¿Tenéis un baño?
—¿Y como no tenerlo? En el templo no nos dejarían asearnos y a veces nuestros visitantes solo quieren que les ayudemos a tomar un buen baño— explicó la hetera mientras la chica intentaba ocultar sus intimidades a ojos de las demás. Finalmente, Diana acabó entrando en el agua. Al meter el primer pie emitió un chillido ahogado, puesto que el agua estaba tan helada como el resto del clima. Y cuando las niñas la empujaron para que hundiese todo su cuerpo, sintió que se quedaba sin respiración. —Cuando esté lista, peinad su pelo y marchaos. Abajo empieza a haber suciedad —. Ambas niñas asintieron, como esclavas obedientes y ejemplares. Diana, mientras se dejaba frotar, las miró con lástima. Argos le había dicho que si cumplía con su orden, dejaría de secuestrar a mujeres para venderlas como esclavas. Por un momento, se preguntó si podía confiar en su palabra.
Cuando Lexi y Xena terminaron con ella, desaparecieron de la habitación, no sin antes tomar una pequeña muñeca de trapo que había en una esquina sobre el suelo. No emitieron sonido alguno al marcharse, de forma que el silencio invadió la habitación. —Así que por eso estabais tan calladas... —murmuró Diana. Ella nunca había tenido muñecas, porque las muñecas solo eran juguetes de niñas ricas o... robadas. Podía imaginar que Lexi y Xena la habían robado, y la única manera de jugar sin ser descubiertas era hacerlo en silencio. De ahí a que cuando subió a la habitación, le pareciese que estaba sola. —Maldita sea... ¿Donde demonios me esta llevando el destino? Yo no pedí esto...—volvió a quejarse en voz baja. Quizás hubiese llegado a maldecir a los dioses de estar sola, pero Perseida regresó de un momento de ausencia. En su brazo, portaba una pieza de ropa fina de color claro.
—Ponte esto —le ordenó. La hetera arrojó la prenda a los brazos de Diana, quien la recibió con ganas, harta de mostrar su cuerpo desnudo. Sin embargo, la ropa no terminó de ser de su agrado. Se trataba de un quitón de tela de gasa, fino y corto. Las costuras de ambos lados estaban demasiado abiertas, así como la anchura de la falda le pareció excesiva. Cuando se la puso, se sintió una prostituta más de las que trabajaban abajo en el burdel.
—Esto es horrible.
—Esto es lo que Argos quiere. Yo solo cumplo sus órdenes, como tú.
—¿Por qué todas tenemos que cumplir siempre sus órdenes? ¿Quien es él para gobernar sobre quien quiera? Estoy harta de ese hombre ¡Harta! Que Poseidón hunda su barco en lo más profundo del mar —se quejó. Sus palabras sonaron tan envenenadas y hastiadas, que Perseida se sorprendió. Se había hecho ideas equivocadas de Diana, de forma que suspiró ligeramente aliviada.
—Yo no cumplo sus órdenes, trabajo por dinero. ¿A caso no lo haces tú?
—¡No! —estalló la chica. —¡Ese hombre me secuestró, vendió a mis vecinas por toda Grecia y ahora se ha empeñado en que trabaje para él, como una esclava! —Por alguna razón, Diana llegó a pensar que la mujer se apiadaría de ella, que se sorprendería y quizás la ayudaría. Totalmente equivocada, llegó a ver como se reía ante sus quejas.
—Argos, Argos, Argos... siempre con sus planes.
—¡¿Planes?! ¡Me ha destrozado la vida! ¡A mi y a todas las mujeres de Serifos! —le recriminó con los ojos húmedos. Estaba cansada y dolida, y en ningún momento se había permitido desfallecer. Estar a solas, con aquella mujeres, hizo que un poco de su ira y frustración se escapasen.
—Él busca la manera de ganarse el dinero, como todos los demás.
—¡Pues se gana el dinero a costa del sufrimiento de otras personas! ¡¿Es que no lo entiendes?!
—¡¿Te crees que no lo entiendo?!— vociferó la mujer, para después volver a recobrar la compostura apaciguada y serena que la caracterizaban. Dio un par de pasos hacia su derecha y tomó asiento en un pequeño taburete. —Yo fui vendida de pequeña. Era huérfana y andaba por las calles mal alimentada. Un hombre, como Argos, me trajo hasta aquí y me vendió por unos cuantos dracmas. Lo mismo les ha ocurrido a todas mis compañeras, incluso a Lexi y Xena. No somos ciudadanas, ni tampoco mujeres completas. Somos esclavas.
—¿Y como... puedes hablar con tanta tranquilidad sobre ello? —quiso saber Diana, con una impresión en el cuerpo que la dejaban sin palabras.
—Tú has sido una mujer afortunada ¿Verdad?
—No escogería precisamente esa palabra.
—Yo creo que sí. Una vida en una isla pequeña, apartada. Una infancia tranquila, una familia perfecta, un marido que trae dracmas a casa...
—No exactamente.
—Pero, en cualquier caso, no has sido esclava —concluyó. —Cuando no tienes una familia o estas perdida, cualquier medio de subsistencia es bueno. Lo que más importa en esta vida, muchacha, es sobrevivir —explicó con claridad. —Yo me gano el dinero abriendo las piernas, Argos se gana el dinero vendiendo a mujeres y estoy segura de que todos los que no son como tú, los que tienen problemas en su vida que resolver, se ganan la vida como pueden. Cuando tienes hambre y necesidad, todo se reduce en tú contra alguien más. Y siempre quieres ganar, siempre. —prosiguió —Nadie quiere hacerle una visita demasiado pronto a los dioses.
—¿Qué quieres decir?
—Lo que quiero decir es que así es la vida, mujer. Solo los afortunados no tienen que mancharse las manos. Los desafortunados somos quienes hacemos el trabajo sucio para subsistir, nos guste o no.
—Eso no es excusa —se encaró Diana. —No somos animales, somos más listos. No todo se puede reducir a... ver quien es el primero que le destruye la vida a otro a cambio de dracmas. Siempre habrá algo más que se pueda hacer. Los dioses son misericordiosos.
—Los dioses... hace demasiado tiempo que nos abandonaron.
—¿Y qué me dices de los héroes? De los campeones de los dioses. Si nos hubiesen abandonado, no seguirían proclamándose campeones cada varios años. Son elegidos por los dioses para salvarnos de las penurias.
—¿Y que penurias son esas? ¿Monstruos? ¿Criaturas feroces que habitan por toda Grecia? Esas sólo atacan a quienes tienen cerca. El hambre nos ataca a todos.
—Pues estoy segura de que los dioses actuarán pronto a nuestro favor. Esto no puede seguir así. Gente como Argos... debe dejar de existir —sentenció con decisión.
—Definitivamente él tenía razón. Eres muy interesante.
Perseida se negó a seguir debatiendo. Argos le había encargado una tarea y su deber era cumplirla, de manera que invirtió, en principio, todo el recorrido del sol hasta que apareció la luna, en tiempo de enseñanza. Rápidamente, la mujer comprendió que Diana apenas comprendía nociones básicas de seducción. Mientras a la chica le parecía de lo más vergonzoso aprender a seducir a un hombre para su propio beneficio, Perseida sintió que instruirla en dos días era tan imposible como que nevase en verano.
La mujer no tuvo reparos en enseñarla a caminar de forma sugerente, a emitir un tono de voz dulce, a complacer con sonrisas y chistes e incluso a acariciar a los hombres para tentarles. Diana tuvo que dar gracias a los dioses de que Argos no estuviese allí. Practicaba usando a Perseida como objetivo, y si las viese a ambas en una actitud tan íntima... se sentiría la persona más humillada de Macedonia.
Cuando cayó la noche, Perseida se sintió lo bastante cansada como para continuar. Diana lo agradeció. Mas, cuando se encontró de nuevo sola en aquel burdel, decidió que era hora de despejarse. No tenía más lugar al que ir que al navío, de manera que rehízo los pasos que la llevaron hasta el burdel aquella mañana y se encaminó hacia el puerto.
Al llegar, pudo comprobar como algunos hombres de la tripulación cargaban cajas hacia el interior del navío, mientras que otros pescaban y los demás se preocupaban en reparar las partes del barco que lo necesitasen. Argos, por su parte, se encontraba bajo la rampa que lo separaba de su preciado navío, manteniendo una conversación amistosa con aquel hombre, Jorato. Perseida había tenido la oportunidad de hablarle más de él: se trataba de un metomentodo, un hombre de negocios que acostumbraba a meter sus narices en todas partes, buscando una oportunidad de negocio. Por tanto, no era de extrañar que estuviese tan curioso de los planes de Argos en la polis. Sin embargo, lo peor de él eran sus asquerosos gustos. Gozaba con la compañía de hombres y mujeres a la par, obligándoles a tomar prácticas de lo más dolorosas y humillantes junto a él. De ahí a que, al verle, sintiese nauseas. La hetera ya se lo había avisado y aquel iba a ser un tipo duro con el que tratar.
—¡Oh, mira quien viene por ahí! Mi querida Lírida —avisó Argos. Su teatro le produjo asco.
—Tan encantadora como cuando el sol la ilumina, por lo que observo —aseguró Jorato.
—Ya le he comentado a nuestro amigo mercader que mañana vamos a pasar un gran día en el burdel, como despedida de esta ciudad —explicó. —Con el deber siempre hay lugar para el placer ¿Verdad?
—Por supuesto que sí, amigo mío —alegó más ansioso que alegre.
—Pues entonces, hasta mañana. Nosotros tenemos que descansar —. Con una despedida de manos, Jorato desapareció rumbo al ágora, dejando a la pareja sola... y asqueada. —¿Has aprendido algo? —preguntó Argos, cambiando su tono de voz, anteriormente falso, a uno totalmente serio, típico de él.
—Perseida se pregunta por qué no la has contratado a ella para hacer esto, en vez de usarme a mí.
—¿A caso no está claro? Perseida cobrará su tarifa cada vez que requiera de su experiencia, mientras que contigo no volveré a pagar ni un solo dracma —. Aquella información hizo que Diana apartase el rostro, frustrada. Esclava, eso es lo que era.
—¿Es que todo lo que te importa es el dinero, asquerosos bastardo?
—El dinero es lo que me hace sobrevivir, así que sí —contestó sin más. —Y deja de usar esa sucia lengua que tienes para insultarme. Recuerda que heriste a uno de mis hombres, que me humillaste en mitad de Atenas y que me hiciste perder dracmas —la señaló con severidad. Diana le contestó con una mirada cargada de ira, afilada.
—Eres un miserable —terminó por decir, para después subir por la pasarela hacia el navío. —Y Perseida quiere que le pagues también por esto —concluyó. A aquel paso, presintió, iba a volverse loca.
—Argos, Argos, Argos... siempre con sus planes.
—¡¿Planes?! ¡Me ha destrozado la vida! ¡A mi y a todas las mujeres de Serifos! —le recriminó con los ojos húmedos. Estaba cansada y dolida, y en ningún momento se había permitido desfallecer. Estar a solas, con aquella mujeres, hizo que un poco de su ira y frustración se escapasen.
—Él busca la manera de ganarse el dinero, como todos los demás.
—¡Pues se gana el dinero a costa del sufrimiento de otras personas! ¡¿Es que no lo entiendes?!
—¡¿Te crees que no lo entiendo?!— vociferó la mujer, para después volver a recobrar la compostura apaciguada y serena que la caracterizaban. Dio un par de pasos hacia su derecha y tomó asiento en un pequeño taburete. —Yo fui vendida de pequeña. Era huérfana y andaba por las calles mal alimentada. Un hombre, como Argos, me trajo hasta aquí y me vendió por unos cuantos dracmas. Lo mismo les ha ocurrido a todas mis compañeras, incluso a Lexi y Xena. No somos ciudadanas, ni tampoco mujeres completas. Somos esclavas.
—¿Y como... puedes hablar con tanta tranquilidad sobre ello? —quiso saber Diana, con una impresión en el cuerpo que la dejaban sin palabras.
—Tú has sido una mujer afortunada ¿Verdad?
—No escogería precisamente esa palabra.
—Yo creo que sí. Una vida en una isla pequeña, apartada. Una infancia tranquila, una familia perfecta, un marido que trae dracmas a casa...
—No exactamente.
—Pero, en cualquier caso, no has sido esclava —concluyó. —Cuando no tienes una familia o estas perdida, cualquier medio de subsistencia es bueno. Lo que más importa en esta vida, muchacha, es sobrevivir —explicó con claridad. —Yo me gano el dinero abriendo las piernas, Argos se gana el dinero vendiendo a mujeres y estoy segura de que todos los que no son como tú, los que tienen problemas en su vida que resolver, se ganan la vida como pueden. Cuando tienes hambre y necesidad, todo se reduce en tú contra alguien más. Y siempre quieres ganar, siempre. —prosiguió —Nadie quiere hacerle una visita demasiado pronto a los dioses.
—¿Qué quieres decir?
—Lo que quiero decir es que así es la vida, mujer. Solo los afortunados no tienen que mancharse las manos. Los desafortunados somos quienes hacemos el trabajo sucio para subsistir, nos guste o no.
—Eso no es excusa —se encaró Diana. —No somos animales, somos más listos. No todo se puede reducir a... ver quien es el primero que le destruye la vida a otro a cambio de dracmas. Siempre habrá algo más que se pueda hacer. Los dioses son misericordiosos.
—Los dioses... hace demasiado tiempo que nos abandonaron.
—¿Y qué me dices de los héroes? De los campeones de los dioses. Si nos hubiesen abandonado, no seguirían proclamándose campeones cada varios años. Son elegidos por los dioses para salvarnos de las penurias.
—¿Y que penurias son esas? ¿Monstruos? ¿Criaturas feroces que habitan por toda Grecia? Esas sólo atacan a quienes tienen cerca. El hambre nos ataca a todos.
—Pues estoy segura de que los dioses actuarán pronto a nuestro favor. Esto no puede seguir así. Gente como Argos... debe dejar de existir —sentenció con decisión.
—Definitivamente él tenía razón. Eres muy interesante.
Perseida se negó a seguir debatiendo. Argos le había encargado una tarea y su deber era cumplirla, de manera que invirtió, en principio, todo el recorrido del sol hasta que apareció la luna, en tiempo de enseñanza. Rápidamente, la mujer comprendió que Diana apenas comprendía nociones básicas de seducción. Mientras a la chica le parecía de lo más vergonzoso aprender a seducir a un hombre para su propio beneficio, Perseida sintió que instruirla en dos días era tan imposible como que nevase en verano.
La mujer no tuvo reparos en enseñarla a caminar de forma sugerente, a emitir un tono de voz dulce, a complacer con sonrisas y chistes e incluso a acariciar a los hombres para tentarles. Diana tuvo que dar gracias a los dioses de que Argos no estuviese allí. Practicaba usando a Perseida como objetivo, y si las viese a ambas en una actitud tan íntima... se sentiría la persona más humillada de Macedonia.
Cuando cayó la noche, Perseida se sintió lo bastante cansada como para continuar. Diana lo agradeció. Mas, cuando se encontró de nuevo sola en aquel burdel, decidió que era hora de despejarse. No tenía más lugar al que ir que al navío, de manera que rehízo los pasos que la llevaron hasta el burdel aquella mañana y se encaminó hacia el puerto.
Al llegar, pudo comprobar como algunos hombres de la tripulación cargaban cajas hacia el interior del navío, mientras que otros pescaban y los demás se preocupaban en reparar las partes del barco que lo necesitasen. Argos, por su parte, se encontraba bajo la rampa que lo separaba de su preciado navío, manteniendo una conversación amistosa con aquel hombre, Jorato. Perseida había tenido la oportunidad de hablarle más de él: se trataba de un metomentodo, un hombre de negocios que acostumbraba a meter sus narices en todas partes, buscando una oportunidad de negocio. Por tanto, no era de extrañar que estuviese tan curioso de los planes de Argos en la polis. Sin embargo, lo peor de él eran sus asquerosos gustos. Gozaba con la compañía de hombres y mujeres a la par, obligándoles a tomar prácticas de lo más dolorosas y humillantes junto a él. De ahí a que, al verle, sintiese nauseas. La hetera ya se lo había avisado y aquel iba a ser un tipo duro con el que tratar.
—¡Oh, mira quien viene por ahí! Mi querida Lírida —avisó Argos. Su teatro le produjo asco.
—Tan encantadora como cuando el sol la ilumina, por lo que observo —aseguró Jorato.
—Ya le he comentado a nuestro amigo mercader que mañana vamos a pasar un gran día en el burdel, como despedida de esta ciudad —explicó. —Con el deber siempre hay lugar para el placer ¿Verdad?
—Por supuesto que sí, amigo mío —alegó más ansioso que alegre.
—Pues entonces, hasta mañana. Nosotros tenemos que descansar —. Con una despedida de manos, Jorato desapareció rumbo al ágora, dejando a la pareja sola... y asqueada. —¿Has aprendido algo? —preguntó Argos, cambiando su tono de voz, anteriormente falso, a uno totalmente serio, típico de él.
—Perseida se pregunta por qué no la has contratado a ella para hacer esto, en vez de usarme a mí.
—¿A caso no está claro? Perseida cobrará su tarifa cada vez que requiera de su experiencia, mientras que contigo no volveré a pagar ni un solo dracma —. Aquella información hizo que Diana apartase el rostro, frustrada. Esclava, eso es lo que era.
—¿Es que todo lo que te importa es el dinero, asquerosos bastardo?
—El dinero es lo que me hace sobrevivir, así que sí —contestó sin más. —Y deja de usar esa sucia lengua que tienes para insultarme. Recuerda que heriste a uno de mis hombres, que me humillaste en mitad de Atenas y que me hiciste perder dracmas —la señaló con severidad. Diana le contestó con una mirada cargada de ira, afilada.
—Eres un miserable —terminó por decir, para después subir por la pasarela hacia el navío. —Y Perseida quiere que le pagues también por esto —concluyó. A aquel paso, presintió, iba a volverse loca.
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