lunes, 17 de junio de 2019

Las posibilidades de salir victoria se reducían considerablemente con el pasar de las lunas.

Diana había permanecido encerrada en la celda, con las manos y los pies atados e ingiriendo poco alimento de vez en cuando. A su al rededor, el número de mujeres disminuía cada día. El Grifo echaba su amarre cada noche en cada una de las islas que componían toda Grecia, y en todas ellas la chica debía despedirse de algunas de sus acompañantes. Diana nunca bajaba del barco, pero suponía que Argos conseguía venderlas a un buen precio. Jamás olvidaría como todas la miraban justo antes de despedirse, con ojos tristes y rostros resignados. Ninguna llegó a darle las gracias por su acto de valentía, al igual que tampoco se despedían de ella. Quizás, porque todas ellas seguían corriendo la misma suerte a fin de cuentas, y sus ánimos, por tanto, habían desaparecido por completo.

Tuvo días y noches suficientes para pensar en qué hacer. Su vida había sido salvada de puro milagro y gracias a su actitud, pero ¿Sería mejor una vida en el Grifo que una como esclava de algún amo? Pensándolo bien, en ambos casos sería una esclava, pero la actitud tan enigmática y conservadora de Argos no la dejaban intentar adivinar el futuro con claridad. La única conclusión a la que llegaba siempre que le daba vueltas, es que era mejor dejar de intentar salvar su vida por las malas. Estaba claro que la suerte y la mano de los dioses no la acompañaban, por tanto, seguir tentando a Hades acabaría siendo una estupidez. Aunque le iba a costar, decidió que era mejor callar y obedecer en primeras instancias a las órdenes que le diese el capitán. Si aceptaba su destino, tenía que asumir que, llegados a aquel punto, su voluntad iba a estar amarrada quisiese o no. Si complacía a Argos, si conseguía ganar su confianza, aunque le costase años... quizás podría volver a Serifos... algún día.

—Vaya, vaya, vaya —. Tras unos días más de navegación, el capitán se había dignado a bajar a las celdas. A Diana le parecía curioso que apenas lo hiciese. Se preguntó si acaso le causaba remordimientos su acciones y prefería no verle la cara a sus victimas. Por supuesto, con ella aquella hipótesis se desmontaba. —Finalmente, has acabado siendo la única mujer de este barco —. Argos había conseguido vender a todas las mujeres que quedaban aquella misma noche. Dada la oscuridad y la falta de orificios en las paredes, a la chica le resultó imposible saber en que islas habían estado deteniéndose. Definitivamente, había perdido a todas sus compañeras. 
—¿Qué quieres? —preguntó la chica en uno hilo de voz. Estaba cansada. Agotada mentalmente. 
—Asegurarme de que no vas a seguir causando problemas ahora que tu objetivo está más lejos que nunca de cumplirse —contestó. El capitán se dirigió a la celda y la abrió con una de las llaves que traía consigo. Después, entró en el interior y se acuclilló junto a ella. 
—Me tienes en muy alta consideración si crees que con las manos y los pies atados puedo llegar a hacer algo—contestó ella. Ante sus ojos, Argos sacó nuevamente su espada del cinto, para volver a cortar las sujeciones que privaban de libertad a la chica. 
—Te dije que serías una de nosotros. Ya no eres una prisionera —explicó. —Claro que, si vuelves a tentar mi paciencia, volverás a esta celda y te pudrirás aquí —terminó por informar. Rápidamente, se puso en pie y se apartó. El olor allí abajo seguía siendo insoportable hasta para el.
—Claro que volveré, pero muerta. Tus hombres están ansiosos por clavarme sus espadas en el cuello. ¿Crees que no lo se? —preguntó Diana, imitando sus movimientos. Volver a ponerse en pie después de varios días le costó más de lo que nunca habría imaginado. Las piernas le temblaban como las de un ciervo recién nacido, y las rodillas parecieron emitir un chirrido típico de una edad más avanzada a la que ella tenía. 
—Pues te conviene que no lo consigan ¿No crees? —se burló él. 
—¿Vas a darme un arma?
—No.
—Entonces no se como quieres que me defienda de ellos —se cruzó de brazos. Argos chasqueó la lengua.
—Si piensas que las armas son la única forma de defenderte, estás más verde de lo que pensaba —aseguró.
—¿Verde? Perdona mi ofensa, pero creo que no llevo toda la vida preparándome para ser tu sucia esclava en este maldito barco—. Diana sintió verdaderos deseos de escupir a sus pies, pero recapacitó, por una vez, sobre las consecuencias que tendría si lo hacía. Sus malos humos quedaron guardados en su interior, como pocas veces hacía, y el sabor amargo del orgullo herido era peor que nunca.
—¿Que clase de mujer eres tú? —la señaló el capitán con un dedo, aburrido. —Pensaba que sabrías de lo que te hablo —alegó, arqueando una ceja. —Tienes que usar lo que tienes aquí —. Con el mismo dedo con el que antes la había señalado, ahora tocó su pecho, justo a la altura de sus clavículas. —Usa ese temperamento que tienes y esa capacidad para tomar decisiones rápidas para transformar las cosas a tu favor. Conseguirás así lo que quieras. Y si no... te enseñaré. —comentó orgulloso.
—Debes ser el único captor en ese mundo que quiere que su presa sea lista —comentó Diana jocosa, acariciándose las muñecas.
—Te he dicho que ya no eres mi presa, mujer. —bufó. Y entonces, cayó en la cuenta de que ni si quiera sabía como se llamaba. —¿Cual es tu nombre?
—Diana.
—Muy bien, Diana. Te lo repetiré por última vez. Ahora trabajas para mi. Eres una más. Si lo quieres, colabora y si no, te tiro por la borda para que te coman los tiburones. ¿Te queda más claro ya? —Preguntó con tono exasperado, en un tono de voz más bajo que el que había estado manteniendo hasta el momento.  —Y mis hombres no te van a tocar un pelo, no mientras permanezcas cerca y no provoques una guerra en el navío.
—¿Me... estás protegiendo? —Diana no consiguió aguantarse aquella pregunta. La lanzó de forma tan apresurada, que Argos solo pudo abrir los ojos, impresionado, como respuesta. Apenas dos segundos después, esbozó una sonrisa escalofriante. 
—Si crees que protegerte es lo que te espera...

Aquella noche, la chica la pasó limpiando la cubierta del barco con un trapos sucio y varios cubos de agua salada, tan helada como el hielo. Dada la situación, prefería seguir en la celda maniatada que limpiando la suciedad que los marineros aprovecharon para arrojar. Cáscaras de fruta, espinas de pescado e incluso uñas de los dedos de los pies. Cualquier cosa era buena para hacer que Diana siguiese con sus rodillas hincadas sobre el suelo, limpiando más y más. Aquella situación era insoportable. Y al azar la vista y observar a Argos sobre el castillo de popa, sonriendo con malicia, comprendió que aquello no era más que el principio.




 

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