jueves, 20 de junio de 2019

La oscuridad comenzó a apaciguar su corazón, que anteriormente rabioso y ardiente de ira, ahora se hallaba apagado, entristecido y perdido, en mitad de aquella bodega. Diana se había sentando en el mismo rincón de la misma celda en la que había estado aprisionada durante días, en un vano intento de asumir su destino.
Las manos, manchadas de sangre seca que incluso llegaba a colarse entre sus uñas, le temblaban. No paraba de pensar en lo que había hecho. No solo le daba vueltas al hecho de que había estado apunto de ser torturada, sino a lo que había conseguido por defenderse: había asesinado a un hombre con alevosía. Se sintió desorientada, incapaz de ubicarse en su cuerpo y en su mente. ¿Que había pasado con ella? ¿Que estaba ocurriendo al rededor de su vida para cambiar de forma tan drástica? La Diana que pescaba en Serifos y discutía con su padre cada día, la que reñía de niña con sus amigos al asegurar que de mayor sería una campeona aunque fuese mujer, la que aseguraba que bajo el amparo de Artemisa conseguiría todo lo que se propusiese... jamás habría acuchillado a un hombre. Jamás hubiese gritado, maldecido y luchado contra toda persona a quien tuviese delante. Nunca habría asesinado a un hombre con una aguja ni intentado hacer lo mismo con todos los demás en una misma noche. ¿Por qué lo hacía? Por sobrevivir. Sobrevivir se había convertido, más que nunca, en su única meta a seguir. Y lo peor era que... no se arrepentía de nada.
Al oír que unas pisadas descendían por las escaleras tras abrir la escotilla, se estremeció. Recogió sus rodillas, en un abrazo, soportando el dolor y la tirantez de sus heridas aun abiertas. No le hizo falta llevar la vista hacia la dirección para saber que quien había bajado era Argos. Su forma de caminar lenta y sosegada era algo que tenía familiarizado. Y solo los dioses sabían los pocos ánimos tenía de oír su voz. Sin embargo, no fueron palabras lo que oyó. Un corto y contundente golpe en el suelo, junto a ella, consiguió que prestase atención. Lo que vio la horrorizó. —¿Por qué me traes esto? —preguntó en un hilo de voz.
—No para que me perdones por lo que ha ocurrido —aseguró el hombre, con un deje de orgullo y resignación en la voz. —Sino para que entiendas que yo no he tenido nada que ver con todo esto.
—Ah ¿No? —. Diana esbozó media sonrisa, negándose a mirarle. El látigo de siete ganchos yacía sobre la superficie. Aún estaba sucio, lleno de su sangre y la de la otra chica. Apartó la mirada del instrumento para dirigirla hacia la pared.
—Esto no estaba en mis planes.
—¿Y cuales eran tus planes? Dijiste que me usarías para sonsacarle información a ese malnacido y así lo hiciste. Bravo, capitán. Tus planes han sido todo un éxito.
—¡No era así como debían cumplirse! —gruñó. —No sospechaba que me traicionarían —admitió. —No me interesa que ni tu ni ninguno de mis hombres salga herido. Los necesito a todos y a ti también —. Diana se negó a contestar ante tales palabras, las cuales sonaban vacías y desmotivadas en sus oídos. —En cualquier caso, me alegra que hayas asesinado a ese hombre. Si aquellas eran sus intenciones, no merece otra cosa que morir.
— Pero ¡¿Como puedes ser tan hipócrita?! —gruñó la chica, volviendo a recobrar el tono rabioso que hasta hacía unos minutos, la había poseído. —¡¿Como puedes desear algo que también debería pasarte a ti?! ¡Vendiste a mis compañeras! ¡Dejaste que todos tus hombres violasen a una de ellas durante todo un día! ¡Le diste permiso a ese hombre para que hiciera conmigo lo mismo! ¡¿Que diferencia hay entre el y tú?!
—¡Yo lo hago por sobrevivir! ¡¿A caso tu no le has matado por sobrevivir?! —sus gritos sonaron guturales y profundos, pero no consiguieron que Diana pestañease en ningún momento.
—A mi... —tragó saliva —No me quedaba otra opción. Tú sin embargo... tienes más de las que quieres ver. Solo usas esa excusa tan rastrera para... —decidió dejar de hablar. Todo cuanto dijese o explicase ante aquel pirata no serviría de nada.
—Piensa lo que quieras, mujer. Yo ya he cumplido con mi dignidad y mi orgullo al decirte que no ha sido culpa mía. Me han mentido tanto como a ti. Y para la próxima vez, me encargaré de que cumples con tu misión sin mayores peligros —aseguró. —Así es la vida en el Grifo: trabajamos, nos ensuciamos la manos de mierda y sangre, pero no ponemos en peligro a nadie.
Tras aquellas palabras, el silencio se instauró entre ambos. Solo el sonido de las olas rompiendo en la madera del barco apaciguaban el silencio, así como los murmullos de los marines que aún trabajaban en cubierta, poniendo al navío a punto para salir. Era como si entre ambos se hubiese alzado un muro inquebrantable, que si antes estaba construido del metal más grueso del mundo, ahora era de puro diamante.
—¿Conseguiste sonsacarle la información? —. Aquella pregunta tan repentina, tan despreocupada y desinteresada de Argos, rompió la tranquilidad de Diana. La chica agarró el látigo con su brazo herido y se lo arrojó con todas sus fuerzas al hombre. Apenas le haría daño, ya que con lo lanzó de la forma adecuada, y los ropajes del pirata acabarían protegiendole. —¿A caso no recuerdas de lo que te dije? Si damos un buen golpe, no tendré que volver a secuestrar a nadie. ¡Ese era mi plan! ¡Así que no lo entorpezcas más!
—Todo siempre por tus asquerosos dracmas —murmuró la chica. —Un día... todas esas ansias se te atragantarán —sentenció. Hizo una pausa larga y meditó. Podría mentirle, podría guardarse una pequeña victoria para sí... pero si acaso había una pizca de verdad en sus palabras, prefería sacrificarse y así impedir que nadie más pudiese sufrir bajo su asquerosa mano. —Pasado mañana un navío cargado de vino partirá hacia Lesbos. Es un gran negocio el que temía entre manos, porque pensaba ceder toda la mercancía de una vez. Es lo único que se... lo único que pude hacer.
—Será suficiente —afirmó.
—¿Que piensas hacer con eso?
—Robar el vino y venderlo por nuestra cuenta. Todo ese dinero será para mi y mis hombres. Podremos descansar una buena temporada —sonrió orgulloso. —¿No te alegras de que sea así? Le hundiremos el negocio a ese maldito muerto y nosotros dejaremos de hacer eso que tanto odias.
—Pero, para hacerlo, tendrás que asesinar antes a todos los hombres que lleven el barco —adivinó la chica sin titubear.
—Emites demasiada justicia para ser una mujer cualquiera —informó el capitán, hastiado de oírla recriminar cada acción que hacía. Ella, una vez más, decidió no contestar.

Argos estuvo a punto de marcharse, dispuesto a trabajar con esmero en su siguiente objetivo y olvidando todo cuanto había ocurrido en Macedonia durante su corta estancia. Sin embargo, decidió lanzar una última mirada a la chica, que no había dirigido su mirada hacia él en ningún momento. Tenía el hombro herido y demasiada piel descubierta. Sus ropajes, propios de una prostituta, estaban destrozados. Casi podía adivinar la totalidad de su desnudez bajo aquellas gasas tan finas. De forma que, por una vez, decidió dejar de lado su orgullo férreo. Se despojó de su clamide de color azul oscuro, vistiendo únicamente el quiton negro y desgastado de siempre. Sin llegar a acercarse a la chica, le arrojó la prenda a sus pies. Diana ni se inmutó. —Lo necesitarás —terminó por decir, antes de desaparecer tras subir la escotilla.

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