Hacía ya rato que Diana había decidido mantenerse alejada de la disputa que sobre su cabeza se llevaba a cabo. Apenas habían pasado unos días desde lo sucedido en Macedonia, y ver nuevamente sangre, era algo que aún no sabría como digerir. Tampoco deseaba formar parte de los planes de Argos. Su estancia en el Grifo había pasado a ser la de una mujer que luchaba por huir, a ser la de una que peleaba con uñas y dientes por no hacer lo que el capitán le ordenase. Y así deseaba que siguiese siendo.
Los gritos, los quejidos y el choque del acero de las espadas, habían inundado sus oídos durante largos e insufribles minutos. Aunque no lo quería, su mente había imaginado la escena como si ella misma estuviese presente: golpes dolorosos, cuerpos sobre el suelo y decenas de trozos de madera de barco esparcidos por doquier. Jamás había estado en una guerra y no estaba segura de querer volver a formar parte de una semejante.
Por ello, cuando los ruidos se apaciguaron y el choque de las gotas de lluvia contra la cubierta fue lo único que los oídos pudieron percibir, Diana se puso en pie. Salió de la celda con tranquilidad, abrigándose bajo el clámide que, finalmente, se había resignado a vestir para poder sobrevivir al frío. Subió las escalerillas agarrándose a la madera para no caer ante los zarandeos de la ventisca, para finalmente abrir la escotilla sin temer a llevarse un golpe. Primero asomó la cabeza. Con un simple vistazo, y a pesar de la oscuridad que reinaba, pudo comprender que la pelea había finalizado. Los hombres de Argos estaban tranquilos, cargando al Grifo numerosas cajas llenas de ánforas de vino del barco que había justo al lado. Cuando terminó de subir y puso los pies en cubierta, pudo fijarse en que los piratas no solo estaban quedándose con la mercancía, sino que también instaban a los marineros del barco mercante a unirse. Al azar la vista y comprobar que el velamen del barco mercante estaba casi calcinado, adivinó que, sin el Grifo, aquellos hombres estarían perdidos.
—¿Un acto bondadoso para limpiar tu mala conciencia?—preguntó Diana cuando Argos pasó por su lado, cargando un enorme ánfora recién sacada de la bodega. Sus dientes brillaban bajo su enorme sonrisa, que hacía que la cara se le llenase de pequeñas arrugas que avecinaban una pronta vejez. Sin embargo, no había ni un ápice de desgraciadas facciones en su rostro. Todo cuanto le rodeaba, era prácticamente perfecto. ¿Desde cuanto la belleza se había relacionado con el éxito?
—¡Tenemos todo lo que queremos! ¿Por qué dejar a estos hombres a su suerte, entonces? —respondió sin apartar aquella sonrisa satisfecha. —Nuestro trabajo aquí ha terminado. Ellos ya no tienen nada que ver.
—No te entiendo, Argos —murmuró la chica. En su mente, el Argos que vendía mujeres chocaba con el que perdonaba la vida a inocentes. ¿A que sucio juego estaba jugando?
—No quieras hacerlo —respondió finalmente, antes de marcharse y seguir con su tarea. Ella lo observó marchar. Cada vez que pasaba junto a uno de sus hombres, vociferaban juntos y exclamaban el éxito que acababan de tener en el abordaje. Eran un equipo... un equipo de miserables ladrones.
Incapaz de volver a sumirse en la oscuridad de la celda, decidió permanecer en cubierta a pesar de que la lluvia ya la calaba hasta los huesos. Los marineros del barco mercante la miraban con extrañeza, quizás, preguntándose cual era el destino de una mujer en un barco de piratas. Mientras algunos la observan curiosos, otros le lanzaban miradas de lástima, casi pudiendo adivinar que ninguna mujer en su sano juicio estaría allí por voluntad propia. A cambio, Diana respondía con la misma mirada triste y suplicante... ansiosa de que alguno de ellos pudiese hablar con ella y entenderla. Y entonces, las ideas se agolparon en su cabeza. ¿Y si se escapaba con ellos? ¿Y si conseguía despistar a Argos? Al recordar que el barco que habían dejado destrozado y del que ya empezaban a alejarse, era de Jorato, a la chica se le hizo un nudo en el estómago. Sin embargo, aquellos hombres debían estar tan ansiosos de venganza como ella... ¿Y si se unían temporalmente? Se mordió el labio inferior con indecisión. En un navío como aquel, conversar con los marineros sin que ningún pirata o Argos la oyese, iba a ser demasiado difícil. Frustrada, regresó a la posición que había estado manteniendo. Colocó sus brazos sobre la borda de babor y se dejó caer, observando como la lluvia volvía gris la silueta del navío que se derruía cada vez más en la lejanía. El pelo se le había pegado a la cara y las gotas de lluvia habían empezado a derramarse por su frente como una catarata. Pero... no se quería ir de allí. Era como si algo... la amarrase.
Y entonces lo vio.
Una silueta humana danzando sobre las olas agitadas. Estaba boca abajo, quizás ahogándose o quizás ya muerto. No se movía ni luchaba por sobrevivir... Pero no podía dejarle allí. —¡Hay un hombre! —gritó Diana. No le sorprendió que los marineros siguiesen de cháchara y no le prestaran atención. —¡Hay un hombre en el agua! ¡Se va a morir! —insistió.
—Si está ahí abajo es que Poseidon ya lo ha reclamado —comentó un pirata de mala gana.
—¡¿Y vas a tener tan poco corazón para ni si quiera comprobarlo?! —se acercó Diana a él con violencia. —¡Hay que subirle!
—¡A mi no me gritas, mujer!
—¡Eh! ¡¿Qué esta pasando?! —. Por suerte, Argos descendía en aquel momento del castillo de popa. Estaba tan alerta a los movimientos de los nuevos a bordo, que cualquier griterío lo alertaban.
—¡Hay un hombre en el agua! —repitió la chica. —¡¿Es que no vais a hacer nada?! —. Argos caminó a paso rápido hasta la borda para comprobar que la mujer no mentía. Cuando comprobó que el cuerpo del hombre estaba cerca, meditó.
—Debe ser uno de los hombres del barco de Jorato. Algunos se negaron a venir —explicó. —Los que se niegan a ser atrapados, a veces deciden acabar con sus vidas. —. El hecho de que el capitán afirmase tal cosa, hizo a Diana preguntarse cuantas veces había conseguido el pirata que un hombre hiciese algo así, infundado de miedo y terror.
— Oh, maldita sea —gruñó. Haciendo acopio de fuerzas, apoyó un pie sobre la borda y, con un habilidoso impulso, se colocó sobre ella. Necesitó sujetarse rápidamente a las cuerdas que daban sujeción al mástil, pues el temporal cada vez amenazaba con volverse más bravío. — Voy yo a por él.
— ¡¿Qué?! ¡¿Estás loca?! —gritó Argos, estupefacto por el arrojo de valentía de la chica, que nada le debía a nadie en aquel navío.
— ¡No pienso quedarme de brazos cruzados viendo como ese hombre puede acabar muerto!
— ¡¿Y si ya lo esta?!
— ¡Dormiré tranquila esta noche sabiendo que al menos lo intenté! —replicó con exasperación. Enfrentarse a Argos, cara a cara, era todo un reto. Ambos se mantuvieron la mirada durante segundos, y, finalmente, el capitán chasqueó con la lengua.
— ¡Dadme una cuerda! —ordenó. Los piratas no tardaron en ofrecerle a su capitán lo que éste había pedido. Le ofrecieron un rollo de cuerda gruesa, aparentemente resistente, que Argos no tardó en comenzar a manejar. Alzó los brazos y rodeó la cintura de Diana con la cuerda, realizando nudos y comprobando mediante tirones que ninguno se desharía. — Pesas tan poco que no nos va a costar tirar de ti —la insultó. — ¿Vas a poder con él?
— He podido con cestas de peces casi tan pesadas como un hombre.
— Pues no lo aparentas —insistió en la ofensa. — Esta bien. ¿Sabes que hacer?
— Cojo al hombre y tiráis de mi —adivinó.
— ¿Y como sabes que tiraremos de ti? —sonrió con sorna. Diana le devolvió una mirada de lo más desagradable, de forma que, sin mediar más palabras, se arrojó al mar.
El agua estaba helada, removida y caótica. Las olas impedían que se moviese con agilidad cuando llegó a la superficie tras una primera zambullida. Ignorando la mirada de los hombres que la observaban desde cubierta, buscó con rapidez el cuerpo del hombre que navegaba aún sin rumbo. No tardó en encontrarlo, de manera que puso todo su empeño en nadar hasta a él. Su principal temor fue encontrar un rostro morado o azulado, hinchado y con un aspecto de lo más horrible. Cuanto más se acercaba a él, más inmóvil le parecía que estaba, por lo que sintió que el desenlace iba a ser de lo más fatídico. Sin embargo, cuando llegó hasta el cuerpo y lo alzó, solo vio el rostro de un hombre joven que no debía llevar demasiado tiempo sobre el Egeo. — ¡¡¡Tirad!!! —gritó cuando agarró al hombre bajo las axilas una vez consiguió darle la vuelta. En un primer momento, pensó que la dejarían a su suerte, pero cuando sintió el primer tirón en su cintura, tuvo que admitir que se sintió aliviada.
Subir al hombre al barco fue tarea difícil. Diana necesitó que un pirata la ayudase a subir al hombre, de forma que, cuando la chica consiguió subir y pisar cubierta de nuevo, el cuerpo del hombre yacía sobre la misma en el interior de un círculo de piratas y marineros que no sabían que hacer.
— No es de los nuestros —murmuró uno.
— No me suena su cara —dijo otro en voz baja.
— Está muerto, seguro.
— ¿Como es posible?
La pasividad con la que trataban la situación enervó a la chica, que no hizo otra cosa que empujar a los hombres hasta conseguir entrar en el interior del coro. Y cuando vio al hombre, comprendió por qué los demás estaban tan atónitos. Una enorme herida cruzaba del pecho hasta el estómago, rosada, abierta, pero sin sangre que supurar. Diana no podía imaginar la clase de arma o golpe que había conseguido perforar la piel de aquel desgraciado de aquella manera, pero... Si eso no lo había matado ¿Qué hacía en el mar?
Se colocó de rodillas junto al hombre y posó su cabeza sobre su pecho, el cual estaba desprovisto totalmente de ropa. No le costó sentir unos latidos leves y tranquilos bajo aquella piel. Los vellos se le pusieron de punta y la boca se le secó a pesar de lo húmedo que estaba todo su cuerpo. Aquello debía ser un milagro. — Está... Está vivo —afirmó.
— ¿Como diantres puede estar vivo con esa herida? Está fresca —alegó Argos, que también se acercó al centro de la escena. Diana no contestó. Rápidamente, colocó sus manos sobre el estómago del hombre y comenzó a dar golpes, a insistir con sus palmas en profundizarlas sobre la piel. — ¿Qué estás haciendo?
— El agua que ha tragado saldrá así —explicó la chica, medio ahogada por el esfuerzo. Prosiguió con aquellos movimientos durante unos minutos que le parecieron horas, y cuando la desesperación se apoderó de su talante, cambió de estrategia. Le abrió la boca al hombre y posó sus labios sobre los de él bajo la atónita mirada de los demás. Le traspasó todo el aire que Diana podía albergar en sus pulmones en un total de tres intentos. Después, volvió a golpear su estómago. Y entonces, el hombre se movió. Tosió, escupió agua y abrió los ojos.
Por alguna razón, el corazón de Diana se disparó. Ahora era ella quien estaba exultante, en una mezcla de impresión por lo que había conseguido, así como orgullo y felicidad por realizar todo cuanto su corazón le había dictado que hiciese. Se sentía... estupendamente.
— Tranquilo. Estás a salvo ahora.
Y entonces lo vio.
Una silueta humana danzando sobre las olas agitadas. Estaba boca abajo, quizás ahogándose o quizás ya muerto. No se movía ni luchaba por sobrevivir... Pero no podía dejarle allí. —¡Hay un hombre! —gritó Diana. No le sorprendió que los marineros siguiesen de cháchara y no le prestaran atención. —¡Hay un hombre en el agua! ¡Se va a morir! —insistió.
—Si está ahí abajo es que Poseidon ya lo ha reclamado —comentó un pirata de mala gana.
—¡¿Y vas a tener tan poco corazón para ni si quiera comprobarlo?! —se acercó Diana a él con violencia. —¡Hay que subirle!
—¡A mi no me gritas, mujer!
—¡Eh! ¡¿Qué esta pasando?! —. Por suerte, Argos descendía en aquel momento del castillo de popa. Estaba tan alerta a los movimientos de los nuevos a bordo, que cualquier griterío lo alertaban.
—¡Hay un hombre en el agua! —repitió la chica. —¡¿Es que no vais a hacer nada?! —. Argos caminó a paso rápido hasta la borda para comprobar que la mujer no mentía. Cuando comprobó que el cuerpo del hombre estaba cerca, meditó.
—Debe ser uno de los hombres del barco de Jorato. Algunos se negaron a venir —explicó. —Los que se niegan a ser atrapados, a veces deciden acabar con sus vidas. —. El hecho de que el capitán afirmase tal cosa, hizo a Diana preguntarse cuantas veces había conseguido el pirata que un hombre hiciese algo así, infundado de miedo y terror.
— Oh, maldita sea —gruñó. Haciendo acopio de fuerzas, apoyó un pie sobre la borda y, con un habilidoso impulso, se colocó sobre ella. Necesitó sujetarse rápidamente a las cuerdas que daban sujeción al mástil, pues el temporal cada vez amenazaba con volverse más bravío. — Voy yo a por él.
— ¡¿Qué?! ¡¿Estás loca?! —gritó Argos, estupefacto por el arrojo de valentía de la chica, que nada le debía a nadie en aquel navío.
— ¡No pienso quedarme de brazos cruzados viendo como ese hombre puede acabar muerto!
— ¡¿Y si ya lo esta?!
— ¡Dormiré tranquila esta noche sabiendo que al menos lo intenté! —replicó con exasperación. Enfrentarse a Argos, cara a cara, era todo un reto. Ambos se mantuvieron la mirada durante segundos, y, finalmente, el capitán chasqueó con la lengua.
— ¡Dadme una cuerda! —ordenó. Los piratas no tardaron en ofrecerle a su capitán lo que éste había pedido. Le ofrecieron un rollo de cuerda gruesa, aparentemente resistente, que Argos no tardó en comenzar a manejar. Alzó los brazos y rodeó la cintura de Diana con la cuerda, realizando nudos y comprobando mediante tirones que ninguno se desharía. — Pesas tan poco que no nos va a costar tirar de ti —la insultó. — ¿Vas a poder con él?
— He podido con cestas de peces casi tan pesadas como un hombre.
— Pues no lo aparentas —insistió en la ofensa. — Esta bien. ¿Sabes que hacer?
— Cojo al hombre y tiráis de mi —adivinó.
— ¿Y como sabes que tiraremos de ti? —sonrió con sorna. Diana le devolvió una mirada de lo más desagradable, de forma que, sin mediar más palabras, se arrojó al mar.
El agua estaba helada, removida y caótica. Las olas impedían que se moviese con agilidad cuando llegó a la superficie tras una primera zambullida. Ignorando la mirada de los hombres que la observaban desde cubierta, buscó con rapidez el cuerpo del hombre que navegaba aún sin rumbo. No tardó en encontrarlo, de manera que puso todo su empeño en nadar hasta a él. Su principal temor fue encontrar un rostro morado o azulado, hinchado y con un aspecto de lo más horrible. Cuanto más se acercaba a él, más inmóvil le parecía que estaba, por lo que sintió que el desenlace iba a ser de lo más fatídico. Sin embargo, cuando llegó hasta el cuerpo y lo alzó, solo vio el rostro de un hombre joven que no debía llevar demasiado tiempo sobre el Egeo. — ¡¡¡Tirad!!! —gritó cuando agarró al hombre bajo las axilas una vez consiguió darle la vuelta. En un primer momento, pensó que la dejarían a su suerte, pero cuando sintió el primer tirón en su cintura, tuvo que admitir que se sintió aliviada.
Subir al hombre al barco fue tarea difícil. Diana necesitó que un pirata la ayudase a subir al hombre, de forma que, cuando la chica consiguió subir y pisar cubierta de nuevo, el cuerpo del hombre yacía sobre la misma en el interior de un círculo de piratas y marineros que no sabían que hacer.
— No es de los nuestros —murmuró uno.
— No me suena su cara —dijo otro en voz baja.
— Está muerto, seguro.
— ¿Como es posible?
La pasividad con la que trataban la situación enervó a la chica, que no hizo otra cosa que empujar a los hombres hasta conseguir entrar en el interior del coro. Y cuando vio al hombre, comprendió por qué los demás estaban tan atónitos. Una enorme herida cruzaba del pecho hasta el estómago, rosada, abierta, pero sin sangre que supurar. Diana no podía imaginar la clase de arma o golpe que había conseguido perforar la piel de aquel desgraciado de aquella manera, pero... Si eso no lo había matado ¿Qué hacía en el mar?
Se colocó de rodillas junto al hombre y posó su cabeza sobre su pecho, el cual estaba desprovisto totalmente de ropa. No le costó sentir unos latidos leves y tranquilos bajo aquella piel. Los vellos se le pusieron de punta y la boca se le secó a pesar de lo húmedo que estaba todo su cuerpo. Aquello debía ser un milagro. — Está... Está vivo —afirmó.
— ¿Como diantres puede estar vivo con esa herida? Está fresca —alegó Argos, que también se acercó al centro de la escena. Diana no contestó. Rápidamente, colocó sus manos sobre el estómago del hombre y comenzó a dar golpes, a insistir con sus palmas en profundizarlas sobre la piel. — ¿Qué estás haciendo?
— El agua que ha tragado saldrá así —explicó la chica, medio ahogada por el esfuerzo. Prosiguió con aquellos movimientos durante unos minutos que le parecieron horas, y cuando la desesperación se apoderó de su talante, cambió de estrategia. Le abrió la boca al hombre y posó sus labios sobre los de él bajo la atónita mirada de los demás. Le traspasó todo el aire que Diana podía albergar en sus pulmones en un total de tres intentos. Después, volvió a golpear su estómago. Y entonces, el hombre se movió. Tosió, escupió agua y abrió los ojos.
Por alguna razón, el corazón de Diana se disparó. Ahora era ella quien estaba exultante, en una mezcla de impresión por lo que había conseguido, así como orgullo y felicidad por realizar todo cuanto su corazón le había dictado que hiciese. Se sentía... estupendamente.
— Tranquilo. Estás a salvo ahora.
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