jueves, 13 de junio de 2019

Una vez más, lluvia.

Desde hacía semanas el tiempo se había vuelto completamente loco y Argos culpaba de todo ello a Zeus. Suponía que Hera debía de estar impidiéndole algún tipo de cortejo sexual y eso debía de tenerle francamente furioso, o bien se estaba peleando constantemente con Eolo y Poseidón, porque si algo estaba claro, es que no era normal. Afortunadamente, no se trataba de una feroz tormenta como las que habían vivido hace poco. Solo era lluvia. O eso deseaba.
—Capitán, tenemos problemas— dijo de pronto un marinero que había subido a cubierta desde la bodega. Argos seguía como siempre en el castillo de popa tratando de otear el horizonte a través de la lluvia y la noche, guiándose por los escasos luceros que eran las luces de ciudades lejanas entre islas. Benditos los dioses por una tierra con islas tan cercanas entre sí.
—¿Se puede saber qué pasa?
—Las mujeres. Están causando alboroto— se quejó el marinero.
—¿Y qué me cuentas a mí?— lo miró Argos no sin cierta sorpresa. Por lo general siempre lloraban y gimoteaban o suplicaban y nunca se habían quejado de que eso les molestaba para dormir como bebés en sus cunas.
—Una es especialmente ruidosa
—Déjala que llore— bufó Argos.
No llora, capitán. Nos insulta. Nos provoca y jura ante los dioses como si fuese la hija de Hades— Argos volvió a mirar al marinero con una parsimonia que delataba incredulidad.
—Déjame adivinar...
—Exacto. Es ella
—Malaka...

Con una pereza y desidia equiparable al mayor hedonista de Grecia, Argos descendió a la bodega y se acercó a las jaulas donde estaban las mujeres enclaustradas. Debido a que eran varias y solo tenían dos jaulas, todas compartían prisión en grupos de dos. Argos, sin embargo, supo a cuál dirigirse, pues allí había dos hombres cruzados de brazos delante de la chica bajita, menuda y de mirada candente.
—Buenas noches, señorita— saludó Argos con despreocupación.
—Si a vosotros— dijo la muchacha a los marineros —vais a correr la peor de las suertes, esperad a ver la que se le reserva a vuestro capitán— lo miró por fin —Maldito seas por los dioses
—Dioses aquí, dioses allá. Muchacha, no te van a salvar por mucho que los reclames— rió Argos.
—Me basta con uno— apretó las manos en los barrotes.
—Te voy a contar un secreto— Argos relajó los hombros ante la celda y se inclinó ligeramente hacia delante. Por un instante parecía como un amante que iba a besar a su enamorada, pero mantuvo las distancias, obviamente, por prudencia —Los dioses no están— dijo en un hilo de voz —Los dioses nos abandonaron, hace mucho. Los dioses viven y mueren según les conviene cada día. Y para nosotros están muertos, todos ellos. No queda ninguno que escuche nuestras plegarias. Solo hacen acto de presencia para mandarnos desgracias, como esta miserable lluvia y las tormentas pasadas— graciosamente al decir aquello, una gota de lluvia cayó de su pelo mojado a través de su frente y goteó desde la nariz a la madera del barco. El silencio se hizo tan palpable que se oyó un pequeño "plick" al caer la gota al suelo.
—Los dioses escuchan— contestó ella con la misma voz queda, sin dejar de mirarle a los ojos —Lo sé— pero al reafirmar, perdió algo de brillo en la mirada.
—Oh...— Argos frunció los labios fingiendo lástima —¿Es inseguridad eso que veo en tu cara? ¿Desesperación?— se irguió y cruzó los brazos tras la espalda —¿A caso eres una muchacha soñadora, con ciertos aires de grandeza, que cree que puede conseguir algo diferente a las demás?— señaló a las otras mujeres con la barbilla —¿Crees que tu fe en los dioses se verá recompensada y por  tu entrega harán de ti algo que no eres, o te dará algo que nunca has poseido y no deberías poseer?— empezó a reirse —¿Crees, de verdad, que podrás ser algo o alguien gracias a ellos?— Diana observó al capitán pirata perpleja, como si hubiese sabido leer en su alma —Ah... sí. He acertado por completo— sonrió Argos vanagloriándose —¿Te digo por qué, muchachita? Porque yo fui igual que tú, hace años, cuando tenía tu edad. Rezaba, pedía, soñaba... ¡Y aquí me ves! Con todo cuanto pedí hecho realidad— la sonrisa se borró de su rostro con la velocidad del rayo y agarró los barrotes allí donde Diana estaba agarrada, aprisionándole las manos de forma dolorosa contra el hierro. Apretó hasta que se le pusieron blancos los nudillos y la chica compuso gesto de dolor —Espero que seas lo bastante lista como para entender el sarcasmo, niñata— gruñó Argos —No voy a entorpecer mi trabajo, mi viaje y a mis hombres en soportar a una mocosa que se cree que conseguirá algo que un hombre no ha logrado. Soy el resultado de todo en lo que crees tú, mírame bien. Dime si acaso crees que ha servido de algo— hablaba con tanta rabia que casi estaba a punto de soltar espuma por la boca —Cuando saques la dichosa conclusión, espero que sepas mantener la boca cerrada hasta que lleguemos a Ática— le soltó las manos y Diana tuvo que apartarlas. No las sentía. El dolor se mezclaba con un hormigueo frío y punzante —Y por si no te sirve el simple hecho de reflexionar...— chasqueó los dedos y señaló a la jaula de al lado. Los piratas presentes la abrieron —Sacad a la que os parezca— al azar, escogieron a una. Tal vez no tan al azar, pues tenía unos buenos atributos físicos y era joven —Divertíos un rato, todos y cada uno. Los que prefieren hombres ya los tendrán en Ática— comentó antes de marcharse, dejando a los hombres hacer lo que quisieran. Tuvo la chica que soportar entonces la horrible visión de cómo aquellos hombres de diferentes tamaños y aspectos comenzaban a arrancar los ropajes de la mujer, dejando al descubierto sus pechos, sus piernas y sus partes más íntimas. No hubo piedad, ninguna. La forzaron y violaron uno tras otro, en turnos, a lo largo de toda la lluviosa noche. Si la chica no calculaba mal, más de la mitad de la tripulación pasaron entre las piernas de la joven, que gritaba dolorosamente. La bodega dejó de oler a madera húmeda para oler de forma densa, una mezcla entre sudor y apestosa lujuria. Si en algún momento las prisioneras dejaron de mirar, no pudieron evitar escuchar. Nadie, salvo los marineros recién descargados de su simiente en el vientre de la pobre esclava, durmieron esa noche.

Amaneció ya sin lluvia y el barco estaba en silencio. Argos tampoco había podido dormir en toda la noche y con los primeros rayos de sol, se apoyó sobre el balcón del castillo de popa, pensativo, jugando nervioso con los dedos.
—Buenos días, capitán— saludó un marinero muy sonriente y animado, dándose una palmada en el pecho desnudo y peludo.
—Buenos días Orestes— dijo sin mirarle —En nombre de la tripulación, agradecemos el gesto. Supongo que esa muchacha ya no servirá para la venta. Perder dinero a favor de tus hombres es un noble gesto— se volvió a palmear el pecho, en señal de respeto y militancia.
—Claro, un noble gesto— dijo cargado de sarcasmo —Prepara a los remeros. Es hora de dar un buen empujón a este ataud con velas
—Sí, capitán— el marinero se marchó y Argos se dirigió a la bodega, donde las prisioneras, cuando todos volvieron al trabajo.

La bodega hedía como hacía semanas que no lo hacía. El ambiente pesado, denso y cargado de testosterona le hicieron tener la ilusión de que había entrado en un salón de heteras montando una orgía con a saber cuántos minotauros y centauros. El olor del orín de las mujeres que no pudieron contenerlo se mezclaba con el de algunas heces ocasionales. No podía culparlas, ni lo hacía. Se culpaba a sí mismo, pues sabía que no había más culpable que él de todo lo que estaba sucediendo en aquel barco, y lo que les quedaría por sufrir a esas mujeres. Sin embargo, seguía haciéndolo y continuaría con su labor en los años venideros, tanto como le durara la vida. A fin de cuentas era Argos, nombrado a partir de la capital de la Argólide, porque lo único que sabía era de dónde venía y no hacia dónde iba. La vida ya le había enseñado que si quería tener un hueco, debía escarvar con sus manos manchadas de tierra, agua y sangre para lograrlo. Se lo prometió a Hecaterina... y pensaba cumplirlo.
—Hola— dijo, acercándose a las jaulas. Todas le miraron y ninguna dijo una sola palabra. Solo una mujer estaba fuera de la jaula y era aquella que apenas se mantenía viva, apegada a la pared, abrazándose las piernas hecha un ovillo. Tenía las piernas y la cara tintadas de sangre seca. Argos se acercó a ella llevándose la mano al cinto. La muchacha temió por su vida.
—Déjala en paz, monstruo— gruñó Diana, aferrándose de nuevo a los barrotes —¿¡No ha sufrido ya bastante!?— Argos la ignoró. La chica malherida trató de apartarse, pero la agarró con suavidad de la mano.
—No voy a hacerte daño. No más— dijo Argos con suavidad, extrayendo un viejo trozo de tela húmedo que había cogido de cubierta. Temerosa y temblando, privada de voluntad, la chica se dejó limpiar el rostro como un animal acorralado, incapaz de enfrentarse al depredador.
¿Qué... crees que estás haciendo?— Argos miró a Diana por fin.
—¿Tú no te callas nunca verdad?— peguntó Argos entre susurros, calmado.
—¿Por qué debería? ¿Qué más puedes quitarme?—  Argos sonrió ante la altivez de la joven. Realmente estaba sorprendido.
—Qué mordaz... Casi podría decir que me gustas, si no fuera por ese aspecto escuálido y esa cara tan magullada que ni siquiera mis hombres quisieron tocar— se burló —Sí, no tengo más que quitaros. Lo sé. Y por ello lo poco que tenéis tampoco pretendo destrozarlo hasta reduciros a cenizas— terminó de limpiarle el rostro a la joven, que le miró con ojos morados y con el alma rota —No voy a pedirte perdón. No lo merezco, ni lo necesito— confirmó, mirándola a los ojos —Soy el capitán de este barco, de todos estos hombres. Mi deber es dirigirlos y cuidar de ellos, ganarme su confianza y su lealtad. Son hombres libres, como yo. Cada uno se ha ganado ya la libertad y quiere mantenerla. Así que, sobre todo lo digo por ti, alborotadora— señaló a Diana —Portaos bien y haced que el viaje no sea largo y pesado. Sed obedientes y discretas y nada de esto volverá a pasar. Nadie os tocará un pelo. Os lo prometo- asintió, poniéndose en pie.
-¿Cuánto vale a estas alturas una promesa tuya, pirata?- preguntó Diana una última vez, soltando los barrotes, mostrándose menos desafiante.
-Más que la de tus dioses, pescadora. Pues yo, al menos, estoy aquí- concluyó, dándole la espalda a todas y volviendo a subir a cubieta -Tú descansa- dijo a la chica destroazada -Y cuando se te ordene vuelve a la jaula. Estarás bien si te portas bien-  entonces, se marcho. El portón de madera se cerró dejándolas casi en completa oscuridad. Sólo tenues rayos de sol se filtraban entre algunos tablones de madera. Motas de polvo volaban por el ambiente y el aire volvió a enrarecerse con el terrible hedor del aprisionamiento y el sufrimiento.
-Ganarse la libertad...- masculló Diana mirando a uno de los haces de luz que atravesaban los maderos de la cubierta, como si Apolo la estuviese iluminando en persona sólo a ella. 

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