El tiempo había vuelto a transcurrir deprisa. Diana a veces se preguntaba el porqué de aquella percepción. En ocasiones se decía a sí misma que era un favor de los dioses, quienes desplazaban la luna en la noche con celeridad para que dejase de torturarse con sus propios pensamientos. El resto de las veces, llegaba a la conclusión de que no era más que su condena. El tiempo pasaba deprisa, y con él, un día su vida se iría. Pero si de algo estaba segura, es de que no estaba dispuesta a llegar a su último día en aquella situación.
En aquel templo, frente a las paredes pintadas de rojo y azul, junto con las múltiples ofrendas a la diosa y embriagada por el aroma de las llamas de los candiles, había orado por un sentido en su vida. Y quedarse de brazos cruzados en el hogar de su padre, o aceptando ser entregada a la casa de un hombre ya mayor e igual de desgraciada que ella, no entraba en sus planes.
Había estado de rodillas durante mucho rato, de forma que cuando se puso en pie, las mismas presentaban círculos enrojecidos. Le picaban, pero no llevó su mano a la zona para rascarse. En lugar de eso, lanzó una mirada que podría considerarse desafiante a la escultura de Artemisa. Su súplica había pasado a ser una orden, e incluso una amenaza. El corazón se le aceleró al mostrar tal actitud de una manera tan inesperada, la cual había nacido de su interior sin darse cuenta. Sin embargo, no tuvo apenas tiempo de redimirse o corregirse. Un grito horrible y desgarrador llegó hasta sus oídos. Sonaba lejano, pero había sido lo suficientemente alto y desesperado como para que alertase a Diana, que acabó dirigiendo su mirada hacia los portones abiertos de la estancia. A paso acelerado, se acercó hacia los mismos, pero allí fuera no había nadie. Lo que si pudo percibir, gracias a la ubicación sobre la colina en la que se encontraba el templo, era que Jara se encontraba ajetreada. Las antorchas de los vecinos del pueblo se movían nerviosas de un lado para otro en las faldas del relieve. Se oían más gritos, improperios y llantos. La chica se quedó muda, con los pies pegados al suelo y la mirada clavada en lo que, adivinaba, empezaba a ser un horror. Pero ¿Qué ocurría? Cuando salió de su hogar, el pueblo descansaba en tranquilidad. ¿Qué clase de problemas habían enviado los dioses? Incapaz de esconderse y apartarse de lo que acontecía, Diana regresó sobre sus anteriores pasos, bajando por el camino de arena que descendía por la ladera.
Apenas necesitó unos minutos de pasos acelerados cuando se encontró de cara con un par de hombres que arrastraban a una mujer sujetándola por los cabellos. Lo mejor que tenía Serifos, es que era una isla tan pequeña, que en Jara todos los rostros eran conocidos. De modo que, sobre aquellos dos hombres, podría jurar que no pertenecían al lugar. La mujer pidió ayuda desesperada, y la voz de Diana habló por ella antes que su propia mente. — ¡Eh! ¡Deteneos! ¡¿Que estáis haciendo con ella?! —. Aunque en un primer momento la chica pensó que su voz sonaría baja y entrecortada, su pregunta sonó clara y con enorme decisión. Ambos hombres se giraron para mirar a la chica, y posteriormente, intercambiaron miradas entre ellos. —¡Soltadla! Sea lo que sea que busquéis, podemos negociar para ofrecérselo. Por las malas, no vais a conseguir nada de aquí más que un castigo divino —continuó.
— Coge a esa también. Espero que paguen por ella tantos dracmas como pesen sus agallas —comentó uno de los dos, ignorando por completo a la chica.
— ¡Os he pedido que la soltéis! —repitió Diana, que acabó acercándose con determinación a la pareja. Antes de que pudiese llegar hasta la posición de ambos, el que tenía la manos libres desenvainó su arma. Se trataba de una espada algo oxidada pero puntiaguda. No importaba lo mucho que estuviese afilada, pues de usarla, haría daño a la mujer de igual forma. Diana tuvo que detenerse en seco para intentar buscar una alternativa que la llevasen a ella y a la mujer a regresar a sus casas sanas y salvas, pero no le dio tiempo a encontrarla. El que sostenía la espada en la mano, se abalanzó sobre ella en una pose amenazante y acabó por cogerla del brazo. La chica estalló. Como una fiera se revolvió hasta que consiguió zafarse del agarre del hombre. Cuando se sintió libre, hizo el intento de contraatacar con sus propias manos, pero lo que consiguió fue un golpe en el labio y una caída estrepitosa sobre la arena. Gruñó como un animal, pero antes de ponerse en pie, su captor ya la había inmovilizado con las manos tras su espalda.
— A esta hay que atarla. La muy furcia se cree que tiene posibilidades contra nosotros —se carcajeó. El otro hombre, quien hasta ese momento había seguido sosteniendo a la mujer, acabó por soltarla tras emitir un largo suspiro. La mujer corrió entre sollozos en dirección a su hogar, mientras que el hombre echaba mano a las cuerdas que había portado colgadas del hombro. —La has dejado ir —apuntó su compañero.
—Es igual, otro la cojera. Ya has oído lo que ha dicho Argos. Ninguna persona que viva aquí puede hacer nada contra nosotros.
—¡Malditos seáis! ¡No os vais a librar tan fácilmente de nosotros! —volvió a gruñir Diana, que mientras era maniatada de pies y manos, no dejó ni un solo instante de revolverse. Con la cara, el pelo y los ropajes llenos de tierra, se vio alzada hasta acabar cargada sobre el hombro del hombre armado. Las cuerdas le hacían daño en las muñecas y en los tobillos, puesto que habían apretado el nudo hasta límites que causaban tortura. Apenas podía moverse bajo la sujeción que ejercían los brazos del hombre al rededor de sus caderas. Y si pensaba con claridad, había actuado de forma estúpida. En cuestión de segundos, se había dejado coger sin apenas intermediar fuerza, por lo que no era de extrañar que la ignorara. Siendo arrastrada hacia el poblado, alzó la vista una vez más hacia el templo que comenzaba a dejar atrás. Definitivamente, los dioses la habían abandonado.
Al llegar al centro de Jara, Diana comprendió que su situación no era mejor que la del resto de mujeres. Un grupo de hombres, vestidos y armados de la misma forma que sus captores, arrastraban a las mujeres jóvenes del pueblo hacia el puerto. Algunas forcejeaban, otras eran defendidas por sus maridos, mientras que otras se entregaban por miedo a su destino sin poner impedimentos. Pero todas ellas, de una en una, iban siendo trasladadas hacia un par de barcas de color negro, que esperaban a sus dueños a escasos metros de la orilla. A Diana no le costó mucho más tiempo comprender que aquellos hombres eran bandidos, mercenarios o piratas, y que las estaban secuestrado, de seguro, para venderlas a cambio de una buena suma de dracmas. Desde niña había oído que aquellas fechorías ocurrían a veces, pero jamás hubiese imaginado tener que vivirlo en sus propias carnes.
— Con esto es suficiente. No querréis dejar a toda la isla sin mujeres ¿Verdad? Sin mujeres, no volverán a nacer niñas que podamos volver a llevarnos dentro de unos cuantos años —aseguró un hombre de cabellos morenos y alta estatura junto a la chica. Tenía una sonrisa bobalicona y triunfal en los labios, y señalaba con los dedos al resto de hombres que trabajaban por él. Debía ser un superior, un capitán.
— ¡Soltadlas, maldita sea! —volvió a ordenar la chica —¡¿No os dais cuenta de lo que estáis haciendo?! ¡Estáis dejando a hijos sin madres en esta isla! —. Sus gritos captaron la atención del capitán, quien le dirigió una mirada aburrida.
—¿Por que la habéis maniatado? ¿Es que no podéis dos contra una sola mujer? ¡Si es apenas es un saco de huesos!
— Se revolvía como un jabalí atrapado, Argos. No nos quedó más remedio —. El tal Argos soltó un largo suspiro y se apartó, cruzándose de brazos. A Diana le asombró la falta de escrúpulos, incluso de temor, que mostraba aquel hombre ante tal fechoría. Docenas de mujeres lloraban y gritaban a su al rededor y él actuaba como si del piar de los pájaros se tratase. Iba a insultarle, a maldecirle a él y a toda su familia, cuando en su campo de visión se cruzó la mirada desesperada de su padre.
— Diana... —le oyó decir, casi en un susurro de voz.
—¡Pater! —gritó ella, pero sin miedo en la voz. Era más bien un grito desesperado, para que éste no se acercase.
— Oh, por la misericordia de los dioses, llevaos a estas gallinas ya de aquí —ordenó Argos antes de marcharse. Diana se encontró nuevamente sujetada sobre el hombro de su captor y apartada del amparo de su padre y de todo Jara. Calló, porque gritar era algo inútil en aquellas circunstancias. Decidió lanzar una última mirada a la isla, a los hombres que se quedaban solos, a las orillas solitarias que ahora llorarían de pena la pérdida de sus mujeres. Una última mirada, tan llena de determinación como la que había lanzado a la propia Artemisa.
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