Nunca había llovido como aquellos días.
Nunca, en los tiempos del hombre, se había visto tormenta semejante.
A las faldas del monte olimpo y a lo largo de toda grecia, la humanidad no llegaba ni a imaginar el motivo de aquella terrible tempestad acompañada de truenos que parecían anunciar la ruptura del cielo en sí mismo. Las nubes eran tan negras que casi parecían ser el manto de la propia Nyx; como una noche sin estrellas ni luna. Los fogonazos de los relámpagos y el estruendo de los truenos no presagiaban nada bueno. Bebés lloraban en brazos de sus madres. Padres de familia miraban con preocupación a sus esposas. Granjeros, políticos, soldados... todos alzaban la vista mientras sus rostros se empapaban en la lluvia helada tratando de discernir qué clase de evento había podido ocurrir para que Zeus, el gran señor de los Dioses, estuviese tan furioso.
Pero Zeus ya no estaba ahí para enfurecerse. No estaba. Ni regresaría.
Más allá de donde alcanza la vista, de donde esas nubes monstruosas dejaban caer su furioso cargamento de agua y truenos, se alzaba orgulloso el Olimpo. Un lugar que otrora era majestuoso, decorado por una danza de tonos blancos y dorados, como rayos de sol, se mostraba tan apagado como la tormenta a sus pies. El rey de los Dioses yacía en el suelo, con los ojos abiertos en una mueca de horror. Bajo su cuerpo, su túnica blanca se teñía del color carmesí de la sangre que le brotaba de una herida mortal que le atravesaba de lado a lado. A su alrededor, sus hermanos. Los Olímpicos, se reunían con el corazón roto y lleno de furia.
—¿Quién ha podido hacer algo semejante?— la voz rota de Hera alcanzó los oídos del resto de Dioses tras largos momentos de silencio —¿Quién en su sano juicio podría cargar contra Zeus, y peor, asesinarlo?— lentamente, sus manos se alzaron hasta su boca. Trató de contener lágrimas en los ojos que para los humanos, valían más que el oro.
—No puedo entenderlo— gruñó Ares con calma furibunda —Sólo otro Dios puede haberlo hecho ¿Pero por qué razón?—
—Nuestro hermano Zeus no era precisamente el más amado por los divinos— terció Hermes con una sonrisa mustia —Es triste, pero hay que admitirlo— se hizo el silencio nuevamente tras sus palabras. Hera se agazapó ante el cuerpo del Dios y lo abrazó lentamente pese a llenarse a sí misma de sangre. Le besó los labios secos, saboreando la muerte.
—¿Cómo ha podido ocurrir...?—
—Debemos vengarnos— inquirió Ares
—¿¡De quién!?— vociferó Hera, doblemente furiosa. Su mirada era más afilada que la lanza de Atenea, clavada en los ojos del Dios de la Guerra —¿¡Cómo puedes clamar venganza cuando no sabemos quién ha sido el culpable!?—
—¡De quien sea!— contestó furioso el Dios —Sea quien sea el culpable caerá bajo mi espada, Hera ¡Este crimen no quedará sin castigo!—
—¡Quiero la razón, los motivos!— contestó ella —¡La venganza no me traerá de vuelta a Zeus!—
—Deberiamos calmarnos— Poseidón dio un paso al frente, observando con ojos acuosos a su hermano fallecido —Por favor...— su súplica hizo mella en el ambiente. Los ánimos volvieron a venirse abajo, pero la ira se aplacó —Zeus nunca quiso vernos separados ¿No? Ni enfadados. Por nuestro bien... y el de los humanos—
—Los humanos son la menor de nuestras preocupaciones ahora mismo— Ares se cruzó de brazos.
—Los humanos nunca son tu preocupación, Dios de la Guerra— Poseidón le dedicó una sonrisa sarcástica.
—¿Y eres digno de señalar semejante falla en mí, señor de los mares? ¿A cuántos has ahogado en lo que Helios lleva arrastrando el sol por el cielo hoy? ¿Cuántos retoños blanditos, pequeños y llorones se han quedado húerfanos o han sido comida para tiburones y tus monstruosidades marinas a lo largo de esta tormenta?— le reprochó Ares. Poseidón mantuvo el temple, sin embargo, no siguiéndole el juego. Sabía que Ares era muy temperamental y siempre decía y hacía cosas de las que se arrepentía más adelante. Sabiendo eso, no era de extrañar que todos los presentes pensaran en él en primera instancia como culpable de la muerte de Zeus. No habría sido la primera vez que ambos se encaraban, pues tampoco Zeus era una persona paciente. No obstante, pese a todo, Ares no llegaba nunca al punto de amenazar la existencia de sus hermanos. Su espada estaba limpia de sangre y él nunca la limpiaba. Cuando se teñía de ella, dejaba que se secara y sola se difuminara, como el recuerdo de aquellos que caían bajo su poder. La sangre de Zeus aún estaba caliente. Era imposible.
—¿Zeus...?— la voz de Hera llamó la atención de los presentes, que rápidamente tornaron de vuelta la mirada al fallecido Dios. Este se estaba envolviendo en un halo de luz tenue y macilento que poco a poco fue cubriéndole por completo hasta finalmente despegarse de él como un aliento que se escapa en un suspiro, difumiándose —¿Qué...?—
—Hades— la voz que pronunció el nombre del Dios de los Muertos sorprendió a los presentes. Tras todos ellos, cargando con una hermosa joven en su hombro, estaba Demeter, hermana mayor del Dios asesinado —Ha reclamado su alma—
—¿Has dicho Hades?— Atenea obtuvo voz en la reunión, al fin —¿Cómo? Si ni siquiera está aquí—
—Esperabas ver al culpable junto a la obra...— dijo la joven con voz rota, llena de heridas viejas y nuevas, con la mirada perdida y muerta en pensamientos que deberían haber sido olvidados hace eones —Reclama lo que considera suyo por derecho, Atenea...—
—¿Culpable?— Hera dejó reposar el cuerpo de Zeus y se acercó a Demeter y a la herida y devastada Perséfone, a la que sostenía —Habla, niña ¿Qué sabes tú de todo esto?—
—Todo...— dijo con lágrimas corriéndole por las mejillas.
En el Inframundo, el tiempo se medía de forma diferente: no había día ni noche, estaba lejos de la visión del carro de Helios y del de Nyx. Y sobre todo y no menos importante, lejos de Kronos, el anciano tiempo. Difícil sería para cualquiera decir cuánto tiempo pasó exactamente hasta que las puertas del Inframundo se abrieron con el estruendo de un millar de guerras y los aullidos de Cerberos, el guardián, anegaron cada parte y rincón del reino de Hades. El Estigia agitaba sus densas y neblinosas como nunca se había visto, pues casi podría decirse que el río estaba vivo en aquel instante. Hades se levantó despacio de su trono, confuso, con su espada curva como guadaña reposando a sus pies. Estaba preparado para comenzar los juicios de las almas cuando todo comenzó a agitarse y a desmoronarse a su alrededor. Justo cuando Ares, Poseidón, Hermes, Atenea y Hera entraron abriéndose camino entre mares de sombras y espectros, guardianes de Hades, destruidos.
Con la calma y parsimonia de la muerte, Hades dio un paso al frente y entrelazó los dedos de las manos a la vez que dejaba que una sonrisa sin alma y anodina se grabara en su rostro como si estuviese hecha a cincel y martillo. Pasó su mirada saltarina de uno a otro de los miembros del Olimpo y tomó aire —Bienvenidos al Inframundo— dijo con la voz sosegada perfectamente pareja a su mirada.
—Tienes valor para dirigirte a nosotros con semejante vehemencia, Hades— señaló Ares furioso, apuntándole con su espada de bordes rojos fulgurante, como si estuviese a punto de estallar en llamas.
—¿Perdón?— preguntó el regente de la tierra de los muertos.
—¿Por qué, Hades?— la voz de Hera se quebró —¿Por qué lo has hecho? ¿Y por qué tú, el más querido de sus hermanos?—
—No entiendo de lo que me hablas, Hera— el rostro de Hades reflejó por un instante la emoción de la duda. Poseidón lo escuadriñaba entre sombras de silencio.
—No vas a engañarnos, Hades. No más. Nunca más— el Dios de la Guera se adelantó hacia Hades.
—Algo me dice que estáis... enfadados— se burló.
—No sabes cuánto— Ares no bromeaba y Hades no terminó de percibir el verdadero peligro. Antes de tener tiempo a reaccionar, confiando en sus hermanos olímpicos, recibió una estocada directa de la fulgurante espada de Ares, que le atravesó de lado a lado como si fuese una hoja de papel ante un cuchillo al rojo vivo. Los ojos claros de Hades no dejaron de mirar a su sobrino a los ojos. Este último mostró una mueca de placer al ver un hilo de sangre espesa y negra brotar de los labios de Hades.
—¿Qué... haces?— preguntó el regente del Inframundo en un hito, manteniéndose en pie, pues no dejaba de ser un Dios.
—Justicia— la voz de Perséfone llamó la atención de Hades, que esta vez sí, se mostró alertado. Tras Hera apareció, magullada y demacrada, la hija de Demeter.
—¿Perséfone...? ¿Qué significa todo esto?— ante su falta de silencio, Ares lo espetó aún más con su temible arma hasta arrastrarlo al trono de hueso y piedra cenicienta, donde lo dejó enclavado. Era irónico sentir el amable y suave beso de la muerte para él.
—Significa, Hades, que has traicionado la confianza de los Dioses del Olimpo. No vas a volver a salirte con la tuya— gruñó Atenea, apoyando su mano sobre el hombro de Perséfone —No volverás a hacer daño a nadie. Con tu muerte, como castigo final, estarás encerrado en soledad por siempre al lugar al que perteneces— sentenció.
—Ponte cómodo— sonrió Ares —Estás en casa, para toda la eternidad— con furia pateó la espada clavada en el pecho de Hades. La fuerza y poder del Dios de la Guerra hizo que el trono se partiera a espaldas de Hades mientras que la espada terminaba por perforarle por completo, volando el cuerpo de este hacia la frontera del Estigia, allí donde sus aguas parecían caer a un abismo sin final y del que jamás podría volver a salir.
Solo la atenta mirada de Poseidón y en su sepulcral silencio podía preverse que las Moiras habían tejido una encrucijada en el destino...
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