lunes, 17 de junio de 2019

-Alejaos, alejaos todos...- repitió Argos con enorme amargura y enfado en la voz, desenvainando la espada -¿Eres verdaderamente consciente de lo que acabas de hacer, muchacha?- cuestionó, andando en círculos en torno a ella. Diana le seguía con la mirada, cuchillo en ristre y manos temblorosas. La sangre cálida resbalaba por la hoja y le empapaba las manos. Se sentía caliente y pegajosa, desagradable. Olía a hierro.
-Mantén las distancias- advirtió la chica
-¿Crees de verdad que va a servir de algo esto que acabas de hacer?- bufó el capitán pirata -Te superamos en número, idiota. Te sugiero que por tu propio bien subas al barco-
-No voy a...-
-¡QUE SUBAS!- tronó Argos como un león. Sus propios marineos rodearon a Diana de forma que dejaban un camino hacia el barco libre a su paso.
-Deberíamos matarla y ya está- sugirió Meridio -Ha herido a Otacles-
-Y severamente- apuntó otro marinero, que socorría al herido que sangraba en el suelo.
-Llevadlo entonces a un médico y que le cosan la herida. Nos lo llevaremos y lo cuidaremos- terció Argos.
-En alta mar morirá- apuntó Meridio
-Aquí, si alertamos a la guardia ateniense, moriremos todos- sentenció finalmente Argos -Llevaos a Otacles y volved en una hora o nos marchamos. No hay tiempo. Las voz empezará a correrse pronto-
-¿Y las mujeres que hemos podido coger?- preguntó Meridio antes de marchar.
-Subidlas a bordo. Las llevaremos a otro lado. Las que hayan conseguido escapar aprenderán que les aguarda un destino mucho más funesto ¡Vamos!- terminó de ordenar -Y tú, maldita furcia, sube de una vez- le apuntó con la espada. El acero vibró ante la luz de la creciente luna y Diana tuvo que sopesar las posibilidades: ella estaba maniatada y con un triste cuchillo para defendese mientras que Argos y sus hombres portaban espadas, lo cual significaba más alcance además de mayor experiencia con armas. Reticente y nerviosa, terminó por recular y obedecer, subiendo al barco no sin dejar de mostrar una cara furiosa y orgullosa.

Los remos comenzaron a empujar al Grifo por el mar, alejándolo de puerto, una vez que Otacles fue transportado a bordo. Estaba malherido y sangraba profusamente. Los piratas tuvieron que amedrentar al médico y a los otros pacientes para que le hiciera un rápido apaño con la herida, cosida a prisa. Lo único que quedaba ya era rezar a Asclepio para que saliese de esa con vida.
En cuanto a las mujeres, fueron de nuevo bajadas a las celdas de la bodega, aunque apenas eran unas pocas con las que había en un principio. La que destacaba entre todas era Diana, que Argos ordenó dejar en cubierta para una "charla". Y así fue.

En mitad de todos los hombres cuando ya estaban lo bastante lejos como para usar las velas en lugar de los remos para navegar, se encontraba la muchacha. Desarmada y aún maniatada, con las manos rojas de sangre seca, observaba con su enmarañado pelo al viento cómo era deleite de decenas de ojos brillantes y sedientos de venganza. Estaba segura de que cada uno se lo tomaría de una forma personal y diferente. Los había insultado, a fin de cuentas. Los había humillado, una mujer, ante sus clientes de Atenas.
-Si vais a matarme no es necesario alargar más esta situación- dijo por fin, harta de tanto silencio y expectación.
-Si matarte fuera la solución ya lo habría hecho en Atenas- dijo Argos, apareciendo de entre la multitud. El viento soplaba también en su cabello y sus ropas. El mismo hacía que las lámparas del barco ondeasen, cambiando constantemente el ángulo de iluminación y esparciendo chispas de las llamas por doquier. La escena era un tanto pavorosa para la muchacha -Eres una personita de lo más curiosa ¿no? Una mujer de armas tomar, nunca mejor dicho- rió -Desde el momento en que apareciste has mostrado unas agallas dignas de un legendario guerrero espartano, y sin embargo eres una mierdecilla cualquiera de una de las islas más pequeñas e insignificantes de Grecia- la miró a los ojos -Eres extenuantemente interesante, muchacha- se cruzó de brazos. Diana no se atrevió a pronunciar palabra. Seguía sintiendo cómo la rabia de aquellos piratas fluía en el ambiente hacia ella. Debía ser inteligente, no provocarles más de lo necesario, si quería ver salir el sol una vez más -¿Y bien? ¿Nada que decir tienes?- Diana mantuvo la boca cerrada -Muy bien- Argos extendió una mano hacia un lado y uno de sus hombres le pasó uno de esos cuchillos que la muchacha utilizó para apuñalar a Otocles -Ya que te gusta jugar a ser una heroina, vas a morir como una- le lanzó el cuchillo a Diana de forma que se clavó de forma certera justo entre sus pies. Ya aquello era una advertencia de la habilidad de aquel hombre como luchador. Argos se acercó a ella espada en mano y le cortó las cuerdas que la maniataban para dedicarse mutuamente una mirada fulminante -Mátame- dijo Argos -Si puedes- sonrió -Serás libre si lo logras. Tú y estas mujeres. Es mi última voluntad como capitán y los hombres lo respetarán. Os dejarán partir y seguirán a lo suyo-
-¿Y si no te mato?- preguntó Diana por fin, acariciándose las muñecas.
-Entonces significa que estarás muerta tú- los marineros rieron -Venga, coge el arma- Diana obedeció desentrañando el cuchillo del tablón de madera que formaba parte de la cubierta -Vamos a jugar- sonrió Argos una vez más.
-¡ARTEMISA!- el grito de guerra de Diana se dejó oír por todo el barco mientras saltaba desesperada contra el capitán. Lanzó estocada tras estocada, tajo tras tajo, y ninguno acertó. Argos se movía con velocidad y agilidad pese a ser más mayor, más alto y más voluminoso que ella. Sabía hacia dónde dar los pasos para esquivarla y cómo doblar su cuerpo para evitar la fría mordedura del acero en su piel. Diana, sin embargo, no se contenía. Su cabello se le pegaba a la cara con cada vuelta, cada brinco, cada golpe que lanzaba. Sus ojos le brillaban y en su boca se perfilaban unos apretados dientes rabiosos: rabiosos por haber sido apartada de su hogar como una esclava, humillada y menospreciada, por haber visto a otras mujeres sufrir lo que ella con destinos aún más funestos... y por sobrevivir. Debía sobrevivir.

El intento de combate se prolongó varios minutos. Argos no hacía más que esquivarla provocando la risas de los hombres, que cada vez enervaban más y más a la muchacha, a quien invadía la impotencia. Se detuvo un instante, respirando de forma agitada, mirando a Argos entre sus cabellos ligeramente húmedos por el sudor que se le pegaban a la cara.
-¿Ya está?- preguntó Argos abriendo los brazos -¿Así es como muere la Guerrera de Artemisa de Serifos?- mencionó el falso título con rintintín, enfadando más a la joven -Venga, que puedes hacerlo mejor-
-¿Y tú que sabes...?- gruñó Diana.
-Porque si no, voy a matarte- esta vez fue Argos quien dio el paso al frente. Atacó con la espada desde lo alto, como un relámpago fulminante que destroza un árbol desde el cielo. Diana consiguió esquivarle lanzándose desesperada hacia un lado, como quien se arroja al mar. Argos sonrió ante el movimiento -¡Bien, bien!-
-¡Cállate!- recomponiéndose como un felino derribado y salvaje, se lanzó contra él cuchillo en mano buscando perforarle lo más profundo que pudiera. Argos sin embargo la vio venir con tiempo de sobra y se apartó ligeramente, aprovechando el momento para darle una palmada en el trasero mientras la chica pasaba de largo.
-Canija, menuda... pero un buen culo- decía mientras se frotaba los dedos. Los hombres se desternillaban de risa.
-Serás...- la ansiedad casi se hacía presa del pecho de la muchacha, que no sabía si podría sentirse más humillada después de aquello -¡No vuelvas a tocarme!- atacó una vez más y esta vez no hubo evasión. Argos solo se apartó para evitar la estocada y la agarró del cuello con su mano libre. Haciendo uso de una zancadilla la arrojó al suelo, inmovilizándola. Dejó caer sobre ella todo su peso apretándole el estómago con la rodilla y con la hoja de la espada rasgó un poco su vestiduras en la zona del pecho. Diana le miraba a los ojos sin pestañear.
-Eres inquebrantable ¿no es así?- preguntó Argos mirándola igual -No tienes miedo a lo que te pueda hacer, solo te enfurece el hecho de no poder evitarlo- ladeó la cabeza, estudiándola -Y no es por mí, no es porque yo sea más fuerte, es porque tú eres más débil, más inexperta ¿me equivoco?- Diana no contestó -Me has hecho perder dinero y has apuñalado a uno de mis hombres. Me debes más de lo que me vas a poder pagar con tu propia vida, si te mato- se puso en pie -¿Cómo era aquello que dijiste?- apartó también la espada -"Te doy mi fuerza" y todo eso- asintió -Visto lo visto, sí... Lo harás. Pero nada de pescar, ni tejer, ni cocinar. Vas a aprender a hacer cosas que no habrás hecho en tu vida, y harás cosas de las que te arrepentirás toda tu miserable vida- apuntó -Voy a pulir todo esa fuerza bruta que hay en ti, a sacar brillo y filo a esa rabia y orgullo desmedido que guardas dentro. Y lo potenciaré de nuevo, si es necesario- finalmente sonrió de nuevo, perdiendo la seriedad -¡Así que ya sabéis! Tenemos nueva compañera-
-Tienes que estar de broma- gritó un marinero
-¡Si lo que merece es la muerte! ¡Nos ha hecho mal!-
-Ya, ya, calmaos- envainó la espada y le quitó el cuchillo del alcance a Diana -Ahora tenemos una baja y esta muchacha es útil, creedme. Sabéis que siempre acierto en mis pesquisas-
-Dijiste que no se alzarían en Serifos- apuntó Meridio
-Y no lo hicieron. Solo fue esta muchacha y aquel tipo, pero no llegó a nada- se encogió de hombros
-¿Y por qué no buscar algún otro marinero en otro puerto? ¿Por qué tener a bordo a un objeto de discordia?-
-Porque es una mujer. Tiene tetas- la miró -Pocas, pero tiene. Y un coño. Puede conseguirnos cosas más fácilmente y sin tener que mancharnos las manos constantemente. Así que tenedlo así presente: es una protegida bajo mi nombre. No quiero que nadie la toque, a no ser que ella os toque antes ¿está claro? Espero no tener que decir lo que sucederá si alguien me desobedece. Confiad en mí y en menos de un mes más de uno de vosotros querrá retirarse con toda la fortuna que iremos amasando a una casita en alguna isla tranquila- por reputación, los hombres le creyeron. Aún así, estaba claro que no iba a ser tan sencilla la convivencia
-Sí, una casita en Serifos. Allí habrá buenas esposas- dijo uno de los marineros al pasar junto a Diana, provocándola. La chica apenas se acababa de levantar del suelo y no podía ni tan siquiera llegar a imaginar qué estaría pasando por la cabeza del tal Argos, el capitán, para dar la vuelta a la situación y dejarla vivir. Si se trataba de tener una puta a la que tirarse cuando tuviese ganas o a la que utilizar le podría servir cualquiera ¿Qué estaba tramando realmente y qué era lo que de verdad quería de ella...?

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