jueves, 20 de junio de 2019

Todo el peso y fuerza de Diana fue a parar, primero, sobre Perseida. La hetera tuvo tiempo de lanzar un alarido de terror y de agarrar el brazo de la chica justo antes de que la aguja se le clavase de lleno en la garganta, provocando que ambas cayeran al suelo con estrépito. Como consecuencia del ataque de la enfervorecida serifesa, el lugar montó en caos. Las prostitutas y los clientes que allí había empezaron a gritar y a tratar de salir del lugar, impiendo a Argos acercarse de manera efectiva. Los marineros del pirata, que por igual estaban dentro ocupados con sus propios quehaceres, tampoco sabían cómo actuar sin las órdenes concretas de su capitán. Se mantuvieron allí con la mano apoyada sobre el mango de la espada mientras que su líder se abría paso a empujones de los asustados presentes.
-¡Detente, loca!- gritó Perseida, perdiendo las fuerzas. Bien se podía apreciar que Diana precisamente no estaba cincelada en músculos como una estatua de Adonis, pero sin duda, tenía más fuerza que la hetera tras una larga y tormentosa vida de pesca y trabajo bajo el sol al contrario que Perseida.
-¿¡Loca, yo!?- se enfureció aún más la joven que, con un grito de guerra naciendo de lo más profundo de su garganta, consiguió vencer la resistencia de Perseida al empujar con fueza. Por suerte para la hetera, consiguió en el último momento desviar el brazo de la joven y la aguja fue a parar al suelo, donde se clavó con un seco "tac" que hizo estremecer a Perseida con sólo imaginar cómo habría acabado la situación de haberse clavado en su cuello con semejante fuerza.
-¡Suficiente!- gritó Argos, que por fin llegó hasta la chica. Agarró a Diana desde la retaguardia, por debajo de los hombros, y tiró de ella con fuerza para sacarla de encima de la hetera. Diana no se dejó arrastrar con fuerza, sin embargo. Agarrando la aguja con fuerza, el tirón Argos la ayudó a desprender el arma del suelo, favoreciéndole el movimiento del pirata para girarse sobre sí misma y lanzarle un feroz ataque al hombre que la hizo prisionera. Argos tuvo reflejos dignos de Hermes para apartarse al ver el movimiento de Diana, pero de forma inevitable el ataque de la chica le alcanzó en el rostro. La punzante y ensangrentada aguja le repasó la mitad de la mejilla hasta el ojo y más allá, cruzando la ceja en foma diagonal hasta la frente. En un abrir y cerrar de ojos el rostro de Argos se llenó de sangre ante el leve pero profundo corte que la chica le había infligido. El hombre se palpó el rostro, que sentía caliente y pegajoso, para luego mirarse la mano. Luego, su mirada pasó a Diana, que le miraba con Las Furias naciendo en sus ojos -Por Hades ¿Qué estás haciendo, mujer?-
-Creo que está bastante claro- contestó, simplemente, mientras su mano goteaba sangre.
-¿A qué viene todo esto? Contesta-
-¡Deja de hablar como si fuese yo la que está equivocada!- tronó -¡Como si fuese yo, como dice esta mala puta, la que está loca aquí!- sin mediar más palabra que esas voces, se lanzó de nuevo contra Argos. Esta vez, sin embargo, no le cogió con la guardia tan baja. Tal y como hiciera noches atrás en el Grifo, se apartó del camino de la chica, la agarró del cuello con una mano y con la otra el brazo armado, procediendo después a arrojarla contra el suelo con toda su fuerza para ponerse sobre ella e inmovilizarla. La joven peleó tanto como le permitían las fuerzas, pero caer sobre su espalda malherida y la situación en sí misma la hizo verse superada. Por más que agitaba el brazo, no podía con la fuerza del hombre que la retenía. Luchó y luchó, forcejeó y gruñó hasta que los propios músculos de su cuerpo se vieron rendidos y vencidos, doliéndole más y más cada movimiento hasta verse obligada por su propia humanidad a detenerse. Tal era la rabia y la impotencia que dos lágrimas como estrellas cayeron por sus mejillas sonrojadas y salpicadas de sangre. Esas lágrimas sin embargo no eran más que veneno, un veneno superior al de la propia Hidra de Lerna. Argos la creía oír sisear como una sierpe. Sus cabellos extendidos por el suelo, desmelenada y enmarañados como un nido de serpientes. El odio reflejado en sus ojos -Te juro por los dioses que voy a matarte, Argos. A ti y a tu puta- dijo como poseida por los perros del Hades
-Dime qué ha pasado- el hombre trató de hablar con calma y comprensión. Algo malo había sucedido, estaba claro. Y la culpa estaba empezando a comerle por dentro.
-Sabes lo que ha pasado. Tú y esa maldita zorra le habéis dado permiso para haer lo que quiera, conmigo y con las otras dos- gruñó
-¿Permiso para qué?- se extrañó Argos
-Para jugar, para torturarnos, para mutilarnos ¡Para hacer de nosotras unas muñecas de sacrificio que ni siquiera el propio Ares aceptaría por pura repugnancia! Y tú, junto a ella, sois tan monstruos como él- y escupió en el rostro de Argos, que no daba crédito a lo que oía.
-¿Mutilaros...?- Argos miró a Perseida, aún sentada en el suelo, derribada, contemplándoles.
-¿¡Vas a decirme que no lo sabías!?-
-Sabía que era un pervertido pero...- Argos estaba realmente sorprendido
-Quita de encima ¡Apártate y no me toques más! ¡Que nadie me toque! ¡POR ATEMISA QUÍTATE DE ENCIMA!- vociferaba desesperada y furiosa como Argos nunca había visto a una mujer. El hombre obedeció y la soltó, no sin antes quitarle la aguja de la mano
-Llevadla al barco- ordenó a los hombres que seguían cerca
-¡Que nadie me toque!- reiteró la chica, poniéndose en pie con agilidad felina pese al dolor de la espalda
-Y que nadie la toque- ordenó Argos. Las miradas del capitán y la esclava se cruzaron una vez más. Un enorme pesar mordió el corazón del hombre. Sólo quería información, un juego sencillo para un tipo que parecía fácil de seducir... pero ahí arriba habían sucedido cosas que él no esperaba, estaba claro. Cuando Diana marchó escoltada por los marineros, el ambiente de calma y silencio regresó de forma abrupta al burdel, donde solo quedaron él y Perseida.
-Dioses...- dijo la mujer con los ojos llenos de lágrimas -Está loca... Esa chica tuya está completamente loca...-
-Perseida...- Argos la llamó extendiendo la mano hacia ella. La mujer se levantó y corrió dramáticamente hacia sus brazos. Argos la sostuvo cuando llegó hasta él y le acarició el cabello con delicadeza.
-Oh, Argos... Qué miedo...-
-¿Hay algo que no me has contado de ese tipo?- preguntó de pronto y ella apartó el rostro del pecho del hombre para mirarle a los ojos.
-N-no... Osea, él...-
-¿Qué le ha hecho a Diana y a las otras dos prostitutas, Perseida?-
-Nada, Jorato solo es un poco más pervertido de la media...- Argos no la dejó concluir porque la agarró del cuello y la estampó contra la pared.
-¿¡Qué demonios ha pasado ahí arriba, Perseida!?- tronó con la furia de la tormenta. La mujer trataba de zafarse tirando de la mano dura y encallecida del pirata, pero no podía contra él.
-Argos...- dijo con la voz rota por la asfixia -Por favor, escúchame...-
-No voy a darte otra oportunidad de hablar. Ya me conoces- dijo, soltándola. Perseida tosió de forma violenta ante la liberación de su garganta y acabó por dejarse caer contra la pared nuevamente, mirando a Argos con ojos acuosos mientras luchaba por respirar de forma agitada.
-Jorato... Jorato es un monstruo envilecido... ¿De acuerdo...?- tosió -O era, a juzgar por el aspecto de esa monstuo tuya...- Argos dio un puñetazo junto a su rostro a la pared, como advertencia de que no se desviara del tema. La hetera se estremeció.
-¿Qué les hizo?-
-Si hizo lo de siempre... Oh... Seguramente la chica no volverá a sentarse en semanas o meses, no sin lloar de dolor... Y esa espalda no sanará con rezos a los dioses en el templo de Asclepio...-
-Concreta mujer, no juegues con mi paciencia-
-Jorato era temido en este lugar, Argos. Temido porque no han sido pocas las chicas que han aparecido muertas tras sus visitas. Dioses, el fondo marino de la bahía está sembrado con cadáveres de mujeres hermosas como pocas y todas por su mano- explicó por fin.
-¿Estás diciéndome que mandé a Diana a espiar a un loco asesino y no me dijiste nada? ¿A una chica inexperta en el arte de la seducción a la que te confié?- gruñó de nuevo, sintiendo cómo le quemaba la sangre.
-Una esclava, a fin de cuentas. Interesante como decías, con ideas absurdas sobre la heroicidad y la justicia- suspiró pesadamente -Una niña dentro del cuerpo de una mujer. No tiene ni idea de cómo funciona el mundo Argos. Era carnaza, un peso muerto y por la que no podía tolerar que me ignorases- el hombre frunció el ceño y entornó la mirada ante esas palabras
-¿Qué...?-
-¿Crees que no os conozco? ¿A los hombres? Es tu nuevo capricho ¿Verdad que sí? Sí, lo es. Una jovencita de piel acariciada por el sol, castigada por Apolo, incluso. Sus pequitas, sus manchitas, su pelo descuidado... Cuántas fantasías pasarán por tu cabeza, Argos, incluso teniendo tan poca carne como un hueso roído por un perro. Artes de seducción para una esclava tan joven que con algo de buena alimentación puede convertise en una muchachita muy bella... Sí, ya, para espiar y sacar beneficios de ricos ansiosos de sexo y con la lengua suelta...- dijo friamente Perseida.
-¿Lo tenías pensado? ¿Que le hicieran daño?- quiso saber el pirata
-Por favor- se cruzó de brazos -Llevo toda la vida siendo montada por hombres como una yegua de trapo expuesta a sementales. Daño les hacen a todas Argos, tu chica, esa enclenque, no lo soportaría jamás. Básicamente tú me pediste que le hicieran daño al pedirme que le enseñara a tratar con hombres como Jorato- tras las palabras de Perseida, Argos mantuvo el silencio y la miró intensamente a los ojos.
-Celos- dijo finalmente el pirata -Te sientes celosa de Diana-
-Nunca me has ignorado Argos, hasta que apareciste con ella- se excusó Perseida. Ante esa afirmación indiecta, el hombre la miró de arriba abajo.
-Entonces eso podemos arreglarlo- sonrió y ante su sonrisa, Perseida sonrió. Una mano de Argos atrapó el vestido de la hetera y la desnudó despacio de cintura para arriba. Ella dejó escapar un gemido con el tacto de la tela resbalando por su piel a manos de su querido pirata.
-Oh, Argos...- la dura mano del pirata aferró con suavidad uno de los pechos de la mujer para jugar con él suavemente y acabar por apretarlo con fuerza -Oh...-
-¿Esto te gusta...?- preguntó con picardía -¿Es lo que querías?-
-Ah, sí...- gimió de nuevo suavemente al notar la pasión del pirata apretando su cuerpo.
-Entonces ya lo tienes... ¿Me darás tú lo que yo quiero?- inquirió
-Todo cuanto desees...- le sujetó ella la cara, acercándose a él, susurrándole con deseo -Todo. Olvida a cualquier otra, yo puedo darte cuanto me pidas-
-Sí... solamente tú puedes darme lo que quiero ahora mismo- añadió pícaro y con voz ansiosa
-Tómame entonces por completo. Toma lo que desees- casi suplicó la mujer.
-Bien...- acabó sonriendo Argos. Al hacerlo, el sabor de la sangre algo más seca de su rostro le alcanzó la boca. Un sabor amargo que le impulsó aún más a tomar lo que quería en ese instante: la vida de Perseida. El silencio opacó los suspiros y jadeos de la mujer cuando la espada la atravesó de lado a lado. Los ojos de la hetera, brillantes, perdieron lentamente el foco en la mirada de Argos. Después, cayó el suelo con un enorme peso muerto y su torso desnudo empapado de sangre -Púdrete, serpiente rastrera...- maldijo, dejando a solas el cadáver.

Antes de marcharse, impulsado por la sed de conocimientos, Argos subió al piso superior. Encontró allí el cuerpo sin vida de Jorato y el horrible espectáculo de tortura que había montado: había sangre por todas partes y el látigo que había estado usando seguía allí, a un lado, manchado con la huella del delito -Dioses... Pobre Diana- dijo para sí, tomando el látigo entre sus manos y guardándoselo en el cinto. Entonces, decidió salir. Fuera aún había prostitutas y clientes curiosos por recibir una señal para volver a entrar ya que vieron a la atacante salir escoltada por varios hombres. La imagen manchada de sangre de Argos tampoco fue muy animosa para ellos, que se diga. El pirata buscó con la mirada a una prostituta que le sonase de ocasiones anteriores y se acercó a ella -Mila- dijo tomándola por el hombro al alcanzarla. Se acercó a su oído para hablar -Dentro hay dos cadáveres. Ambos reconocibles, seguro- susurró -Ocultadlos o enterradlos en cualquier lugar, pero que nadie sepa de sus muertes en, al menos, una semana- ordenó.
-¿Dónde está Perseida?- preguntó la chica. Argos, ante su pregunta asustada, le apretó el hombro, amenazante.
-Haz lo que te digo. Me enteraré si os vais de la boca, por lo que entonces volveré. Y creeme, bonita, si te digo que no os gustará a ninguna recibir de nuevo una visita del Grifo en Macedonia ¿Queda lo bastante claro?- la chica asintió -A cambio...- relajó el tono -Prometo que no volveremos a pisar esta ciudad ni el burdel. No volveréis a vernos aquí. No os molestaremos nunca más si haces lo que te pido y no nos causas problemas. Tras una semana, me da igual si denuncias la muerte de esos dos ¿Trato?- la prostituta no tardó en asentir -Bien- le soltó el hombro y le dio una suave palmadita en el brazo -Cuidaos mucho- pidió antes de dejar atrás el burdel, volviendo al Grifo. Era hora de irse de allí de una vez por todas, pues allí solo les aguardaba muerte.

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