martes, 18 de junio de 2019

Con el pasar de las horas en alta mar vinieron los días y las noches. La travesía estaba siendo un tanto larga desde la última vez que salieron de puerto, por lo que la nueva grumete de la tripulación podía entender que no estaban yendo hacia alguna otra isla sino que debían estar dirigiéndose a tierras mucho mayores. Así era, desde luego.

Cuando pudo poner ojo en tierra, la masa que se abría ante su horizonte era enorme, inabarcáble, como nunca antes había visto. Enormes montañas coronaban de forma sombría las lindes del cielo con cabellos blancos de... ¿nieve? ¿Eso era nieve? Diana no podía dar crédito a lo que estaban viendo sus ojos, acostumbrados a toda una vida de cerramiento en una isla diminuta donde solo había árboles, playas y mar. Su ensimismamiento con la extraordinaria visión la mantuvo ajena al resto del mundo y por ello recibió un capón en la cabeza por parte de Argos.
-¿Te he dicho que puedes descansar?- preguntó el capitán, cruzando los brazos. Diana le miró acariciándose la cabeza.
-No descansaba-
-Sí, descansabas. No te veía trabajar ¿qué se supone que debo pensar que haces?-
-Nada- dijo ella finalmente, volviendo a cepillar la madera no sin antes echar un último vistazo a las magníficas y altas montañas encumbradas de blanco fulgor. Argos le siguió la mirada y sopesó durante largo rato en silencio hasta volver a mirarla, ya trabajando
-¿Estabas mirando las montañas?- Diana no contestó -Nieve, supongo- bufó -Imagino que tú y tus amiguitas de Jora nunca habéis visto la nieve y mucho menos la habéis pisado, o sentido en la piel. Y si lo habéis hecho alguna vez, a saber cuánto hace. Ese frío tan afilado como una cuchilla que te corta la piel... Es una creación de Hades, me da igual lo que digan los demás- habló como si ella no fuese su cautiva y ella escuchó al no poder arrancarse las orejas, pero no dejó de trabajar, ni contestó ni le miró -En fin, guapita, se acerca tu hora. Deja el cepillo y prepárate para desembarcar conmigo. Tienes trabajo y más te vale que me sirvas muy, pero que muy bien- Argos se alejó tarareando una vieja canción agradable, similar a una nana de cuna. Diana obedeció la orden del capitán y dejó de trabajar mientras veía cómo se acercaban a puerto, preparando el Grifo para atracar ¿Dónde estaban exactamente?.

-¡Bienvenidos a Macedonia!- gritó un alegre y gordinflón hombre de edad madura que se acercaba a un Argos acompañado de Diana, que le seguía muy de cerca -¿Puedo preguntar tu nombre, mi buen señor?-
-Testicles- sonrió Argos y Diana le miró arqueando una ceja. Luego, examinó al tipo. Llevaba un himatión de color morado con bordados de hilo dorado y en su fláccido y carnoso cuello un collar igualmente de oro con el emblema de un león grabado. No parecía un atuendo que Diana hubiese visto nunca.
-Testicles ¿eh? Me acordaré del nombre desde luego- bromeó el tipo -Yo me llamo Jorato- ambos hombres se dieron las manos -¿Ella es...?-
-Mi pupila- asintió Argos, o Testicles -Agradezco tan amable y calurosa bienvenida Jorato pero quisiera saber... ¿Quién eres?-
-Oh, nadie en particular- el gordo rico no dejaba de mirar a Diana -Soy el regente del puerto y, bueno, considero que es bueno para los negocios el llevarse bien con los recién llegados. Evita problemas, ya me entiendes-
-¿Tienes problemas últimamente?- se interesó Argos.
-En absoluto- la sonrisa del tipo fue un tanto desconcertante y siniestra -Precisamente por eso me gusta saludar y que todo quede bien saldado y sellado-
-Oh, comprendo- sonrió Argos.
-¡Bien! A buen entendedor, pocas palabras bastan ¡Encantado, Testicles! Y encantado de corazón, eh...-
-Lírida- adelantó Argos justo cuando Diana iba a abrir la boca
-¡Lírida! Qué nombre tan precioso... Justo para una mujer tan bella, si se me permite decir- asintió Jorato -En fin. No os molesto más. Hasta más ver, Testicles- el tipo se marchó tal y como vino, sin esperar despedidas
-¿Testicles? ¿Lírida?- se atrevió a preguntar Diana realmente extrañada -¿De qué va todo esto?-
-A falta de tu experiencia querida "pupila"- dijo con rintintín -te voy a contar ciertos detalles que vas a tener que tener muy en cuenta a partir de hoy- la agarró del brazo y tiró de ella andando con cierta celeridad hacia un grupo de personas que pasaban por algunos puestos de ventas de pescado, con intención de mezclarse con la multitud y perderse.

Anduvieron largo rato dando vueltas hasta que por fin enfilaron el camino subiendo unas escaleras grandes e imponentes hasta la polis de Macedonia.
-Me haces daño- gruñó Diana tirando del brazo -Puedo andar sola, no me voy a escapar-
-Lo sé. Te arrepentirías- la soltó al decir aquello -Pero era necesario. Ese tal Jorato no es trigo limpio-
-¿Lo conoces?-
-No, a él no-
-¿Entonces qué sabes tú?- bufó Diana. A ella no le parecía un mal tipo. Tenía cara de simpático.
-Primera lección: nunca te fíes de los acaudalados- dijo Argos, aún guíandola por un camino pero sin tirar de ella -Como parte de la tripulación ahora tienes responsabilidades más allá de limpiar y hacer lo que se te diga; has de ser inteligente y no comprometernos. Somos piratas, bandidos, criminales en general. Y aunque a veces hacemos servicios que a esa clase de palurdos les conviene, por lo general nos persiguen. En este caso, el tal Jorato es nuevo y eso me viene muy, pero que muy bien. Sin embargo otros que ya me conocen podrían andar cerca de él y no nos conviene que me vean la cara-

Cuando arribaron al destino al que Argos conducía a la chica, otro nuevo mundo se abrió para Diana una vez cruzaron unas suaves cortinas color rojo carmesí. Allí, tras unas densas nubes  producides por el humo de velas, incienso y cremación de flores aromáticas, se encontraba la depravación. En un solo vistazo vio mas hombres desnudos que en toda su vida en la isla y pocos o casi ninguno eran los que no estaban practicando sexo con alguna mujer a la vista de todos en aquel enorme salón.
-Bienvenida a la otra cara de Macedonia, el Eliseo de Perseida- Argos la empujó para más adentro y varias miradas se posaron en ella, tanto de hombres como de mujeres. Los constantes jadeos y gemidos poco la dejaban escuchar cualquier otro tipo de conversación. El ambiente apestaba a sudor y sexo de forma terrible, que se mezclaba con el del incienso, el humo y otros tantos aceites que se huntaban por los cuerpos, perfilados y brillantes a la luz de las velas: cada músculo de los brazos y las piernas, cada pecho, cada curva en general... y cada miembro.
-¡Argos!- una voz femenina llamó la atención de ambos recién llegados. Una mujer algo más joven que Argos, la única vestida con un quitón fucsia, se acercó a ellos con una copa de vino en mano.
-Hola Perseida- sonrió Argos -Cuanto tiempo-
-Mmm... Demasiado, diría- sonrió de vuelta, coqueta -¿Por fin vamos a tener un ratito para relajarnos después de la última vez...?-
-Me temo que no- de nuevo, tomó a Diana del brazo y la empujó suavemente frente a Perseida. Esta la miró de arriba abajo con sumo interés pero con algo de desprecio.
-¿Te has casado? ¿Y me la traes hasta mi casa, Argos?- la mirada de Perseida podría matarle en ese instante.
-Casarme yo... Claro- rió estruendosamente el pirata -No, no te equivoques. Es una nueva recluta, por así decirlo-
-Una mujer a bordo...- Perseida no parecía creerle -Interesante-
-Exacto, interesante. Y a poco que trates con ella te darás cuenta de lo verdaderamente interesante que es en lo personal-
-Espera ¿Por qué iba a tratar yo con ella personalmente? ¿Quieres que le enseñe un par de trucos?- Diana miró extrañada a Argos ante tal pregunta.
-Sí- la afirmación de Argos heló la sangre a la chica, pero se equivocaba en suposición -Enséñale unos truquitos básicos de seducción. La necesito capaz de sacarle información a unos cuantos memos y da la casualidad de que hoy ha aparecido uno nuevo. Jorato, se llama-
-¿Jorato...?- a la hetera se le encendió el rostro con rabia -Ese malnacido follacabras... Maldito degenerado. Cuando le ha dado por venir ha llegado a hacer cosas que harían vomitar a Ares-
-¿Ah sí?- Argos se echó a reír -Pues puede que aquí, tú y yo, tengamos un buen plan entre manos...-
-¿Qué propones, adonis?- se interesó Perseida
-Tienes, a lo sumo, un par de días. Es lo máximo que solemos aguantar en puerto para no llamar en exceso la atención. Enséñale todo cuanto puedas y después, la mandaré a Jorato-
-¿Yo no tengo palabra en todo esto?- inquirió Diana de pronto
-No, obviamente- dijo friamente Argos, pero con alegría en la voz, sarcástico.
-Si la vas a mandar con ese cerdo definitivamente no le tienes aprecio a esta mujer- apuntó Perseida
-Se lo tengo, creeme- sus palabras no cayeron en saco roto. Sorprendió a Perseida y a Diana casi le hizo reír -Tiene ciertas cualidades que, como mujer, resaltan de sobremanera. Y me será útil-
-Si lo dices por su cuerpo...- Perseida volvió a mirar de forma desafiante e inquisitiva a Diana. Esta última acabó por devolvérsela, pues nada le debía a esa hetera.
-Lo digo por muchas cosas. Y tiene un buen culo- apuntó finalmente, mirando a Diana y guiñándole un ojo.
-Malaka...- gruñó Diana entredientes, observando como Perseida estaba notoriamente celosa.
-En fin, la dejo en tus manos. Si te da problemas, avísame. Pero estoy seguro de que no lo hará- Argos la miró una vez más -Estoy seguro de que se portará bien, ya que si todo sale como tengo pensado y colabora, no tendrá por qué sufrir ni ella ni ninguna otra mujer las cosas por la que ha pasado- le sonrió -¿Entiendes, ricura? En tus manos queda, por si tienes la feliz idea de intentar escapar- Argos se dio media vuelta y se propuso partir, pues tenía que ojear a ese Jorato y saber por donde se movía, conocer algo más de sus gustos en cuanto a mujeres... -A ver cuánta heroicidad llevas dentro...- farfulló mientras se alejaba de Diana, dejándola con Perseida.

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