viernes, 28 de junio de 2019

El Abraxas era un buque pequeño, sin apenas decoración y de aspecto ligero. Descansando en el puerto de Mitilene, apenas albergaba marineros que moviesen sus remos ni hombres que cuidasen de su estructura en cubierta. Estaba vacío, desolado, casi tanto como el resto de barcos que allí había. A Diana le pareció curiosa la escena, sobre todo porque, hasta hacía unos momentos, habían estado en un almacén en el que se descargaban numerosas mercancías de uno de los pocos barcos que contaba con algo de ajetreo. ¿Que ocurría allí?
Ilias, el propietario del Abraxas, apenas había dado explicaciones. Se limitó a pedirles que le siguieran si es que verdaderamente necesitaban un barco para salir de Lesbos. Las razones parecieron importarle bastante poco.
—Había recurrido a este hombre porque me dijo esta misma mañana que necesitaba un barco para navegar. Aseguró haber sido capitán de barco durante más de diez años, y eso es justo lo que necesito. Alguien con la suficiente experiencia como para sortear los problemas del mar —explicó cuando detuvo, por fin, su acelerado paso. —Claro que lo que me he encontrado es un borracho con la lengua suelta.
—No sabes con quien hablas ¡Viejo! —gruñó Argos. Apenas podía sostenerse, de manera que, para caminar, Diana había tenido que cederle su agarre a pesar de que, lo que realmente desearía haberle dado, es una buena paliza.
—No le hagas caso, buen hombre. Está así porque... bueno, hemos tenido problemas. Nada que vaya a durar demasiado tiempo —aseguró la chica. Odiaba mentir, sobretodo a gente que no merecía excusas falsas. Pero perder la oportunidad de navegar por culpa de un imbécil que empezaba a ver doble, eso sí que no. Ahora era ella quien iba a aprovecharse de él, y si tenía que obligarle a comportarse para no perder el barco que la llevaría a Serifos, lo haría. —Estará listo en un par de horas. Solo necesita refrescarse —. Al decir aquello, Argos se zafó del brazo de la chica. La poca fuerza que necesitó para hacerlo hizo que trastabillase hacia un lado. Hades, por su parte, no movió ni un sólo músculo para sostenerle.
—Eso espero. La condición que os pondré para llevaros a donde queráis es bastante seria —retomó la conversación Ilias, no sin antes lanzar su mirada hacia su barco. Sus ojos reflejaban una muestra de pena y lástima. —Un problema está asolando a esta isla —comenzó a decir. —Algunas personas, la mayoría, ni si quieran sabe que existe. Pero nosotros, los marineros y mercaderes, llevamos demasiado tiempo sufriéndolo y no podemos hacer más con él.
—¿Que ocurre? —preguntó Hades con un tono demasiado aburrido. Tanto, que Diana temió que Ilias los dejase y buscase a otros polizones con los que tratar.
—Hay algo en la costa, demasiado cerca de la orilla, que está acabando con todos los navíos. No solo los de Mitilene, sino con todos aquellos que vienen aquí a comerciar con nosotros—continuó. —Los barcos acaban destrozados, encallados y varados antes de que lleguen a puerto.
—¿Puede que haya algo en el mar que provoque esos destrozos? Rocas demasiado puntiagudas, un oleaje demasiado bravo en la zona... —enumeró la chica. Desde pequeña, acostumbrada a pescar y jugar en las playas de Jora, había visto alguna que otra vez como los barcos rompían contra las piedras cuando los marineros no atinaban con la dirección.
—Chica, llevo más de cuarenta años correteando por estas orillas y quizá más años que los que tu tienes subido a un barco. Aquí nunca ha habido problemas de esos. Hay algo, algo que está destrozando los navíos y que no es normal.
—¿Un castigo de los dioses? —preguntó Hades alzando una ceja.
—No lo se ni lo quiero descubrir. Los hombres tienen sus teorías, pero yo no pienso poner en juego a mi navío. Hay algunos valientes que deciden zarpar y no han tenido problemas, pero el resto... No, yo no pienso ser de esos —negó con la cabeza. Estaba abrumado, atemorizado por aquel misterio que envolvía a la costa.
—¿Y como vamos a zarpar si hay algo que lo impide? —preguntó Diana con interés.
—Tenéis que descubrir que ocurre para poder hacerlo. No os puedo decir más porque ya sabéis tanto como yo de lo que ocurre aquí.
—Pero eso es... Imposible. ¿Como vamos a resolver un problema que ni vosotros mismos podéis solucionar? —preguntó con desilusión.
—Yo solo me he ofrecido a darle una alternativa a ese borracho. Pensaba que podía tener alguna idea, dada su experiencia. Ahora empiezo a pensar lo contrario —murmuró desagradado, observando como Argos seguía dando tumbos con el ceño fruncido.
—Mentirosos... sois todos unos mentirosos... —murmuraba con la lengua pesada.
—Dudo que no tengas mas información —se quejó Argos. —Si el problema es tan raro, es que algo extraordinario media. Y algo extraordinario no pasa desapercibido para simples humanos como vosotros —aseguró. Ilias no supo como tomarse aquella afirmación. Tragó saliva y dirigió su mirada a Diana, la única que parecía cuerda del grupo.
—Algunos hombres aseguran haber visto a una mujer en las orillas, sobre todo en lo alto de los acantilados. Una mujer que vuela —añadió.
—¡Ja!¡Más misterios! —se carcajeó Argos. —¡¿Es el vino o me estoy volviendo majara?! —Diana le lanzó una mirada asesina. Sentía como el veneno le subía por la garganta poco a poco, amenazando con salir y empaparle la cara a aquel capitán bocazas.
—Lo solucionaré —aseguró Hades, volviendo el ambiente aún más enrarecido de lo que ya estaba. A la chica le extrañó que se incluyese a él solo en los planes, dejándola de lado a ella y al pirata. Pero aún más extraño le pareció que pudiese prometer algo así. —Pero a cambio, tú y tus hombres me llevaréis a donde os pida y sin rechistar. Una negativa y os expropiaré vuestro propio barco —amenazó. Ilias bufó y alzó las manos.
—Como quieras, joven. Los métodos que uses para acabar con el problema no son de mi incumbencia. Si conseguís resolverlo, podréis encontrarme en los almacenes o en cubierta. Hasta entonces, buena suerte —se despidió. El hombre se marchó a paso rápido del lugar, lo que llevó a Diana a pensar que ella haría lo mismo si estuviese en la misma situación.
—¿De verdad puedes solucionar un problema que no conoces? —preguntó curiosa.
—Sí lo conozco —aseguró. Después se volvió y la miró a los ojos —Y sí puedo.

Diana no hizo más comentarios mientras cruzaron el ágora de Mitilene, ni si quiera cuando lo dejaron atrás y comenzaron a subir por una de las colinas más altas que su vista alcanzaba desde su posición en la isla. Bastante tenía ya con soportar a Argos, a quien arrastraba del brazo cuesta arriba, como para hacerse preguntas que Hades no iba a responder. De hecho, ni si quiera sabía por qué estaba cargando con Argos aún. ¿Si Hades podía resolver el problema, por que necesitaban al pirata? Cuanto más lo pensaba, más enfurecida se ponía.
—¿Qué haces aquí, Diana? —preguntó de repente Hades. Caminaba un par de pasos por delante de ella y no se giró para mirarla.
—¿A qué te refieres? —preguntó, dando un último jalón al brazo de Argos después de que este se detuviese balbuceando en mitad del camino.
— Me refiero a por qué estás aquí y ahora —explicó de forma enigmática.
— Porque este borracho apareció en Jora y secuestró a todas las mujeres jóvenes para venderlas como esclavas. A mi no me vendió. Decidió quedarse conmigo y usarme para ganar dinero. —explicó con rabia.
—Y aquí sigues.
—¿Como no? ¿A caso tengo opción de huir? Fuiste tú quien dijiste que era mejor seguirte.
—Creo que no entiendes lo que quiero decir —se limitó a contestar. —¿Nunca te has preguntado por qué estamos en cada lugar cada día? ¿Qué es lo que nos lleva a vivir nuestra vida de forma distinta?
—¿Te refieres al... destino? —preguntó insegura.
—Exactamente.
—Pues no sabría decirte... Nunca me he considerado una mujer con un destino claro. Los dioses... —suspiró. —Los dioses me han dejado de lado desde que nací —. Esta vez Hades giró el rostro para mirarla. Sus ojos lucían serios, brillantes y de un color verde oscuro que hacía juego con el total de su aspecto, sombrío y lúgubre.
—¿Por qué piensas tal cosa?
—Porque si los dioses se fijasen por un sólo día en mi, no estaría aquí. Estaría en Serifos, tranquila, con mi padre. Estaría pescando seguramente, y por la noche, mi padre me reprendería por no haber estado en casa para cumplir con mis labores —sonrió de forma triste. —Antes pensaba que era una desgraciada por ser distinta, por pensar de forma diferente y ser inconformista. Ahora me doy cuenta de que esa vida no estaba tan mal... si la comparamos con la de ser una esclava. —musitó. Argos tropezó y cayó al suelo con el trasero. Estaba demasiado ebrio y el calor empezaba a hacer mella en su estado. Balbuceaba sin parar y parecía no ser consciente de lo que hacía. —Pero ¿Cuanto ha bebido el desgraciado?
—¿Te ha tratado mal? —preguntó Hades, deteniéndose. Diana no pudo adivinar que lanzaría aquella pregunta, de manera que se sintió extraña y confusa. ¿Se estaba preocupando por ella?
—Sí —afirmó. —Pero no pienso volver a ser esclava de nadie. Nunca más. —gruñó. —Si por mi fuera, iría a buscar a todas las mujeres a las que malaka vendió como esclavas. Me encantaría poder volver a casa, con ellas. Así en Serifos pensarían bien de mi.
—¿Te importa lo que los demás piensen de tí? —aquella pregunta sonrojó a la chica. Por un momento, sintió que el hombre estaba ahondando demasiado en su interior, de forma que carraspeó y recobró la compostura.
—¿A quien no? —concluyó. —El único que no me importa es este —señaló a Argos. —Te juro que no entiendo por qué estamos cargando con él. Deberíamos dejarle aquí tirado a su suerte. ¡Que se las ingenie él para salir de Lesbos!
—Yo le necesito —afirmó Hades.
—¿Tú? ¿Por qué?
—No es de tu incumbencia. Cuando vuelvas a Serifos, podrás olvidarte de él. Además, puedes agradecerle el hecho de que hayamos encontrado a un hombre dispuesto a cedernos un viaje por el Egeo —comentó con un tono que a la chica le pareció seriamente sarcástico.
—Pues si no tiene nada que ver conmigo, carga con él tú.
—¡Yo no... no quiero nada con ese... ese hombre! —aseguró Argos, intentando ponerse en pie. —Yo voy a navegar... solo... Y volveré a recuperar mi gloria.
—Oh, por todos los dioses... —Diana, exasperada, se acercó al pirata para sostenerle la mano y ayudarle a ponerse en pie. Cuanto antes solucionasen el problema, antes sus vidas se separarían. Lo que no esperó es que el pirata se abalanzase sobre ella y la rodease en un abrazo.
—Diana, Diana, Diana... Tienes un culo estupendo —. La chica sintió como su mano se acercaba peligrosamente hacia su trasero por encima del clámide. Pero no, no iba a tocarla.
El estallido contra la piel de Argos asustó a los pájaros que revoloteaban por los árboles cercanos, haciéndolos volar en huida. La palma de la mano de la chica estaba roja, pero no tan roja como lo estaba la mejilla del pirata. Ahora, junto con su aún fresca cicatriz en el rostro, su cara parecía la de una fruta magullada.
Tan inesperado fue el bofetón, que Argos dejó a un lado la embriaguez y consiguió recobrar un poco de razón.
—Me has... Me has dado un bofetón —comentó incrédulo y aturdido.
—¡Dioses! ¡Y no sabes lo a gusto que me he quedado! —sonrió ella con el corazón acelerado. Sin decir más le dejó ahí para ponerse a la altura de Hades. —¿A donde vamos, entonces?
—En dirección a lo alto de los acantilados más cercanos a la costa —respondió Hades, impasible ante la escena que había contemplado.
—¿Por qué? ¿Veremos el problema desde allí? —preguntó curiosa.
—Es posible. Desde allí veremos a la arpía.

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