El rumbo ya estaba decidido y fijado. Apenas demoraron, gracias al viento favorable, en interceptar un ancho de ruta bastante previsible por la cual los barcos de Jorato acabarían por pasar. Argos se pasaba los minutos en cubierta, cruzado de brazos y con la mirada fija en la inmensidad, entre Tasos y Lesbos. Los marineros no desperdiciaban un minuto y se las pasaban preparando las lanzas, espadas y escudos: iban a dar por fin un grandísimo golpe que les llenaría los bolsillos de dracmas ¿Cómo no estar ilusionados? Ilusionados y en éxtasis, al borde de la locura.
-Capitán- uno de los marineros volvió a acercarse a Argos quizá por vigésima vez en lo que iba de día -¿Se vislumbra algo en la lejanía?-
-Por los dioses, no- se quejó el capitán -Lo único que se aprecia es que se avecina tormenta- y no se equivocaba, en absoluto. Tuvieron que recoger las velas a toda prisa para que el barco se mantuviese estable, pues los golpes de viento azotaban el barco con tal violencia que los podría alejar con creces del punto de encuentro establecido. Las nubes negruzcas comenzaban a condensarse sobre ellos con un aspecto capaz de aterrorizar al propio Zeus
-¿Será seguro? Asalta el barco si rompe una tormenta- preguntó el marinero
-¿Desde cuando es segura esta vida, Eteocles?- gruñó Argos.
-Tienes razón, capitán. Vuelvo con los muchachos-
-Bien- asintió Argos oyendo los pasos del marinero alejarse. No lo culpaba, ni a él ni a los demás en realidad, de tener el comportamiento digno de un niño pequeño. Ellos también debían estar hartos de ir de aquí para allá secuestrando mujeres a las que no podían tocar para tan solo venderlas y repartirse un botín minúsculo que apenas se gastaban en cuanto volvían a tocar tierra.
La espera, por tanto, se hacía interminable. El constante balanceo de la galera sobre la mar habría revuelto ya el estómago de cualquiera, pero no el del capitán. Estaba tan centrado en otear la fina linea que dibujaba el horizonte que ni siquiera se planteaba el cómo se encontraba su cuerpo ante la creciente bravura del mar. Sabía que en algún momento su paciencia daría frutos... y como la primavera llega cuando Perséfone es libre de los brazos de Hades, llegó el objetivo.
La cubierta se llenó de voceríos y gritos que Diana podría escuchar claramente desde la bodega en la que reposaba, alejada de todo estruendo y peligro. Argos no quería que se magullara más de lo que ya estaba, pero principalmente era porque desconfiaba de que tratase de matarlo en mitad del tumulto que estaba por formarse.
-¡Vamos preparando el velamen!- ordenó, mientras los hombres soltaban las cuerdas. Las telas ondearon y se tensaron ante el golpe del viento que comenzó a empujarlos -¡Armas en ristre!- los marineros dieron un grito de guerra al tiempo que pataleaban en la cubierta -Vamos a hacernos un poco más ricos hoy, caballeros....-
Era inevitable la confrontación. Argos, astuto y buen marinero, había sabido posicionarse a favor de las corrientes y el viento para amenazar al barco mercante sin que este tuviera posibilidad de eludirle sin tener que virar y doblar esfuerzos. El capitán, eso sí, no contaba con la inestable tormenta, pero aquello no hizo más que ayudarle a ser empujado por la mar como un niño que juega con un barco de madera sobre un charco de lluvia: sin resistencia alguna. No hizo falta tan siquiera remar. La guerra llegó sola.
Primero fueron flechas en llamas, como buen estratega. Por lo general hubiesen sido lanzadas hacia cubierta para herir a los marineros o incluso matarles directamente, pero dada la preciosa carga económica que llevaban encima, el capitán decidió que las velas serían un buen objetivo. Las flechas volaron surcando el cielo con dificultad debido al viento, pero alguna logró impactar en las velas del objetivo y poco a poco fueron haciendo su trabajo, impregnándolas de llamas y dejándolas inservibles.
-¡Preparamos el abordaje!- gritó alegre, con una sonrisa en los labios, una vez apreció cómo su estrategia daba resultado y el barco aminoraba la marcha.
Los hombres de Argos bajaron a los remos y posicionaron de esa forma la galera en una posición paralela al barco mercante a la vez que la tormenta empeoraba. No había ni un solo relámpago o trueno viniendo del cielo, pero el viento, la negrura del cielo y la arreciante lluvia que comenzaba se empezaba a volver una molestia.
-¡Muy buenos días! Pese al tiempo- vociferó Argos, saltando de su cubierta a la del barco contrario. Eran hombres de distintas edades, curtidos marineros, pero apenas estaban armados con palos y alguna que otra espada desmejorada -¿Es este un barco espartano el que estoy saqueando?- se mofó -Creía que era un barco mercante-
-¡Atrás, pirata! ¡Déjanos en paz!- se envalentonó uno de ellos, previsiblemente el capitán.
-De acuedo. Lo siento- volvió a mofarse, bajando la cabeza un instante para luego mirarle -¿Pero con quién te crees que estás hablando, viejo?- rió -Si esas palabras sirvieran de algo, no habría maldad ni guerra en este mundo-
-Esto es un barco mercante. Llevamos unos vinos baratos a Lesbos. Por favor, es nuestro sustento- volvió a insistir el hombre
-¡A mi me espera en casa mi mujer y mi hija!- terció un muchacho joven, próximo al capitán del barco mercante.
-Señores, esto es fácil. Sencillo como comer una uva: rendíos. Entregadnos la carga y no tiene por qué pasar nada- negoció Argos mientras sus hombres aún esperaban en cubierta preparados para la batalla. La visión de un puñado de piratas harapientos y rabiosos por un buen combate sangriento hizo que los marineros mercantes se miraran entre sí.
-Debemos defender nuestro trabajo- se reafirmó el capitán.
-¡No!- interrumpió el jovencito, arrojando el remo con el que estaba armado a cubierta -¡Yo no quiero morir y menos por un montón de vino!-
-¡Idiota! Nos van a matar igual ¡Al menos defiéndete!- gruñó el capitán mercante.
-No os voy a matar- inquirió Argos -Si me hacéis caso, no- sonrió de forma encantadora -Ahí atrás véis a mis hombres, que estarán encantadísimos de daros una grata bienvenida si les facilitáis el bañarse en dracmas durante unos días. Si no, también estarán encantados de enseñaros la puerta de entrada al Hades. Dicen que es muy frío en esta época del año- ladeó la cabeza con gesto desagradado.
-Mentiras, mentiras y falacias- se quejó el capitán.
-Tenéis unos minutos para decidir. Esta lluvia me está poniendo de los nervios- se quejó el capitán pirata, empapado ya por completo. Los barcos zozobraban uno junto al otro con violencia -Contemplad vuestas opciones: estáis sin velas en mitad de esta tempestad y acorralados por un grupo de hombres armados...-
-¡Yo acepto!- gritó el joven. Tras él, vinieron otros más.
-De acuerdo ¡Bienvenidos al Grifo! Os dejaremos en tierra una vez los negocios estén cerrados- se alegró Argos
-¿El... Grifo?- se sorprendió el anciano capitán mercante.
-Veo que has oído hablar de nosotros- al oír esas palabras de boca de Argos, el anciano arrojó su arma.
-Empieza por ahí. Nada podemos hacer contra vosotros, alimañas de Poseidón- desfalleció
-Yo que tú no diría esas blasfemias en arta mar- se carcajeó Argos -¡Venga, muchachos! ¡A cargar el vino!- los gritos de júbilo se oyeron por encima de la lluvia y el viento. Argos estaba feliz por haber conseguido tan fácilmente su objetivo y además sin derramar una sola gota de sangre... ¿Pero qué le pasaba al tiempo? Tenía una sensación terrible encogiéndole el corazón. Miró hacia el Grifo y se preguntó cómo estaría Diana, si alguien como ella también estaría sintiendo esa pesadez en el alma como si algo temible estuviese a punto de suceder. Más adelante comprendería que ojalá hubiese estado equivocado ante esas sensaciones...
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